HACE TANTO UN PERIODISTA ANtioqueño escribió una columna donde señalaba la predisposición a la corrupción de los costeños. La respuesta de mis paisanos fue furiosa.
Diría que exagerada porque quienes respondieron conocían muy bien la capacidad de apropiarse de lo público que despliegan nuestros políticos. Una alusión regional no puede llevar a desconocer una realidad tan contundente.
Por ciertas razones la política en la Costa Caribe tiene un umbral ético demasiado laxo. Estas razones no pueden reducirse a una sola causa, por ejemplo: la aceptación cultural de la corrupción. El hecho de que se apropien de los recursos públicos en la Costa con tanta indolencia no responde sólo a los valores imperantes de nuestra sociedad. Sin comprender la historia económica y política de la región no es posible entender por qué las relaciones políticas en el Caribe se hacen famosas en los medios de comunicación por los sucesivos escándalos. Y así sucede en todas las sociedades con ciertos rasgos considerados como negativos pero muy difundidos. Las causas son variadas y para su comprensión es necesario entender el proceso en que diversas causas interactúan y dan origen a un fenómeno social.
Volviendo al caso de Antioquia, puede afirmarse que el narcotráfico es un fenómeno social que tiene su foco principal en esa región de Colombia. La mayoría de los grandes narcotraficantes son paisas y su expansión fue exitosa a otras regiones del país desde los departamentos antioqueños. Córdoba y Norte de Santander son una buena muestra. ¿Puede esto explicarse por la cultura antioqueña? En parte sí. En un texto premonitorio escrito en 1963, y sin proponérselo, la antropóloga Virginia Gutiérrez de Pineda detallaba varios de los rasgos de los valores de Antioquia que serían funcionales al narcotráfico. Mencionaré sólo dos: i) la aceptación de la ilegalidad como mecanismo de ascenso social, que fue clave para que muchos individuos se familiarizaran con el negocio de las drogas, y ii) el rechazo social de los hijos sin padres, que fue clave para proveer una base de sicarios dispuestos a cometer las acciones más intrépidas en una fase en que el negocio necesitaba establecerse por medios violentos.
Pero al igual que la Costa con la corrupción, la explicación cultural no es suficiente. Criminales pobres con codicia ilimitada existían en toda Colombia, sin embargo sólo en Antioquia contaban con ciertas condiciones para llegar a ser un Escobar o uno de los hermanos Castaño. La educación, los servicios de comunicaciones y las redes de migrantes internacionales estaban más desarrollados en Antioquia que en otras regiones del país. Sin ellos hubiera sido imposible montar las redes de compra de insumos, transformación de droga y distribución en Estados Unidos.
No me imagino, por ejemplo, a uno de los campesinos de las sabanas del Caribe, a un ‘hombre icotea’ de Fals Borda, estableciendo los contactos y organizando un negocio de semejante escala. Y no por razones morales, podría ser cien veces peor que el Mugre y el Chopo juntos, simplemente no tenía ni el conocimiento ni los medios para hacerlo. Quizás algún político local se robó los recursos que el Gobierno Nacional giró para pagar la escuela y el servicio de telefonía internacional, ambos indispensables para triunfar como los traquetos paisas.