Prescindir de la política, como arte y ciencia, es abrir las puertas a los regímenes de facto y dictatoriales frente a los cuales los colombianos hemos demostrado positiva resistencia. La política como vocación, éticamente practicada, es la más bella y profunda de las profesiones.
Cuando pensamos en la complejidad del mundo contemporáneo observamos que, si de un lado el desarrollo de los gobiernos democráticos ha ido in crescendo, especialmente a partir del decenio de los ochenta, de otro, varios de los países que lideraron los regímenes occidentales, en la postguerra de 1945, han carecido de líderes políticos (1) con la formación y el carisma que les permita despertar, en los sectores mayoritarios de la población, la vocación por la construcción libertaria con equidad.
Paradójicamente, el ejemplo más notable de esa carencia ha sido encarnado por la gestión, durante ocho años, del señor GEORGE W. BUSH, al frente de la primera potencia mundial en ciencia y tecnología. Pues bien, una de las explicaciones básicas de esa deficiencia —no la única— ha sido la desvirtuación de la política como arte y ciencia al convertirla en prácticas meramente clientelistas, politiqueras, guerreristas e imperialistas.
Reflexionando en torno a las implicaciones que se derivan de un empleo equivocado de la política, me permito invitar al lector a pensar cuidadosamente en el tema, de cara a la gravedad de la crisis colombiana contemporánea.
La importancia de la política. Si revisamos el momento político en Colombia (diciembre de 2008); el asesinato de Gaitán; la toma del Palacio de Justicia; y el terrorismo agenciado por PABLO ESCOBAR, en el decenio de los ochenta, constituyen cuatro hitos sustantivos cuyo estudio facilita comprender nuestro proceso histórico en los últimos 60 años. Ante los hechos, la mayoría de los colombianos hemos demostrado una capacidad excepcional para asimilar estos graves acontecimientos, que han amenazado seriamente la estabilidad de las instituciones y de nuestra democracia. Mas se me presenta indispensable pensar y actuar creativamente, para desarrollar los preceptos democráticos plasmados en la Constitución de 1991.
Teniendo en cuenta la significación que tiene para el tratamiento de estos temas, las precisiones conceptuales, me acercaré a precisar las siguientes: arte, ciencia, la política como arte, la política como ciencia, el Estado, y el liderazgo político democrático.
Arte. Sabemos que este concepto se refiere a diferentes objetos; y también que, históricamente, el arte ha tenido y tiene diversas acepciones. Un camino podría ser sostener que el arte es un conjunto de reglas para hacer algo bien. Desde el punto de vista etimológico, el arte consistiría en la capacidad para fabricar objetos útiles; en tal sentido, tuvo el mismo significado que la palabra griega techné, de la que provienen técnica y tecnología. Pero el arte exige, además, originalidad, belleza, transmisión de sentimientos y capacidad para emocionar, en un contexto histórico y cultural determinado. El arte se me presenta entonces como una experiencia vital que enriquece lo humano y que, según mi inacabada experiencia, a través de su ejercicio puede llegar a conmovernos intensamente.
Ciencia. A pesar de las mutaciones que la naturaleza de la ciencia ha tenido en los últimos decenios y aún a riesgo de equivocarme, ensayemos conceptualizarla. ¿Qué podría ser la ciencia? Digamos que es un conjunto de conocimientos organizados según las leyes. Un conjunto de explicaciones sistemáticas y controlables por elementos de juicios fácticos, donde su objetivo específico es la organiza¬ción y la clasificación del conocimiento sobre la base de principios explicativos. Anotemos que las ciencias tratan de descubrir y formular, en términos generales, las condiciones en las cuales ocurren sucesos de diverso tipo. Asimismo, es conveniente tener presente, según PIAGET, que las podemos dividir en nomotéticas y sociales, de acuerdo a su objeto de estudio.
Percibimos que existen otras acepciones sobre la ciencia; sobre las ciencias. Que también resulta conveniente tener en cuenta que el conocimiento científico, para que sea tenido como tal, ha de ser racional, objetivo, fáctico y trascender los hechos. Y también: ser analítico, especializado, claro, preci¬so, comunicable, verificable, metódico, sistemático, nomo¬tético, explicativo, predictivo, abierto y útil.
