Les dicen venecos o venecas. Y están por todas partes. Se habla de que casi un millón trescientos mil de ellos viven en Colombia. “Viven” y es un decir. Porque la verdad es que malviven, sobreviven.
Dicen “¡venecos, otra vez!”… Ya es queja repetida cuando se montan a los buses a vender un dulce y piden que los disculpen, que ellos no quisieran, pero que no hay forma de lograr un alimento para su familia, y echan su perorata política de que ojalá nosotros los colombianos no tengamos nunca un gobierno como el de ellos (como si aquí hubiéramos sigo gobernados por los griegos fundadores de la República). Se queja la gente —nos quejamos— cuando los venecos en esos transportes públicos cantan canciones de pop o alguna de música cristiana para apelar a esa caridad tan nuestra.
Les dicen venecos a esos chicos que cantan y bailan bajo ese sol de espinos de las ciudades y ese asfalto duro y magro y rudo y seco que debe dañarles las manos cuando las asientan para intentar ganarse unos pesos con esos bailes acrobáticos mientras cambia el semáforo. “Artistas del hambre”, diría Kafka si los viera a ellos tan acrobáticos, tan dispuestos… tan gráciles, tan ávidos. Tan necesitados.
Les dicen venecos: “Hey veneco, andá a llevar el domicilio”. En el sector donde vivo hay más de una docena de chicos empleados en tiendas y supermercados y tengo la certeza de que no les pagan lo legal, mucho menos lo justo. Hay tantos venecos en mi ciudad, yendo por ahí en mohosas bicicletas, llevando algún encargo a viviendas y casas desconocidas, y me he preguntado si acaso ellos no han querido quedarse con un poco de esa comida para llevarla hacia ese inquilinato donde malviven apeñuscados de a diez o doce coterráneos y proveerse algo más digno. Sé que no lo hacen. La mayoría son honrados, son amables, se sienten tan agradecidos de al menos estar aquí. De poder estar. De seguir estando.
Les dicen venecos y cuando los veo me duelen en los ojos. Me parece que son espejo. Y son memoria. No hace mucho los colombianos, cuando estábamos en esa guerra, que muchos no quieren aceptar que la hubo, emigraron allá y los recibieron y les dieron un abrigo, una comida, una seguridad social, hasta una ciudadanía. Y más atrás, cuando las bonanzas por el petróleo, también tantos otros fueron recibidos. Y ahora, cuando veo a estos, no venecos, sino seres humanos, deambular por las calles, me entristezco de que este nuestro país no esté en mejores condiciones para atenderlos de mejor manera. ¿Cómo será para un extranjero como ellos estar enfermo en Colombia, sin seguridad, cuando ni siquiera a nosotros que pagamos impuestos y demás nos la garantizan? ¿Y no tener un techo, ni una comida fija, ni seguridad social ni de la otra, pues ellos andan por ahí, rapiñándose una propina, un mendrugo de generosidad con los menesterosos nuestros?
Les dicen venecos. Y “venecas sidosas”. Lo leí en la parte trasera de una silla de bus y me atristó un poco. Comienza una especie de xenofobia enfermiza —perdónenme la redundancia—. Ya les empiezan a echar la culpa de algunos males tan nuestros: el desempleo, la inseguridad, la insalubridad. Ver la imagen llevó mi mente a esas historias de principios de los años 30 del siglo pasado, cuando Hitler comenzó a decir que el hambre en la Alemania de la posguerra era culpa de los judíos. Y esas frases que tuvieron parlantes terminaron en la muerte de más de seis millones de judíos (aunque valga decir que ellos tan victimizados no han sido generosos con el pueblo palestino; harina de otro costal). El otro siempre es el culpable de mis males. Los otros ahora son los venecos.
Y sumada a esa xenofobia que empieza a popularizarse en las calles, ahora viene —parece— la estigmatización “oficial”. El magnánimo Ordóñez, embajador nuestro ante la ONU, tan lúcido, ¡tan humano!, anda diciendo que los venezolanos están aquí por estrategia política: ¡como si alguien fuera capaz de pensar en ideologías cuando el hambre se lo está comiendo por dentro!
Hay tantos venecos y venecas por ahí, recordándonos que somos millones de víctimas de los malos gobiernos de unos pocos. Que hoy son ellos, que a lo mejor mañana volvamos a ser nosotros. Ellos y nosotros somos los mismos. Nos ilumina el mismo sol, nos mojan las mismas lluvias. Ellos y nosotros aprendimos el significado de la palabra patria (tierra de mis padres) en el mismo idioma de nuestros abuelos venidos de otros mundos, fundidos con nuestros raizales.
No son los venecos; somos los mismos: nos prestaron a Bolívar con sus estrategias militares y les facilitamos a Santander con sus leyes y proclamas; allá se toman nuestro café y aquí comemos sus hayacas; allá entienden a Betty la Fea y nosotros crecimos con Topacio, vale. Nosotros bailamos con Pastor López y ellos se enamoraron con Rafael Orozco.
Somos los mismos.
Somos los mismos, y sin embargo les dicen venecos y venecas… Y pienso que deberíamos decirles simplemente hermanos y abogar por que en algún momento, en ese otro pedazo de nosotros que está del otro lado de una frontera (que no debería existir), todo mejore y ellos (que también son un nosotros) puedan volver a sentir que son parte de esta patria que es Latinoamérica.