Concluyó la Copa Confederaciones celebrada en Brasil con dos propósitos manifiestos: insuflar optimismo en la selección local, calificada y por ello sin mayores exigencias para el Mundial 2014. Y para averiguar cuánto realmente preparado está el anfitrión para cumplir con el compromiso.
Para todos los observadores la Copa se reducía a ver en acción a cuatro selecciones grandes, de jerarquía: Brasil, España, Italia y Uruguay. El resto era físicamente “relleno”, llegando al extremo de asistir a vergonzosos entrenamientos con los jóvenes de Tahití. Ellos ganaron su derecho a sabiendas de las palizas que, como ocurrieron, recibirían.
Además, la final de España y Brasil estaba casi anhelada y cantada. El ganador mostró progresos en sectores como la pareja de defensores centrales, donde en el último juego David Luiz lució impecable.
Grata revelación resultó Luiz Gustavo, el del Bayern en el medio campo, donde Paulinho justificó plenamente el interés del fútbol inglés por sus servicios.
Neymar estuvo actuando con más sentido colectivo, sin olvidar su capacidad de gol, lo mismo que Fred. Quizás el punto débil del ataque estuvo en Hulk, aunque en general Brasil tuvo intención de tener la pelota, de hacerla circular, haciendo recordar por momentos el estilo de los españoles, esta vez muy menguados, con excepción de Iniesta.
Puede decirse que Brasil organizó la Copa con la obligación de ganarla y la ganó. En cambio en el campo puramente organizativo, y puede ocurrir el año próximo, tropezó con una protesta social de envergadura, con saldo lamentable de pérdida de vidas y ni hablar de daños materiales y la reacción del pueblo, como hacía rato no ocurría.
Además detalles del mismo comité organizador que ameritan correctivos. Transporte de delegaciones, hospedaje de las mismas, controles en estadios, puntuales reclamos de las delegaciones participantes. Si Brasil quería una especie de banco de prueba, la tuvo y con enseñanzas esenciales.
En cuanto al fútbol-fútbol, valieron la pena las últimas confrontaciones, así sean lamentables esos 30 minutos adicionales que nada le aportan al espectáculo, más teniendo en cuenta las condiciones climáticas de la época.
Debe pasarse directamente a los lanzamientos desde el punto penal y listo. Lo demás es dar contentillo a los negociantes de la televisión.
Italia, con selección mermada, alcanzó un buen lugar. Uruguay sólo dejó la imagen de Édison Cavani goleador. Y España se extravió en juego y nadie fue capaz de seguir la cuerda a Iniesta.
Brasil, a la hora del té, fue el mejor y por eso finalmente se llevó el premio, pero futbolísticamente el torneo no fue una maravilla.