La política como arte. Tomemos distancia. Al reflexionar en torno a las actividades humanas, encontramos que una de las más significativas, decisiva y antigua, es la política. Si pensamos en su precisión conceptual, conocemos que ya hace 2.500 años, en Grecia, se consideraba como el arte de gobernar, como el arte de realizar el bien común. Deliberando en esta especificidad, sabemos que la labor política es fundamental para la realización de todo ser humano, en la medida en que es una de las concreciones de su ser social. Porque somos seres sociales debemos realizarnos con los otros; y ello es viable en la medida en que contribuyamos a nuestra realización política. Mas esta posibilidad exige estudio, dedicación, cuidado, compromiso y conciencia crítica frente a una realidad cambiante que se nos presenta, ingenuamente, como acabada, definida y organizada.
Veamos ejemplos precisos donde éstas cualidades fueron practicadas en el siglo XX. Recordemos en primer lugar, que DE GAULLE fue un gobernante que demostró, desde sus años juveniles, la importancia de combinar el estudio con la inteligencia, la disciplina y el amor a Francia para llegar a ser un estadista y humanista, con magnífico dominio de la palabra hablada y escrita. Consagrados a la reconstrucción de los ideales cimeros alemanes, es edificante recordar la dedicación de KONRAD ADENAUER, LUDWIG ERHARD y WILHELM RÖPKE, con que actuaron para avanzar en la concreción de su proyecto político designado como “La sociedad formada”. (Formierter gesellschaft). ¿Cómo olvidar el cuidado y la responsabilidad política con que trabajaron JOHN F. KENNEDY y NIKITA KRUSCHEV en 1961, frente a la crisis de los misiles que amenazó seriamente con desatar la Tercera Guerra Mundial?
Cuando hacemos memoria del proceso de descomposición de las costumbres democráticas, en que desembocó la dictablanda rojista (1953 – 1957), está para la historia el compromiso con los ideales de la democracia encarnado por el liderazgo político y ético de ALBERTO LLERAS CAMARGO. Él descendió de los riscos Uniandinos para convocar un proceso que permitió recuperar la institucionalidad y transparencia de que deben estar dotados los procesos políticos.
Y por su puesto, como ha sido rememorado en diversos textos y eventos en 2008, tenemos el ejemplo de la conciencia crítica ejercida por el Señor Presidente CARLOS LLERAS RESTREPO, en su ejercicio del poder. Sabemos que se preparó desde joven para gobernar y, conocedor de los graves errores cometidos por sectores elitistas de la política colombiana, preparó y concretó la más importante reforma político-administrativa del siglo XX (1968), que permitió fortalecer el Estado y acercarse con eficiencia y eficacia a la práctica de la política social, diseñando un plan de desarrollo que buscaba la redistribución del ingreso y el fortalecimiento de la más importante institución política.
La política como ciencia. Precisada condensadamente su conceptualización como arte, ¿qué podría ser la política como ciencia? Como resultado de un proceso de decantación y como un esfuerzo inter y transdisciplinario, realizado por los científicos sociales (historiadores, economistas, sociólogos, politólogos, psicólogos, filósofos, psicoanalistas, antropólogos, geógrafos, juristas, lingüistas, administradores públicos y trabajadores sociales) especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial, se concreta su especificidad. Gracias al aporte suministrado por las disciplinas anteriores, se mejoraron los cuestionamientos epistemológicos, las dimensiones teóricas, los aspectos conceptuales, las estructuras metodológicas y el conjunto de las técnicas.
Así, se buscó evitar que los hechos y procesos políticos se analizaran basándose en juicios de valor. Se deseó entonces trabajar, sobre todo, con juicios de ser o realidad. Por ello se ha tratado, dentro de la objetividad del conocimiento alcanzable en ciencias sociales, que los análisis políticos sean fácticos, especializados, claros y precisos, verificables, metódicos, sistemáticos, productivos, abiertos y útiles. La disciplina se fue consolidando y desarrollando poco a poco, hasta encontrar un magnífico respaldo que, en el mundo occidental, se expresó en investigaciones, centros de documentación, bibliotecas, instituciones universitarias, asociaciones de egresados, asesores y consultores gubernamentales y no gubernamentales, a escala nacional e internacional, especializados en ciencia política.
