Existen en el presente palabras que se ponen de moda en esto del fútbol: la rotación. La usan los técnicos para esquivar o justificar resultados negativos, así la intención previa fuera sana.
Por suspensión, lesión o rendimiento técnico, un jugador deja su puesto de titular y da la oportunidad a uno de aquellos que sufren en el banco de suplentes. Pero en la mayoría de ocasiones, el titular recupera su lugar, con excepciones que ocurren.
Ahora que Millonarios apeló a esa palabra, fue y perdió con Jaguares en Montería. Caer en sus excursiones últimamente no es novedad para los azules.
Tiene una doble lectura el hecho. Los hinchas, al enterarse del resultado, disculpan al técnico o lo zarandean, por haber realizado la maniobra. La otra es arriesgar el juego, porque es de suponer que existe un grupo de jugadores más compenetrados en el trabajo y que por su calidades son superiores a los del banco. No creo que un equipo disponga de 20 jugadores en equilibrio de condiciones para ser llamados titulares, si acaso unos 13 o 14, y es con ellos que debe insistir para ganar en casa y afuera.
Es probable que el señor Rubén Israel aún no descubra cuál es el grupo ganador. Podría alguien preguntar por qué Atlético Nacional lo hace y le da réditos. Quizá la rotación en los verdes disimula el juego, pero consigue resultados y gana.
La palabra rotación no es novedad ni debe descrestar a los parroquianos del fútbol. Siempre existió, tal vez con otros nombres. No es propiedad del técnico Juan Carlos Osorio, quien la incrustó en el lenguaje futbolero.
Ocurrió lo mismo cuando los brasileños ganaron el Mundial del 58 con un dibujo táctico de 4-2-4 y su arquero. Quien en Brasil lo instaló fue el entrenador húngaro Bela Guttmann, con el São Paulo de 1956. Lo capitalizó Vicente Feola, el orientador campeón.
¿La rotación puede distraer? Es justo, entonces, preguntar a un técnico como Rubén Israel, ¿por qué lo hace?