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Hambre

06 de septiembre de 2016 - 03:36 p. m.

Hay algo que solo sabemos quienes la hemos aguantado en algún momento: el hambre muerde. Vuelvo y digo: algún momento. Porque el hambre que hemos padecido muchos, es algo pasajero.

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Y quizá nos quedemos  con ese término como eso: un concepto. Un hambre objetivizada, que  no dice mucho. Un hambre parte de una estadística.

Porque el hambre, la que conocemos, a veces hace parte del telenoticiero, de la penúltima página del diario. Un hambre que a veces creemos solo allá en el continente negro, donde los niños están al lado de buitres, que hambreados también esperan que muera el famélico para ellos darse un festín. ¿festín? Bueno, calmar su hambre de avechucho. También ese chico es parte del decorado. Uno entre millones.

En el mundo que habitamos —que es uno solo— hay 1.200.000.000 de hambrientos. Lo escribo mildoscientosmillones. La población total de Colombia multiplicada por 30. Es mucha gente hambreada. Demasiadas víctimas de un flagelo donde no hay victimario.

Ya lo sabemos. Lo hemos sabido. Quisiéramos no saberlo.

Es ”El Hambre” que evidencia Martín Caparrós, ese argentino escritor viajero —alto, de bigotes de cuento—. El libro, editado por Planeta, originalmente en 2014, se llama así, Hambre, a secas, porque este no puede ni debería tener calificativos.

Caparrós, que nos acostumbró a libros monumentales de periodismo, en este evidencia, que es quizás el único problema del hombre que puede solucionar. Como si el Hambre fuera un gran cubo, Caparrós lo mira por un lado, luego por el otro, le da vuelta, por debajo, por encima: El Hambre contado desde la historia, el presente, el futuro: visto en sus causas, casi siempre corregibles; en sus consecuencias: la desnutrición, que evidencia una lucha: “Un cuerpo hambriento (que) es un cuerpo que se está comiendo a sí mismo”; lo compara desde la sobreproducción de unos países —que también encuentran paradójicamente comida para muchos connacionales en la basura—. Lo mira sin moralismos o ánimos de conmiseración.

Va al Africa: parangón del hambre. Y luego a otros sitios para mostrar que también la India tiene tantos hambrientos. Y que Bangladés. Y que Madagascar. Va a su país, Argentina, que calma tantas hambres, incluidos chanchos chinos; y sin embargo su gente aguanta hambre. Va al país más poderoso del mundo y cuestiona que la gente coma tanto, y tan mal. Y que haya tantos que se comen lo que otros y que por ello se enferman. Quiere decir –quizá lo dice-que la sobreoferta de comida de tantos podría calmar el hambre del resto. Hay 1.500.000.000 obesos en el mundo. Y hay 1.200.000.000 desnutridos en el mundo. La enumeración se basta.

Y compara y se pregunta: “¿Cómo carajos conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”.

Caparrós va y viene por un mundo hambriento. Y escucha a la gente que llama “la tribu”. La que tiene respuestas pragmáticas: como que así es la realidad y así hay que afrontarla. Que así funciona esto. Pero él no quiere creer.

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Y cuestiona y se entristece a veces. Uno cree eso. Quiere creer. Se molesta. Tantas multinacionales prefieren botar la comida que darla a los desnutridos. Señala esos monopolios que se nutren más que de la venta, de la especulación: nada producen y sin embargo alimentan cuentas onerosas.

Habla de la tenencia de las tierras. De países que ya no quieren quedarse solo con sus tierras sino que amplían su frontera. Denuncia. Cuestiona.

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Y vuelve sobre las cifras: mil doscientos millones de personas que no comen. Y muestra que con solo lo que se gasta en un día las Fuerzas armadas norteamericanas comerían todos ellos.

Cuenta que cuando le preguntó a una niña qué quisiera para su futuro solo pensó en dos vacas. No tres ni cuatro. Dos. Y dice que eso es el hambre: no pensar en un futuro. Y eso le cuestiona. El periodista no es objetivo. Dice que no puede serlo. Que incluso debe sentir ira, indignarse, rebelarse.

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Caparrós no se cansa de dar cifras. De comparar: “700 millones de personas acumulan la misma riqueza de los otros 7.000 millones”. Y más: “Los norteamericanos gastan cada año US$30.000 millones en darles de comer a las mascotas”.

“El 11 de septiembre, 2.973 personas murieron por ataques a las torres en Nueva York. Unas 25.000 personas murieron el mismo día por hambre (nada se dijo, son muertes inoficiosas)”. “Nueve millones de personas se mueren cada año de hambre: un Holocausto y medio”.

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Aporta ideas: “si cada comprador de un smartphone, de un PC, portatil, de una tablet (artículos suntuarios) aportara cinco dólares para un fondo alimentario, recogerían US$7.600 millones al año para un fondo alimentario”.

Y comenta la inutilidad de este libro. Sabe que nada va a cambiar con leerlo.

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