No sé cuántas personas en el mundo del fútbol vimos el empate del Leicester con el Manchester United. Lo destacable del 1-1 fue observar cómo un equipo, en el más genuino sentido de la palabra, trabajó en el Día del Trabajo por su resultado.
A la larga, un homenaje y un reconocimiento a los trabajadores en el fútbol mundial. La solidaridad entre ellos, del auxiliar al compañero más comprometido en el control del balón, sin distracciones y con un gesto de humildad, y sin desfallecer en la búsqueda de un objetivo.
Este equipo viene a ser la antítesis de la moda en las grandes ligas. Los encopetados equipos europeos invierten e invierten dinero a manos llenas en la localización de los mejores talentos. Sumas estrafalarias para alimentar las ilusiones de millones de hinchas.
Por eso el Leicester es admirable. Con él reviven la historia de David y Goliat y la de las grandes minorías que sufren para conseguir el pan diario. Es un canto a la rebeldía, de quienes no tienen y quieren y pueden.
Recuerdo a Carlos Dittborn, quien cuando consiguió el Mundial de Fútbol para Chile en 1962, en plena asamblea para escoger la sede dijo: “Porque nada tenemos… lo haremos todo”. Y eso se aplica a este equipo, despojado de luminarias, de grandes nombres, pero comprometido en una empresa. Hicieron historia en la Premier League. Lograron el título, y de qué forma.
Claudio Ranieri, su técnico, prometía y cumplía con invitar a todo el plantel a pizza cuando terminaran un partido con la valla en cero. Fueron muchas la ocasiones para compartir ese premio gastronómico.
Resultó campeón y eso es exhibición de sencillez, dedicación a un trabajo. En el Día del Trabajo, estos trabajadores hicieron el mejor homenaje para tantos que del sudor de la frente ganan el pan diario.