En la América Latina en general, y en Colombia en particular, la disciplina recibió un impulso a partir especialmente del decenio de los sesentas. Los esfuerzos latinoamericanos gubernamentales, concretados en la ELACP (FLACSO), de Santiago y los trabajos de algunos centros mejicanos dedicados a las ciencias sociales, permitieron que la disciplina tuviera una importante expansión. Entre nosotros, la Escuela Superior de Administración Pública, la Universidad de los Andes, la Tadeo Lozano, la Javeriana, la Nacional, el Ministerio de Relaciones Exteriores, el Externado, la Universidad de Antioquia, la del Valle, la del Norte… han sido precursores e impulsadores, cada uno a su manera, de esta disciplina social. En Colombia, ya no es extraño contar con politólogos y administradores públicos, altamente calificados en formación política, y especialistas en relaciones internacionales y gobierno, con adecuada preparación en el manejo de las finanzas internacionales y los intereses generales.
¿Y entonces, cómo conceptualizar la ciencia política? Como fruto de una labor académico-investigativa, iniciada a partir de 1964, hoy entiendo por ciencia política: la disciplina social que se ocupa del estudio sistemático del Estado; de la legitimidad; de la estructura del poder; de la gobernabilidad; de la composición de las clases y estratos sociales; de la organización de los partidos y movimientos políticos y sociales; de los procesos electorales; del funcionamiento de los grupos de presión; del
proceso de la toma de las decisiones y de la problemática del liderazgo, en espacios y tiempos determinados. Así concebida, se me presenta como útil herramienta para realizar estudios comprensivos de nuestra compleja realidad y evitar el craso error de reducir los análisis políticos al solo estudio particular de los fenómenos electorales.
El Estado. Es la más importante institución política de la vida contemporánea. Según mi percepción, es la institución jurídico-política que, integrada por los poderes ejecutivo, legislativo judicial y electoral, es racionalizadora de los intereses generales. Es la Institución de las instituciones; la Organización de las organizaciones. En cuanto a lo jurídico, anotemos que el ordenamiento social, fundado en la justicia, susceptible de coacción y ordenado al bien común —en que consiste el derecho— es soporte sustantivo para la constitución y el desarrollo de un Estado democrático.
El liderazgo político democrático. ¿Qué es un líder político democrático? Creo que es un jefe que, con prestigio intelectual y humano asume un proyecto histórico capaz de generar seguidores organizados y comprometidos con su causa, para el ejercicio del poder. Es una persona reconocida por su capacidad de mando y ejecución, que está identificada con el proceso político que impulsa y desarrolla históricamente. ¿Qué puede ser el prestigio intelectual? Digamos que es la capacidad demostrada y reconocida para estudiar, comprender, reflexionar y aportar creativamente a la solución de los problemas. Y ¿en qué consiste el prestigio social? Es la habilidad del líder para acercarse a la comunidad; conocer las necesidades sentidas y las esperanzas de los seguidores; canalizar sus intereses y servirles empleando sus conocimientos en beneficio de los más necesitados y pobres. Es el reconocimiento a la solidaridad del líder. Terminadas las conceptualizaciones, abordemos el tema de la política y la antipolítica.
Política y antipolítica. Si retomamos la política —como arte y como ciencia— los ciudadanos no podemos razonablemente prescindir de la actividad política. Tenemos sí que cuestionar las prácticas politiqueras y los estudios asistemáticos realizados a nombre de la ciencia política. Si de un lado, debemos tener conciencia crítica para desvirtuar el conjunto de las acciones politiqueras, de otro, estamos en la obligación ética de reivindicar la política como el camino óptimo que nos permita institucionalizar el diálogo como la salida a nuestros conflictos y cristalizar una democracia participativa, inspirada en los principios de la social democracia contemporánea.
Algunos, sin embargo, han optado por la antipolítica. En el siglo XX se presentaron varios casos de políticos que, amparados en ésta, alcanzaron el poder. Si por vía de ejemplo nos referimos a la América Latina, recordemos que en Argentina y Brasil, a nombre de la Unidad Nacional, en el decenio de los sesenta, se organizaron dictaduras militares algunas de cuyas consecuencias todavía se perciben. ¿Olvidaremos el sacrificio inútil de Las Malvinas? De otro lado, en 1973, al acceder al poder el señor PINOCHET, una de sus primeras medidas fue proscribir los partidos políticos. El mundo conoce hoy el talante de este dictador. Complementariamente, en el Perú de los noventa, la crisis económica, las deficiencias de los partidos políticos tradicionales y el poder desestabilizador de Sendero Luminoso, impulsaron el proyecto político del señor FUJIMORI, quien concentró cada vez más el poder; facilitó la corrupción institucional; la violación de los derechos humanos; el chantaje al poder legislativo; incidió en el judicial y proclamó que todo ello se hacía para acabar con la corrupción de la política y de los políticos. Ahora conocemos al señor MONTESINOS, y el trasfondo oscuro y corrupto que se escondía detrás de este régimen. No olvidemos que, hoy como ayer, el poder absoluto corrompe absolutamente; tal es el caso del poder de las dictaduras de diverso tipo; es la repetición diversa de lo que ha ocurrido en otras épocas en nuestra América Latina y en otros continentes.
