El próximo año se conmemorarán veinte del asesinato de Luis Carlos Galán producido por una combinación (¿complot?) entre el narcotráfico, el paramilitarismo y sectores políticos corruptos (2).
Dialogando en días recientes con Gloria Pachón y sus hijos Juan Manuel, Claudio, y Carlos, uno de los denominadores comunes que encontramos, en torno a Luis Carlos, es que fue un educador político. Y es que, tratándose de un líder democrático y visionario como Galán, había que pensar en las futuras generaciones. Él era consciente de la incultura política existente en amplios espectros sociales colombianos y asumió su tarea con responsabilidad histórica.
Entonces, como una contribución al diálogo en torno a su pensamiento, me permito poner a consideración del lector las siguientes reflexiones socio-políticas de su autoría. Leámoslas cuidadosamente y notemos como no se trata de eslogans, sino de elaboraciones fundamentadas.
El agotamiento de antiguas concepciones y el surgimiento de una nueva sociedad. Agoniza una época en Colombia y con ella también las fórmulas políticas, sociales y económicas de la sociedad tradicional. A los ojos de toda la Nación es evidente que se agotan las antiguas concepciones institucionales. Está naciendo en Colombia una nue¬va sociedad, lo que supone una nueva manera de entender y hacer la política. La ago¬nía de una época histórica no es fácil para ningún pueblo y las incertidumbres sobre lo que debe nacer se multiplican en estos momentos. Por esa razón, en la transición entre la mentalidad que desaparece y la que empieza a surgir, estamos presenciando el dete¬rioro de la independencia nacional; la decadencia del espíritu democrático; la prolifera¬ción de la violencia política, económica y social; el establecimiento paulatino de un régimen autoritario; la concentración de los poderes económicos y políticos; la esteri¬lidad ideológica, la desinformación y la corrupción de los partidos; el crecimiento de la miseria, la desnutrición y el desempleo; la ruina del Estado y de las empresas descentra¬lizadas y paraestatales.
El control de la oligarquía política. La sociedad colombiana está dominada en este momento crucial por una verdadera oligarquía política que controla las corporaciones públicas y ha convertido la adminis¬tración del Estado en un botín que se reparte a pedazos después de cada elección. El pueblo colombiano, engañado muchas veces por sus dirigentes, oscila entre
los más rotundos contrastes, o se abandona al escepticismo o cree ingenuamente que puede superar su frustración entregándose a la primera opción demagógica que le promete la transformación inmediata y mágica de su dura realidad
La economía y el proceso de concentración del capital. La economía está sometida al más egoísta proceso de concentración de capital, incapaz de propiciar el desarrollo equilibrado de la industria, la agricultura y los demás sectores básicos de la produc¬ción. Las políticas de control de la inflación, como lo demuestran los balances de las instituciones financieras, se han basado en sacrificios crecientes para las clases medias y populares, para los trabajadores y los pequeños propietarios mientras los otros sectores de la sociedad y la economía han logrado escandalosas utilidades. En vez de ganar terreno para la democracia, en los últimos años Colombia ha sufrido creciente concentración del poder político, económico y social. La cultura nacional pierde día tras día su identidad y sus valores. La sociedad se degrada. Los asesinatos de magistrados y jueces se volvieron frecuentes. Hemos acumulado en pocos años las fallas de la socie¬dad tradicional y los defectos de la moderna sociedad de consumo.
La crisis del los partidos políticos tradicionales. Una grave crisis económica mundial nos ha sorprendido en una hora de decadencia de las instituciones y de mal comportamiento de los sectores que ejercen los poderes reales en el país. El liberalismo no ha sabido utilizar las mayorías y ha tolerado la influencia exagerada de la derecha y de los grupos privados más poderosos en el manejo de los intereses colectivos. El Partido Liberal está en una profunda crisis desde hace varios años, como fruto de la descomposición moral y la mentalidad oportunista de algunos de sus dirigentes. El conservatismo no sale de sus preocupaciones burocráticas y afronta una división tan profunda que al cabo de treinta años ya es preciso decir que se ha convertido en dos partidos distintos. Desde hace 24 años Colombia aceptó el Frente Nacional como remedio provisional de sus problemas institucionales; pero este sistema, que rescató a la Nación del sectarismo y de las formas antiguas de la violencia, ha tenido malos efectos residuales porque la droga política de la responsabilidad compartida nos volvió drogadictos y acabó con la dinámica de la confrontación auténticamente democrática entre mayorías y minorías.
En los últimos años el liberalismo dejó de ser el partido del pueblo para convertirse en el partido de Gobierno hasta considerar el poder como un fin en sí mismo. Nunca fue tan fuerte el Liberalismo como hace treinta años, cuando, en medio de las más difíciles circunstancias, perseguido por el Gobierno de entonces, demostró que gracias a su condición de intérprete y vocero auténtico de los intereses populares era invenci¬ble. Ahora la mayor parte de los líderes liberales no tiene otra fuerza política que la que emana de la burocracia, del presupuesto gubernamental y de la capacidad del Ejecuti¬vo para manipular los sistemas de información. El liberalismo avanza hacia un derrum¬be fatal y definitivo no por mérito de su adversario tradicional, que vive problemas iguales y peores que los que afectan el área liberal, sino por el desconcierto ideológico de un partido cuya identidad estuvo siempre en su capacidad creativa, en la pulcritud de sus dirigentes y en la sinceridad de sus luchas, características que hoy parecen perdi¬das y que el Nuevo Liberalismo busca rescatar en franca apelación al pueblo.
