La Constitución sostiene: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”
Después de plantear la importancia del tema, los objetivos, el universo temático y cuatro conceptualizaciones básicas, hoy nos ocuparemos de reflexionar brevemente en torno a nuestra Constitución y la construcción de la paz. Veamos.
Observaciones iniciales. La revisión global de los postulados constitucionales vigentes, nos permite encontrar que –nunca como antes– hubo tanta preocupación en el legislador por el tema de la paz. Este es trabajado explícitamente desde el Preámbulo, pasando por los principios fundamentales; los derechos, las garantías y los deberes; los derechos sociales, económicos y culturales; los deberes y las obligaciones. Así mismo, consagra el deber del Presidente de “conservar en todo el territorio el orden público y restablecerlo donde fuere turbado”, para avanzar hasta el artículo 218, donde se consagra que “la Policía Nacional es un cuerpo armado permanente de naturaleza civil, a cargo de la Nación, cuyo fin primordial es el mantenimiento de las condiciones necesarias para el ejercicio de los derechos y libertades públicas y para asegurar que los habitantes de Colombia convivan en paz”.
Me inclino a pensar que resulta muy útil para los colombianos el correlacionar, por ejemplo, el Preámbulo y los artículos 2, 22, 67, 95, 189 y 218. Leámoslos cuidadosamente y observemos las concordancias. Así, podemos desentrañar la gran importancia que el legislador le otorgó a la problemática de la paz. De allí puede inferirse, en gran síntesis, que es uno de los temas vertebrales de los que se ocupó el Constituyente del 91. Notemos que, según la Constitución colombiana, existe una urdimbre entre el proceso de construcción de la paz, los derechos ciudadanos, la educación, el deber de todo ciudadano de participar para construir y mantener la paz y el deber de los colombianos de engrandecer la comunidad nacional, dentro de un marco jurídico democrático y participativo.
Complementariamente, observemos que si tenemos en cuenta la información empírica existente en torno a los indicadores sociales en 2014 (distribución del ingreso; calorías diarias consumidas por la mayoría de la población; índices de pobreza y miseria; déficit de vivienda; niveles de recreación y cultura; índices de inseguridad…) existe en nuestro país una gran distancia entre el deber ser planteado en nuestros preceptos constitucionales y la realidad. Para los futuros estadistas y demócratas colombianos, aquí tenemos un reto inmenso que debe concretarse en políticas públicas eficaces y eficientes. Si esta tarea no se asume con responsabilidad histórica, me inclino a pensar que el proyecto de democracia participativa, seguirá siendo aplazado, con todas las consecuencias que de allí se derivan.
Por la naturaleza del asunto, complementemos las reflexiones anteriores, formulando unas precisiones en torno a los derechos humanos y la paz; y la paz: un derecho y un deber. Veamos.
Los derechos humanos y la paz. Para un demócrata, se presenta diáfano que la paz debe ir de la mano de los derechos humanos y de la construcción democrática en todos los ámbitos; del valor del trabajo y de la recreación… Y en tratándose de los deberes y obligaciones que nos competen a los ciudadanos colombianos ¿cómo no tener en cuenta que “el ejercicio de los derechos y libertades reconocidos en esta Constitución implica responsabilidades”? Pensemos en la reflexión que nos propone Bobbio al respecto: “leamos la Declaración Universal de los Derechos Humanos y miremos alrededor: ¡Cuántas víctimas inocentes de crueles guerras, cuánto espíritu de atropello, de dominio, de perversidad, de desprecio al débil, de ciega envidia del fuerte! ¡Cuánto fanatismo! ¡Lejos queda la dignidad de la persona! La historia del hombre es vieja en milenios pero, comparada con nuestras esperanzas, acaba de empezar”. Continuemos.
La paz: un derecho y un deber. Preguntémonos ahora: ¿Cómo olvidar que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”? ¿Por qué no retomar en las instituciones educativas, su vocación de constructoras de paz, difundiendo en todos los establecimientos una nueva cultura inspirada en nuestros preceptos constitucionales? Me inclinaría a pensar que se han producido algunos hechos significativos, el surgimiento de organizaciones, la celebración de eventos nacionales e internacionales… y el inicio de un nuevo y serio proceso de paz, que cuenta con gran respaldo internacional y de las mayorías nacionales, hasta la fecha.
Ahora bien, teniendo en cuenta que el proceso de paz debe enmarcarse dentro del Estado de derecho, resulta útil recordar las observaciones del señor Exfiscal de la República, Gómez Méndez1: i. “Un proceso de paz tiene que estar totalmente desvinculado de los afanes electorales y de las coyunturas políticas. El proceso de paz no puede ser una estrategia electoral. ii. Tiene que concebirse como un verdadero proyecto de Estado, a mediano y largo plazo. iii. Se debe caracterizar por la claridad en sus pasos y elementos y no por la ambigüedad o incertidumbre en su lenguaje y objetivos. iv. Debe estar ajeno a la espectacularidad, a su monitoreo y reporte diario, la inspección cotidiana que desvía la atención pública hacia un cúmulo anecdotario y lo aleja del examen sobre el fondo del mismo. v. No resulta conveniente que los medios de comunicación conviertan a los comandantes militares de la guerrilla o de las autodefensas en grandes protagonistas, dándole campo ilimitado a la apología bélica, sin anteponer los filtros y cuestionamientos necesarios para que la opinión ciudadana adquiera una percepción equilibrada y objetiva de sus actos y propósitos; y vi. No resulta aconsejable colocar en un plano de igualdad a los factores armados al margen de la ley y a quienes legítimamente actúan dentro del Estado de derecho…”.
Como asunto prioritario del Estado y la sociedad, el manejo de la guerra requiere estudio, consagración, asesoría tecno-política al más alto nivel, recursos eficientes y eficaces, y manejo de estrategia y táctica actualizadas que respondan a las características del proceso colombiano, dentro del actual contexto internacional. Continuar con las improvisaciones y la falta de conocimiento histórico de las circunstancias reales, sería fatal para el destino de nuestra democracia.2 En la próxima columna revisaremos algunas relaciones entre la universidad y el proceso de paz.
roasuarez@yahoo.com
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Referencias
1. Revista Cambio. Número 380. Oct. 2-9, 2000. pp. 42-43.
2. Obsérvese que según se va desarrollando el actual proceso, se están evitando las improvisaciones y errores anteriores, habiéndose avanzado hasta el 2014, como nunca antes.