En dos clásicos seguidos entre Millonarios e Independiente Santa Fe, con asistencia global de más de 50.000 espectadores, no se vio un gol.
Por eso resultan carretudos aquellos que se escudan en las superioridades defensivas o en las hazañas de los arqueros y, lo que es peor, dicen que gracias a la táctica estuvieron ausentes las celebraciones. Eso es pura carreta, y barata.
No se vieron goles, sencillamente, porque los pocos delanteros viven de la distracción de algún zaguero, de un pelotazo afortunado, pero los llamados al gol nunca se asocian o tienen compañía de algún volante con resolución o inventan por su propia cuenta una jugada.
Para colmo, la terna arbitral resultó tan floja como el partido. El juez Gamarra no aplicó la disciplina, llámese tarjetas —y eso que hubo siete amarillas y una roja—; debe tener buen padrino en la Comisión Arbitral, aunque está lejos de ser un juez que ofrezca garantías.
La expulsión de Silvio González fue justificada, porque quiso tomar venganza de una falta del panameño Torres, quien también merecía amarilla. Al marcharse él, Santa Fe entró a depender de William Zapata y de las carreras de Cuero. Caicedo, que ingresó tarde, nada hizo, así que los llamados delanteros rojos no hicieron nada de nada. Es más, las única dos jugadas comprometidas para Róbinson Zapata resultaron ser una de Silvio comenzando el juego y un remate de Anchico en el cierre del compromiso.
Por el lado de Millonarios estuvo más activo Dayro Moreno, en el segundo tiempo, sin que Camilo Vargas pasara realmente angustias. Wason Rentería, Eric Moreno y Yúber Asprilla: nada.
Santa Fe jugó con un hombre menos, y diría que con dos, porque Ómar Pérez, el llamado a conducir, viene atravesando un mal momento. Siempre fue lento, pero rápido mentalmente. Ahora le está costando localizar un pase preciso al vacío para aprovechar la velocidad de Cuero, por ejemplo.
Así pues, los técnicos, que trabajan en muchos aspectos de marca y de relevos, deben invertir más tiempo en preparar jugadas de ataque y autorizar a los delanteros a crear pequeñas sociedades con alguno de los volantes y no esperar de espaldas al arco o mirar de reojo algún lateral que levante centros. Deben jugar con la pelota y no vivir peleados con ella.
Cualquier disculpa que se quiera ofrecer sobre los cero a cero es pura carreta: no hay goles cuando los equipos no trabajan para conseguirlos. Los 180 minutos de los dos clásicos resultan malgastados cuando nadie es capaz de marcar un gol.