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¿Y dónde está el presidente… Santos?

27 de julio de 2020 - 12:01 a. m.

Unos días antes de concluir su mandato, a días de la elección de su sucesor, Juan Manuel Santos anunció que al nuevo presidente sí lo dejaría gobernar. Sus palabras tenían su razón de ser, seguramente, en los ataques feroces que recibió de su predecesor, Álvaro Uribe, y de sus copartidarios durante al menos seis años de su gobierno.

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En esos momentos, las palabras del presidente Santos eran un mensaje para sus adversarios como una forma de hacerles entender que no se puede o no se debe hacer una oposición tan a rajatabla. Aunque, dado su carácter, también tenían algo de predecibles.

La tradición política colombiana casi siempre ha sido que los expresidentes se vayan un tiempo del país y que, dada su investidura, como jefes de sus partidos, al regreso se dediquen a la oposición, incluso cuando sus sucesores han sido sus copartidarios. No ocurrió así con Juan Manuel Santos, quien no tuvo esa breve tregua para al menos acomodar sus cargas, y apenas se posesionó tuvo desde los primeros meses la oposición de Álvaro Uribe y sus seguidores. Así que, al cabo de su mandato, la idea de Santos de marcharse a sus cuarteles de invierno avizoraba un bálsamo ante la polarización política que vivía el país, dicho sea de paso, propiciada en gran medida por él mismo, cuando convocó un innecesario referendo para el Acuerdo alcanzado en el proceso de paz con la guerrilla de las Farc.

Pese a su pasado político sinuoso y su origen oligárquico, en su momento muchos electores progresistas “tragamos sapos” y en 2014 respaldamos la reelección de JMS como una especie, también, de apoyo a un proceso de paz que había iniciado en su primer mandato y que no había concluido aún con aquel grupo guerrillero. Y ese proceso de paz, con todo y sus bemoles, fue y será importante para el futuro de Colombia, aunque por la misma polarización política fue valorado incluso más allende nuestras fronteras, a tal punto que JMS logró su anhelado Premio Nobel de Paz, lo cual, de paso, les agrió más la bilis a sus opositores y le dio una pequeña válvula de aire al resto de su impopular mandato. En ese segundo gobierno de Santos muchos nos jugamos nuestro escaso “capital político” y lo respaldamos, pero también cuestionamos sus escándalos de corrupción, su famosa mermelada, sus medidas económicas neoliberales, el feriado de nuestros recursos naturales y la incomprensible venta de activos tan sensibles como Isagén; pero el anhelo de una “paz”, al menos con uno de los grupos armados, lo hacía un poco tolerable.

Terminó su mandato y desde el mismo saludo a su sucesor se notó cierta amabilidad y que su deseo de marginarse sería cierto. Desde entonces, se ha mostrado la imagen de un renovado JMS: la de un abuelo venerable, un hombre amoroso con su Tutina, un tipo desprevenido que no anda con 300 escoltas, sino trotando y caminando por playas, montañas y urbes del mundo. Sumado a ello, ha habido una “campaña propagandística no declarada, en la que sus hijos y sus más cercanos, desde las redes han sido su celosa guardia y a punta de mensajes cargados de ironía y humor negro han querido llenar de simbolismo los silencios y las acciones de su padre, jefe o amigo.

Y todo eso ha ido construyendo o deconstruyendo su rol de expresidente. Y digamos que estaría muy bien, en otro momento, en otro contexto. Pero sucede que desde que Santos ganó su Nobel —digamos que es coincidencia— les bajó mucho la guardia a los temas del proceso de paz y a no dejar blindado unos acuerdos que no gozaban de toda la simpatía de los colombianos. Y desde finales de su mandato, ha venido aumentando la muerte de líderes sociales —intensificadas más en este Gobierno— como también la muerte sistemática de desmovilizados de las Farc. (A la hora de escribir esta columna, un grupo de exguerrilleros tuvo que salir de un “espacio territorial” de Ituango hacia Dabeiba, por temor a que los siguieran matando).

Así que, si bien es muy loable el silencio de Santos para no torpedear, entorpecer y desacreditar aún más a este gobierno —como si pudiera caer más bajo—, sí cabe la pregunta acerca de dónde está el presidente Santos. Porque si el Premio Nobel fue en atención a su búsqueda de acuerdos con las guerrillas, pues entonces podríamos clamarle y reclamarle que alguito u ojalá mucho de ese capital simbólico y político que aún le queda se lo gaste en escenarios del mundo visibilizando la tragedia humanitaria y social que se vive en regiones muy olvidadas de Colombia, muchos de nuestros defensores de derechos humanos, ambientalistas, y de personas que dejaron las armas, gracias a un Acuerdo de Paz que muchos defendemos, pero que al parecer le quedaron unas costuritas pendientes.

Presidente Santos, si bien usted está en todo su derecho de no enrarecer más este gobierno, sí valdría la pena que repensara su papel y ayudara a preservar vidas en Colombia. Como esas que soñó salvar cuando se jugó por un proceso de paz con la guerrilla, en el cual muchos creímos y seguimos creyendo.

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