El Nuevo Liberalismo es una organización popular que presenta al país una visión global de sus problemas y que aspira a convertirse en muy poco tiempo en la fuerza mayoritaria de la política colombiana comprometida en un plan de trabajo que demandará por lo menos el esfuerzo de una generación.
Las cinco metas fundamentales. La nueva política capaz de diseñar y realizar una nueva sociedad para superar la encrucijada en que se halla Colombia, tiene para el Nuevo Liberalismo cinco metas fundamentales: la independencia nacional; la identidad cultural de Colombia y de sus grandes regiones; democracia orgánica; el nuevo concepto del Estado, y la estrategia, del crecimiento económico y la igualdad social. Invitamos a los colombianos a afianzar y "defender nuestra soberanía en los términos de nuestra época; a establecer una democracia orgánica para darle expresión plena a la conciencia nacional derivada de nuestra identidad cultural. Unidos por esos principios fundamentales, proponemos rescatar a Colombia de su atraso económico y de sus desequilibrios sociales para que pueda cumplir un papel importante y decoroso en el mundo contemporáneo.
Todo nuestro ideal político se resume en el objetivo de construir, a partir de ahora y en el curso de los próximos veinte años, la nueva Colombia que actuará con dignidad y eficacia en América Latina y en el mundo, dentro de las condiciones económicas, sociales y políticas del siglo XXI.
Colombia carece de una verdadera política exterior. Carecemos de una verdadera política exterior cuyos principios fundamentales hayan sido conocidos y debatidos por la Nación. La política exterior se reduce al manejo de los problemas fronterizos. Generalmente con resultados controvertibles. Los gobiernos dirigen estos temas sin pensar en los senti¬mientos nacionales. La Cancillería que mal o bien trataba de asesorar al Jefe del Estado en las diversas materias a su cargo, se convirtió en otro escenario burocrático apto apenas para manipular electorados, traficar con la solidaridad de los congresistas y últimamente improvisar viajes presidenciales.
La Cancillería carece hoy de información abundante y calificada y no cuenta con los recursos indispensables para una verdadera profesionalización de sus principales funcionarios. En sus dependencias casi no pien¬san en otra cosa que en los privilegios de la actividad diplomática, pero sus miembros no se sienten comprometidos con una verdadera política exterior. Los demás organis¬mos relacionados con la política económica internacional del país andan a la deriva, por eso esta política
presenta tantos vacíos e improvisaciones como veremos posteriormente
Colombia no ha resuelto su independencia Nacional. La independencia nacional es un problema todavía no resuelto por Colombia y que tiende a empeorar debido a los nuevos factores de poder mundial de orden financiero y tecnológico. La administración de nuestros grandes recursos naturales no renovables se está haciendo sin tener en cuenta las duras lecciones del petróleo y por eso se nego¬cian los grandes intereses nacionales en forma precipitada e injusta para las actuales y las futuras generaciones como ha sucedido con el carbón. El solo examen de nuestras importaciones revela el grado de dependencia en que nos hallamos por la compra de energía, productos agrícolas y materias primas siderúrgicas, en todo lo cual Colombia puede ser autosuficiente, si el país es adecuadamente dirigido y se saben aprovechar sus recursos naturales.
El nuevo camino es la multiplicación de las asociaciones de tipo regional. Nuestro país no puede ser apenas otro instrumento de la estrategia internacional impuesta por las grandes potencias ni el escenario directo o indirecto de sus rivalida¬des. El Nuevo Liberalismo cree indispensable que la política exterior del país se dirija a colaborar en la construcción de un nuevo sistema de relaciones internacionales que supere Ia perspectiva bipolar (USA y URSS) del planeta, impuesta al mundo desde la postguerra, sin que ello signifique sustituirla por conceptos tripolares (con Europa) o tetrapolares (con Europa y China). El nuevo camino es la multiplicación de las asocia¬ciones de tipo regional y por eso el Nuevo Liberalismo considera que la unificación de América Latina o al menos su coordinación regional, es objetivo imprescindible para la defensa del papel de esta zona del mundo a la que pertenece Colombia en un sistema de relaciones internacionales abierto y pluralista. Tal unificación es utópica mientras subsista el aislamiento físico y cultural entre los pueblos latinoamericanos y países como Venezuela, Ecuador y los demás fronterizos resulten desconocidos para la mayoría de los colombianos. La integración para nosotros debe comenzar por factores culturales que hasta el presente han resultado secundarios para quienes solo la entienden como un proceso arancelario o un proyecto exclusivamente económico.
