Vi con tristeza la manera como se disputó la supuesta emocionante última fecha del campeonato. Tristeza, porque quienes debían forzar y proporcionar emoción no lo hicieron y de ahí que los ocho clasificados antes de la fecha, siguieron su rumbo a la final.
América, que este semestre siempre cae en Bogotá, no perdió la costumbre y Quindío, que fue protagonista al comienzo, se desinfló como si la presencia de Hernando Ángel, su mecenas, decidiera no pagar premios costosos por si llega a ser campeón. Su único interés es salir a vender o transferir jugadores y nada más, dejando con ilusiones marchistas a sus hinchas.
Vi cómo Júnior, sin Giovanny Hernández ni Ciciliano, pierde creación y juego para Teófilo y Yánez. Vi cómo Carrillo, del Cali, siempre que ingresa hace goles. Vi cómo el Tolima, con Marangoni, Ramírez, Marrugo y Wilder Medina, justifica su gran campaña, muy a pesar de los reclamos llorosos de Camargo; cómo La Equidad, por cuarto cuadrangular consecutivo saca la cara por Bogotá y cómo el Chicó le tiene ‘cogido’ el tiro al campeonato. Once Caldas, con rendimiento alto de sus tres foráneos más Viáfara regresa a la fiesta, y el Envigado, con sus veteranos Totono, Néider, Orrego y Serna opaca la tristeza de Nacional y el DIM. Cúcuta, con un estilo propio del pensamiento de Pinto, ganó su puesto.
Vi con tristeza la sinvergüenzada de jugadores que como Portocarrero y Henríquez, buscan la expulsión, aprovechando una reglamentación pobre de la Dimayor, donde dos patrocinadores, Mustang y Postobón son engañados en su buena fe, porque se pagan expulsiones de un lado para otro, siendo dos campeonatos distintos.
Vi con sorpresa la aparición en Estudiantes de la Plata del colombiano Carlos Valencia. Parece haber estado en Francia, en el River Plate de Pasarella y ahora Sabella lo envió con un grupo joven a golear a Independiente y se dio el gustazo de marcar excelente gol para cerrar el 5-1. Valencia, como tantos jugadores, Carlos Sánchez, en Francia; Mena, en Colón, y el mismo Falcao García salieron del país a buscar fortuna. No es para llamarlo a selección, pero el delantero, de baja estatura y velocidad, por eso juega como una especie de puntero derecho, brindó una satisfacción inesperada.
Vi cómo Iván Ramiro Córdoba es el jugador nacional que más títulos tiene en el exigente calcio italiano. Alguna vez en Barranquilla, haciendo él parte de la selección, le comenté sobre la llegada de un nuevo zaguero al Inter y me dijo: “Siempre ocurre lo mismo, traen defensas para mi puesto y yo termino siendo titular”. Tiene razón.