La fiebre del rosado sigue en efervescencia, lo mismo que la oferta de estilos e intensidades de color.
Como es de suponer, toda esta variedad de opciones confunde al momento de elegir el vino ideal para una ocasión determinada. Conviene repasar, entonces, los estilos básicos para saber cómo y cuándo comprarlo en la tienda u ordenarlo en el restaurante. Pero antes, un poco de historia. Si queremos imaginarnos qué bebían los antiguos con sus comidas y en sus festines, pensemos en el rosado. En los albores de la civilización, las técnicas enológicas eran escasas y sencillas. Se extraía el jugo de uva mediante una leve presión de los granos y luego se procedía a la fermentación. Si las uvas utilizadas eran tintas, el jugo se teñía levemente dando como resultado un color rosáceo. El vino resultante era suave y grato. Con el avance de las técnicas de elaboración –para lograr una mayor extracción de color, aromas y sabores–, los tintos dejaron de ser ligeros y rosáceos y se fueron haciendo más densos, oscuros y pesados, hasta llegar a lo que hoy conocemos. Pero ese nivel de complejidad produce sensaciones astringentes en el paladar, que muchos no toleran. Entonces, desde muy temprano, se estableció que los vinos livianos –como los rosados– resultaban más fáciles de tomar, y, en consecuencia, más atractivos y seductores. Con los siglos, se fueron estableciendo zonas del mundo más diestras en la elaboración de rosados de calidad, como la región de la Provenza, en el sur de Francia. Las técnicas empleadas se extendieron rápidamente a otras naciones vitivinícolas del Viejo Continente, como Alemania, España, Italia, y Portugal. Igual lo hicieron Argentina, Australia, Estados Unidos y Chile, en el Nuevo Mundo. En términos de color, los rosados van desde muy tenues hasta altamente tinturados (o sea, de piel de cebolla a zumo de cereza). En materia de aromas, estos vinos oscilan entre cerezas maduras , fresas y frambuesas, por un lado, y pomelo y pimienta blanca, por otro. En la escala de sabores los tenemos desde suaves y abocados, hasta secos, ácidos y algo astringentes. Mucho depende del tiempo del tiempo de contacto del líquido con las pieles tintas, y del tipo de uva utilizado: los rosados de Pinot Noir, por ejemplo, son claros y suaves, mientras que los de Cabernet Sauvignon, Syrah y Malbec, son más oscuros e intensos. Por lo general, un rosado puede producirse de tres maneras distintas: una, mediante el contacto del jugo con las pieles de la uva; otra, como resultado del proceso de sangrado, es decir, la extracción temprana de líquidos en la elaboración de tintos; una tercera, por intermedio de la técnica de clarificación de un vino tinto mediante filtros de carbono, y una cuarta, mezclando un tinto con un blanco. El primer procedimiento es el más utilizado. De igual forma, los vinos rosados se presentan en estilos que van de tranquilos –sin burbujas– a espumosos. Los tres estilos más comunes son el abocado, el frutado y los más corpulentos y secos.El más abocado se distingue por su suavidad en el paladar y su facilidad de consumo. Aunque no es precisamente un vino gastronómico, armoniza bien con comidas picantes y especiadas. Los segundos, notoriamente más frutados y con un bien logrado equilibrio entre acidez y dulzor, combinan con una mayor variedad de comidas, como pollo al horno, pastas, lasañas y pizzas. Los terceros se distinguen por un cuerpo más estructurado y un perfil más ácido y seco. A pesar de que siguen siendo refrescantes, lucen mejor a la hora de acompañar pescados grasos como salmón y atún, lo mismo que quesos cremosos. Ante la duda, consulte a un vendedor especializado, un sommelier o un mesero experimentado para quedar satisfecho.