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Las cenizas de Calarcá, y otras cenizas

26 de enero de 2012 - 06:00 p. m.

En enero de 1977, cuando yo residía en Armenia, escribí en El Espectador el artículo titulado Ladrillos de cultura, en el cual registraba la inauguración de la Casa de la Cultura de Calarcá, que tuvo su ejecución con auxilios nacionales conseguidos por la parlamentaria Lucelly García de Montoya, quien en aquellos días era la gobernadora del Quindío. Se trataba de una construcción gigante que se situaría entre las mejores casas de cultura del país.

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En 1990, el poeta Javier Huérfano trasladó allí, desde la capital del país, los restos de Luis Vidales. Ambos poetas son oriundos de Calarcá. Huérfano, que se formó bajo la tutela de Vidales hasta coronar una destacada carrera literaria, se encargó de preservar la memoria de su maestro con diferentes expresiones, como la creación de una biblioteca pública en el barrio bogotano donde residía el discípulo.

Luis Vidales, que con Suenan timbres (1926) revolucionó la poesía colombiana, expresó a sus hijos, poco tiempo antes de morir, el deseo de que sus restos fueran llevados a Calarcá. A la muerte de Huérfano en el 2010, sugerí que sus cenizas fueran también trasladadas a la misma casa cultural, para que reposaran al lado de las de su maestro. Se escribiría así una leyenda en el alma de la poesía calarqueña. Y recomendé que la urna cineraria se situara en sitio discreto para no convertir la entidad en un cementerio.

Un año después, el escritor Hugo Hernán Aparicio Reyes notó que había un movimiento de las cenizas, como si estas tuvieran pies. En efecto, se estaban reubicando las urnas. Y escribió en La Crónica del Quindío la columna titulada ¡Carajo, todo el mundo a descubrirse! (las mismas palabras pronunciadas por Alberto Lleras en el Café Windsor de Bogotá al descubrir a Luis Vidales, el niño terrible –l’enfant terrible– de la generación de Los Nuevos, como el gran poeta que llegaría a ser).

La llegada de las cenizas de Lucelly García de Montoya, la fundadora de la Casa de la Cultura (la cual lleva su nombre), determinó una especie de orden jerárquico para los restos mortales allí situados, mediante el cual la política pasaba al primer puesto, y los poetas al segundo. Dice la nota de Aparicio: “Las losas con sus nombres y algún verso quedaron de cara al muro donde solo prolijos visitantes podrían leerlas”.

La noticia voló hasta Suecia, donde reside el hijo del poeta, Carlos Vidales, profesor jubilado de la Universidad de Estocolmo, quien ha manifestado lo siguiente: “Lo que me impresiona no es que quiten esos restos de ahí o que los pongan en un sitio de menor cuantía: no es la calidad del sitio lo que honra o deshonra unos restos mortales, son los restos mortales los que honran o deshonran, según el caso, los sitios donde reposan. Creo que los honores póstumos no enaltecen al muerto, sino engordan al vivo que los organiza y promueve”.

Y agrega: “Si se nos diera el privilegio de opinar al respecto, preferiríamos que sus cenizas (las de Vidales) se confundieran con la tierra calarqueña en lugar de estar prisioneras en una urna. Y, desde luego, no nos gustaría que se las utilizara para librar disputas por sitios de honor con las cenizas de otros muertos”.

El debate está formado, y de él se ha ocupado el espacio virtual NTC, de Cali. Uno que ha terciado en el caso es Carlos A. Villegas, exsecretario de Cultura del Quindío, hoy residente en Texas, quien revive una idea de su autoría, para la cual elaboró incluso el respectivo boceto: la construcción de un Parque Nacional de los Poetas en tierra quindiana, proyecto que incluye museo de exposiciones sobre la literatura colombina, parque de los poetas muertos, en medio de gualandayes florecidos, sitios de lectura y escucha y escenarios para recitales y conciertos. “Colombia sigue en deuda con Vidales –dice Villegas, también oriundo de Calarcá– y parece que la indolencia local no entiende la dimensión de este creador de cultura iberoamericana”.

Los sucesos aquí mencionados llevan a pensar en el poco sosiego que tienen los despojos de algunos personajes ilustres. Los mortales no los dejan descansar en paz. ¿Habrá algo más poético –ya que de poesía hablamos– que esparcir las cenizas en el aire o en el agua?

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Me vienen a la memoria los siguientes casos. Tulio Bayer pidió a su esposa que sus huesos fueran arrojados por los Pirineos como un acto supremo de libertad. Las cenizas de Manuel Zapata Olivella fueron tiradas al Sinú, el río tutelar de su tierra, a fin de que las aguas proletarias se encargaran de llevar sus restos hasta el África, de donde provienen sus orígenes. Juan Castillo Muñoz dispuso que sus cenizas se esparcieran por el Salto de Pómeca, en Moniquirá, una hermosa cascada que tiene 17 metros y cae en un pozo cristalino donde se mezcla el esplendor del paisaje con el misterio de los símbolos indígenas de Boyacá.

gustavopaezescobar@hotmail.com

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