El mundo actual no permite la acción unilateral aislada. Se impone cada vez más una exigencia de conexión, de acciones conjuntas. El concepto de soberanía nacional en términos de autogestión exclusivamente, debe ceder el paso a un concepto más amplio que dé como resultado la armonización en el ejercicio de estas mismas sobera¬nías. Es decir, del antiguo concepto basado casi exclusivamente en un poder efectivo independiente sobre los territorios (soberanía territorial) se debe pasar a un nuevo concepto de soberanía basado en la responsabilidad que cada Estado tiene de propor¬cionar los medios necesarios para el desarrollo íntegro de sus nacionales. Colombia no tiene todavía una estrategia clara y eficaz para defender su integridad territorial en una zona considerable del Caribe frente a los diversos factores internacionales que conspi¬ran contra el derecho de Colombia. Nuestro país está aislado y su influencia diplomática decae en forma alarmante por culpa de la improvisación. Dentro de este contexto resulta especialmente delicado que no naya una política para el mar, a pesar de nuestros extensos dominios en dos océanos. Las condiciones de la Armada Nacional se siguen deteriorando en forma acelerada. La política de fronteras se ha quedado en la retórica oficial.
Una política exterior que defienda la soberanía de Colombia, en esta época, supone, sobre todo, cuidadosa atención en el manejo de los importantes recursos de carbón, roca fosfórica, níquel y uranio que el país explotará en el curso de los próximos años. Este patrimonio nacional no se puede dilapidar ni puede ser negociado a espadas del país. El Nuevo Liberalismo propone al pueblo colombiano que se inicie una movilización nacional para promover la revisión de los contratos relacionados con todos estos minerales y los hidrocarburos con el fin de asegurar las necesidades de la demanda interna y para establecer controles eficaces a los volúmenes futuros de producción.
Proponemos, asimismo, elevar las regalías que obtenga el país e incrementarlas en forma proporcional a los aumentos en los volúmenes de explotación de estos recursos no renovables.
Es urgente un estatuto de la inversión extranjera. Es urgente la elaboración de un estatuto de la inversión extranjera con el fin de proteger los intereses nacionales en la nueva dimensión económica creada por las em¬presas transnacionales. El poder tecnológico, la capacidad financiera y los sistemas administrativos de estas empresas son necesarios para la organización de una economía moderna, pero pueden condicionar en tal forma la vida de un país que sus recursos humanos y materiales terminen sometidos a la explotación extranjera dentro de injustas condiciones de opresión y dependencia.
Colombia debe definir políticas nacionales serias tendientes a obtener el control efectivo de sus propios recursos naturales y a estimular y determinar el poder de nego¬ciación que ello le proporciona a nuestro Estado. Como ya lo señalamos, los contratos sobre hidrocarburos y minería deben ser revisados y lo mismo debe ocurrir con el contrato suscrito por entidades paraestatales como la Renault, ahora que ha llegado al poder el partido socialista en Francia, el cual ofreció durante muchos años que al conquistar el Gobierno aplicaría un nuevo espíritu en las relaciones con los países del Tercer Mundo. En fin, todas las negociaciones con empresas transnacionales deben ser objeto de una estrategia gubernamental que garantice la justicia y conveniencia de los compromisos que adquiera nuestro Estado.
Hay que modificar tanto el orden interno como el internacional. Existe ahora una estrecha relación entre las exigencias de reforma interna y los reclamos por un cambio en el sistema de relaciones internacionales. Ninguna de las dos exigencias se impone como prioritaria a la otra. Es preciso modificar tanto el orden interno del país como el internacional si queremos llegar a una verdadera solución de los problemas de una nación como la nuestra. Si la estrategia de desarrollo interno favorece tan solo a una élite de privilegiados, las demandas legítimas de cambio en las estructuras internacionales no surtirán algún efecto que no fuese quizás el de favorecer a su vez tales élites. Al contrario, sin una nueva organización del mundo resultarían vanos los esfuerzos de reforma de los órdenes económico, social y político internos. El Nuevo Liberalismo considera que la dirección moderna y eficaz del país demanda esa doble perspectiva: una política de organización interna de la sociedad, en búsqueda del crecimiento económico y la igual¬dad social y una política de lucha por el cambio en el sistema de relaciones internacio¬nales que predomina en el planeta para corregir las crecientes distancias entre países opulentos y países atrasados.
Pensemos finalmente: ¿Cuántos de estos análisis y propuestas están vigentes? ¿Cómo organizarse para retomar y hacer eficiente el pensamiento galanista? Cuando nos aprestamos a celebrar los doscientos años del Grito de Independencia ¿qué nos dicen, con precisión, los enfoques galanistas al respecto?
1. Estas primeras 10 reflexiones fueron extractadas del Documento: “Nuevo Liberalismo para una Colombia Nueva” en: Galán un proyecto político por continuar. Cámara de Representantes, Imprenta Nacional Bogotá. P.p. 13-18.
2. Véase Alonso Salazar. Profeta en el desierto. Vida y muerte de Luis Carlos Galán. Planeta colombiana. Bogotá. p.p. 141-186