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(1) Cambiando las cosas que haya que cambiar, me refiero a la carencia de personalidades con el liderazgo y la estructura mental de, por ejemplo: CHARLES DE GAULLE, WINSTON CHURCHILL, FRANKLIN ROOSELVELT, KONRAD ADENAUER, JOHN F. KENNEDY, RAFAEL URIBE URIBE, ALFONSO LÓPEZ PUMAREJO, JORGE ELIÉCER GAITÁN, ALBERTO LLERAS CAMARGO, CARLOS LLERAS RESTREPO, RÓMULO BETANCUR, EDUARDO FREI, RADOMIRO TOMIC, SALVADOR ALLENDE, LUIS CARLOS GALÁN …
Lecturas iniciales
Para unas lecturas sobre el tema, me permito insinuar las siguientes: ARISTÓTELES, (1986). Política. Alianza Editorial. Madrid. pp. 41-66. ALMOND, GABRIEL y SYDNEY VERBA, (1963). The Civic Culture. Princeton. New Jersey, pp. 161-257. (1970). BACHELARD, GASTON, (1994). El derecho de soñar. FCE. Bogotá, pp. 189-194. BUNGE, MARIO, (1970). La ciencia, su método y su filosofía. Siglo XX. Buenos Aires. BUZZI, R. (1969). La teoría política de Antonio Gramsci. Fontanela. Barcelona, pp. 114-126; 148-190. CHAPARRO, FERNANDO, (1999). “De la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento”, en ¿Para dónde va Colombia? Tercer Mundo-Colciencias. Bogotá. pp. 252-258. DEUTCSH, K., (1969). Los nervios del gobierno. Paidós. Buenos Aires, pp. 188-204; 260-271. EBENSTEIN, WILLIAM, (1965). Los grandes pensadores políticos. Revista de Occidente. Madrid, pp. 339-417; 658-723. EASTON, DAVID, (1968). Política moderna. Letras, México, pp. 93-154. FERREIRO, EMILIA, (1999). Cultura escrita y educación. FCE. México, pp. 79-98; 191-205. GARAY, LUIS JORGE (coord.) (2002). Repensar a Colombia. Tercer Mundo. Bogotá, pp. 25-65; 131-177; 333-334. HOYOS, GUILLERMO, (2002). “Nuevas relaciones entre la universidad, el Estado y la sociedad”, en Educación Superior. Sociedad e Investigación. Colciencias-Ascun. Servigraphic. Bogotá. pp. 149-201. HUNTINGTON, SAMUEL, P. (1972). El orden político de las sociedades en cambio. Paidós. Buenos Aires, pp. 13-92. LEAL BUITRAGO, FRANCISCO, (2006). En la encrucijada. Norma. Bogotá, pp. 11-24; 513-544. MORIN, EDGAR, (2000). Siete saberes necesarios para la educación del futuro. MEN-Unesco. Bogotá. POPPER, KARL R., (1967). El desarrollo del conocimiento científico. Paidós. Buenos Aires, pp. 434-442. POULANTZAS, NICOS, (1970). Poder político y clases sociales en el estado capitalista. Siglo XXI México. pp. 33-60. Revistas: Análisis político moderno. Iepri-Universidad Nacional. 2000-2008. Revistas, Semana y Cambio, en el intervalo comprendido entre enero 2001 – diciembre 2008. ROA SUÁREZ, HERNANDO, (1998). Temas políticos contemporáneos. Esap Publicaciones, Bogotá. 25-35: pp. 123-167 _______, (2005). Construir Democracia. Universidad Pedagógica Nacional. Nomos S.A. Bogotá, pp. 19-35; 185-208. _____, (1979). La investigación científica en Colombia, hoy. Guadalupe. Bogotá. pp. 17-20. ____ y otros, (1998). La investigación en administración pública, hoy. Casos exitosos. Imprenta Nacional. Bogotá, pp. 21-27. ____, (2005). “El liderazgo del maestro y la construcción de la paz en Colombia”, en Revista Universitas, Nº 108, pp. 891-920.