La elección de Mauricio Macri como presidente de Argentina, más allá de las discusiones ideológicas sobre su talante o su forma de gobierno, es una reedición de la vieja relación entre el fútbol y el poder político.
Casi desde su inicio, los políticos le han metido goles antológicos al fútbol. Gracias a su convocatoria, el balompié se torna en excelente aliado de quienes detentan o desean detentar el poder. Es como si en cada patada, el balón transportara más que un ansia de gol, una especie de ideología. Ya lo dijo el historiador Alfred Wahl, el fútbol es “uno de los lugares en donde se enfrentan las ideologías”.
Sobran los ejemplos de la influencia del poder en asuntos futboleros. La no participación de la U.R.R.S. de Stalín en los Mundiales; el acoso de Mussolini, sobre las autoridades del balompié, para que Italia se coronara campeona mundial en 1934; el respaldo del Generalísimo al Real Madrid. Las dictaduras de Brasil y el Cono Sur ocultando vejámenes y aupando sus caudas, escudados en éxitos de sus selecciones absolutas.
Colombia también ha sido fértil en este campo de juego. Carlos E. Restrepo apoyó copas de fútbol para convocar fiestas con tinte patriótico. En 1948, para mitigar los ánimos exacerbados, precisamente por banderías partidistas, el expresidente Santos reclamaba para el país: “Menos política y más deporte” y desde el Gobierno se respaldó el inicio del Campeonato de futbol colombiano ese mismo año.
Si alguna duda queda de la injerencia del poder en el fútbol, bastaría una somera mirada a los nombres de nuestros estadios. Se honra más los ímprobos honores de los prohombres de la patria, que las muy comprobadas jugadas de nuestros deportistas.
El futbol posibilita cámaras y micrófonos; es dueño de un ansiado poder: la convocatoria. Y eso que lo entendieron los poderosos comienzan algunos protagonistas —los dueños del balón— a comprenderlo. Por ello, cansados de ser espectadores y aceptar decisiones, han visto que pueden ser más que meros suplentes en la banca y entrar al campo donde se define el futuro y el de los suyos. Jugadores y dirigentes ya intentan marcarles goles a los políticos —aliados de ellos, muchas veces—, y les disputan un poco de su torta.
Resignados ante la simpatía que generan estos neopolíticos, los antiguos han cedido algunos espacios. Brasil ha tenido en el gran Pelé a un buen ejemplo: sus tres campeonatos mundiales y ser considerado por tantos el mejor jugador del mundo le abrieron las puertas a un indiscutido ministerio del Deporte. Lo cual emuló el gran Zico. Décadas después, en un país donde las gambetas de sus ídolos han ocultado tantos vicios de su clase política, el mejor de USA 94, Romario, siguió el camino y resultó electo diputado federal. Pero no por nombramiento como los anteriores, sino, como el pescador de área que fue, peleándose voto a voto.
Algunos han saltado a la cancha del poder con búsquedas altruistas: valdría la pena pensar en el marfileño Didier Drogbá, quien como jugador lo ha logrado todo en las canchas europeas y al tiempo que dribla rivales es embajador de la ONU; se la jugó por ayudar a detener la guerra civil en su país y ha liderado campañas caritativas en su nación de origen. África también tiene en el liberiano George Weah, otro buen ejemplo de compromiso con causas sociales: el exdelantero del Milan, luego de su indiscutido éxito en las canchas, al punto de ser declarado Balón de Oro en 1995 —único africano hasta ahora—, se convirtió en su retiro en embajador de Buena Voluntad de la Unicef y un incansable contra la enfermedad del Sida. Sus luchas humanitarias le dieron el prestigio para aspirar a la Presidencia, donde no tuvo los resultados que sí como jugador.
En Colombia también le hemos apostado a este juego. Vale mencionar que gracias a su prestigio, nuestro Pelé del Pacífico, Willington Ortiz, logró un escaño en la Cámara de Representantes, donde no cosechó tantas dianas como los que sí tuvo en las canchas suramericanas. La familia Char en Barranquilla ha hecho del Atlético Junior una buena plataforma política (recordar al alcalde dando la noticia de la repatriación de Giovanni Hernández tras su paso por Argentina y Chile). Y el dirigente antioqueño Sergio Naranjo logró, con su eslogan “en Equipo con usted”, capitalizar políticamente los éxitos del Atlético Nacional y resultar electo alcalde de Medellín.
Mauricio Macri, el millonario que dijo alguna vez que hubiera preferido ser el nueve de Boca Juniors más que dirigente, gracias a los 17 títulos que cosechó Boca logró ser electo alcalde de Buenos Aires. Y ahora, un par de años después con mucho más que “la mitad más uno” de sus electores, su prestigio le alcanzó para ser seleccionado como presidente de un país donde el futbol eleva a la categoría de santos a sus ídolos. Ojalá por el bien de sus paisanos no gambetee los problemas y sí le meta muchos goles a las necesidades de esta hermana nación suramericana.