Cada vez que necesito información precisa y bien escrita sobre los interminables laberintos del vino recurro a las palabras y los conceptos del escritor catalán Mauricio Wiesenthal, uno de los autores especializados más prolíficos y preparados en lengua española. Y alemana. Y francesa. E inglesa. Ha escrito numerosas obras sobre el tema, pero la más completa siempre será su enciclopédico Gran Diccionario del Vino (Edhasa 2011), que se extiende a lo largo de 1.024 páginas, donde el lector aprende, se sorprende y absuelve, una tras otra, múltiples inquietudes sobre el inmenso vocabulario asociado a una bebida que, en esencia, no es más que un jugo fermentado de uva. De entre tantas formas utilizadas por aficionados y técnicos, a mí particularmente me atrae aquella que recurre, en palabras de Wiesenthal, a imágenes plásticas y morfológicas: redondo (cuando está equilibrado), plano (sin acidez), picado (avinagrado), anguloso (ácido y astringente), voluminoso (amplio en boca) o bien estructurado (es decir, elegante, apoyado en una noble astringencia y una fina acidez frutal). Todo esto se deriva de apreciaciones captadas por la boca; apreciaciones táctiles, térmicas, químicas, gustativas y aromáticas, que, a su vez, se inspiran en algo todavía más elemental: los cuatro sabores básicos, es decir, amargo, dulce, ácido y salado, complementados con los efectos del alcohol y los taninos. Así, cuando pensamos en definir de forma amable la acidez, Wiesenthal nos pone frente a términos como tierno, fresco, nervioso, refrescante, vivo y vigoroso. Pero si nos impacta negativamente, nos obliga a echar mano de palabras como blando, alcalino, duro, picante, verde o delgado. Lo mismo puede decirse del dulzor. Cuando su percepción agrada, es aterciopelado, goloso, cremoso, graso, dulce, suave, maduro, meloso, untuoso. Pero si lo castigamos, se nos convierte en edulcorado, almibarado, blando, insulso o pesado. Para el amargor recurre a recuerdos vegetales como la salvia, la almendra, la chicoria o la endibia, mientras que la definición peyorativa no se anda con rodeos: áspero o duro. La salinidad cobra, por el lado bueno, manifestaciones como fresco, alcalino, marino o mineral, mientras que por el lado malo lo asemejan al efecto de un detergente. La fuerza alcohólica lo hace potente, generoso, vinoso, caliente o con cuerpo, y, por el otro, alcohólico, vinoso y fogoso. Lo tánico, desde lo amable, se torna estructurado, de grano fino, sedoso, maduro, sabroso. Su cara B lo castiga como débil, sin estructura y rasposo. Sé que, para la mayoría, un vino simplemente es rico o desagradable, y eso está bien. Pero Wiesenthal, sin perder de vista el disfrute, pone al cerebro en máxima alerta para ir más allá de esas dos sencillas y directas sensaciones.