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Que no se descongele nuestra historia tanguera

09 de noviembre de 2015 - 09:00 p. m.

Contrario a su nombre, el sitio es cálido y amable.

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Se llama Café Alaska; y tampoco es un café sino un bar de tangos y está encerrado entre paredes de tapia, en una esquina del barrio Manrique, de Medellín.

Este espacio añeja 73 años en una esquina de la famosa carrera 45 y es uno de los últimos referentes del tango. Sus más habituales son Larroca, Garcé, Godoy y por supuesto Gardel, quienes con su voz acompasada por el melancólico bandoneón alientan el día de cientos de personas que llegan hasta allí.

También, desde las paredes Oswaldo Pugliese, Troilo, D’Arienzo, Moreno, Podestá, Rivero, Sosa y hasta Borges parecen ayudar a sentir más amable la estancia a los visitantes que llegan a tomarse un café cerrero o una cerveza o a echarse una partida de ajedrez, parqués o de billar. Hay tanta hospitalidad en este espacio donde se rememora y se hace honor a esa música Patrimonio de la Humanidad y que también le da cierta identidad a esta ciudad enclavada entre montañas.

Alaska es quizás el sitio de tango más auténtico de Medellín: la música, el ambiente, los cuadros, los clientes, la conversa, los recuerdos, el barrio, hasta su olor dulzón mezcla de café, orinal, sudor y tabaco, logran un todo que lo hacen particular pero a la vez universal.

El Alaska, más que un bar o una cantina, es, sin pretender serlo oficialmente, un iconográfico museo del tango. Pero un museo lleno de vida: es un lugar amoroso, tranquilo, donde a diario llegan hombres a tascar sus nostalgias, o simplemente a estar, y también muchos jóvenes en busca o en el reencuentro con lo que los hace, en esta ciudad y esta sociedad.

Y pese a su importancia como referente del barrio y de esta ciudad que se dice tanguera, el Alaska corre el riesgo de desaparecer. Los dueños del local lo reclaman para montar allí una panadería y el argumento en estos tiempos de rentabilidad es muy válido: los tangos no dan dinero. Las panaderías, sí.

Sus administradores argumentan que no poseen los recursos para comprar el local y acabar con el riesgo. Y es creíble: “los tangos no dan dinero”. Sin embargo, el Alaska —como todos esos cafés donde se “arregla el mundo” al compás de un buen trago; donde se anclaron gratos recuerdos de una vida ida y donde se piensa una por venir— no debe desaparecer. Los cafés —y en este sí que es cierto— son parte de nuestra idiosincrasia, parte de nuestro ser social.

La Alcaldía Municipal que tanto invierte en festivales y orquestas, buscando que este ritmo musical siga siendo parte de nuestra cultura, debería además declarar al Alaska como patrimonio de la ciudad, como ya lo hiciera con otros espacios. De esta forma, podría invertir en su compra y preservación, y entregarlo en comodato, como lo hiciera hace unos años en un notable gesto la Alcaldía de Alonso Salazar para salvar la Casa Gardeliana.

El Alaska corre el riesgo de morir, pero en manos del Gobierno Municipal —quizá del Ministerio de Cultura— está ayudar a que no se siga descongelando la tradición del tango en Medellín.

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