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Revolución en las democracias

21 de noviembre de 2019 - 08:00 p. m.

El historiador francés Pierre Rosenvallon analizó en las redes sociales la decepción de algunas democracias por medio de sus protestas en Chile, Brasil, Bolivia, Colombia, Francia… del cual extracto y resumo a continuación algunos de sus oportunos comentarios.

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La democracia es el sistema político más compartido y elegido en el mundo contemporáneo. Pero no se trata de un modelo estático, porque muta, se adapta, se impone, triunfa y también fracasa. Los países que han experimentado dictaduras y tiranías bien saben que salir de los gobiernos autoritarios implica una cuota importante de sangre. Entre tanto, y aunque la democracia decepcione, defraude y no tenga respuestas para la desigualdad que sufre una gran parte del planeta, es el único sistema que permite transformaciones, que ilusiona con la representación política y con la posibilidad de que el futuro sea dirigido hacia un horizonte ideal.

Queremos recuperar el control sobre nuestras vidas, dicen en Gran Bretaña, Polonia, Hungría, Italia e incluso en Alemania y queremos recuperarlo a través de formas de poder autoritario al que presentan como aquel capaz de actuar, esto es, que al tiempo que respeta las normas constitucionales actúa con energía. Ser representado no exige solamente tener un delegado, un portavoz, sino que cuanto uno ha vivido y ensombrece nuestra existencia, pueda, quizá, ser solucionado por la sociedad.

El sistema político de Europa encontró un equilibrio en una democracia fundada en partidos políticos que representaban diferentes sectores de la sociedad, con base en programas que le daban una perspectiva al futuro. Ahora, la sociedad ha cambiado, ya no se encuentra constituida por clases sociales caracterizadas por grupos de obreros, empleados, profesionales, comerciantes… sino estructurada por situaciones individuales derivadas de las dificultades que viven sus ciudadanos. Esta nueva realidad no está representada por partidos políticos, sino por una sociedad fragmentada por las dificultades, los miedos y las angustias existenciales, las cuales convocan reacciones a veces no controlables.

Se podría concluir que los partidos políticos tradicionales se están disolviendo poco a poco, no porque estén envejecidos, sino porque la sociedad ha cambiado. La noción de programa no tiene mucho sentido en un mundo gobernado por las crisis, sin futuro predecible. Por estas razones, hay una suerte de desfase de los partidos políticos y una especie de vacío en el que vivimos por todas partes. Increíble, el mismo Estados Unidos desarrolla hoy formas de respuestas nuevas de tipo populista.

Resulta indudable que, en algún momento, pueda crear el sentimiento de desigualdad elementos de revuelta social. Incluso, si las desigualdades no son de la misma naturaleza, como sucede con los salarios de las estrellas de fútbol. Los ciudadanos sienten que no son recompensados, que no existe una relación entre la riqueza y el mérito. Y si no se propicia una revolución interna en el capitalismo para superar las desigualdades extremas, se puede llagar a situaciones graves de descomposición social, donde gobiernen unos movimientos que no posean líderes para ejercer el poder, movimientos que no pasen de practicar una crítica difusa del poder económico frente al poder político.

Movimientos como el de los Chalecos Amarillos en Francia, como las protestas chilenas y colombianas, se consideran como tendencias con gran capacidad de expresión; pero nula de transformación. No pasan de ser manifestaciones de rechazo, de miedo al futuro amenazante.

Mi conclusión. Los derechos escritos en las Constituciones están limitados en la realidad por los derechos fundamentales de los ciudadanos y por las posibilidades económicas. Para preservar la inapreciable democracia, sí se debe respetar el derecho a protestar de los inconformes; pero sin que unas minorías pretendan derrocar gobiernos para instaurar y perpetuar sus dictaduras del proletariado, destruyendo bienes públicos y privados de las mayorías. Se requieren, así mismo, gobiernos que ejerzan su autoridad con firmeza y que no negocien el cumplimiento de las leyes. Lo que se ganó en las urnas no se puede perder en las calles, ni por las decisiones de jueces politizados.

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