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El viñatero del cine

04 de junio de 2011 - 08:00 p. m.

El famoso director ha invertido millones de dólares para hacerse conocer y respetar como hacedor de vinos.

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La historia del director de cine estadounidense Francis Ford Coppola en el mundo del vino no es la única de un personaje del celuloide o de la música que ha decidido incursionar en la difícil y paciente labor de trabajar los viñedos y luego encerrar su líquido en una botella. Durante años, nombres como los de Madonna, Joan Manuel Serrat o Sting –entre muchos otros– han estado ligados a la producción de vino en Europa y Estados Unidos. Sin embargo, son pocos los ejemplos de entrega total, entre ellos los de Coppola y los del actor francés Gérard Depardieu, quienes buscan ser más conocidos por lo que hacen en sus segundas vidas que por los oficios que los consagraron. Depardieu, por ejemplo, cambió en su pasaporte el renglón de “profesión” por el de viñatero.

El famoso director de El Padrino y Apocalypse Now ha invertido varios millones de dólares para hacerse conocer y respetar como hacedor de vinos. Como muchos, Coppola se ha equivocado. Uno de sus mayores errores fue creer que poniendo su apellido en las etiquetas era suficiente para alcanzar el éxito. Coppola no niega que el uso de su nombre le ayudó a despegar. Pero con el tiempo –más 36 años– se dio cuenta de que lo más valioso en el mundo del vino es la tradición y no la fama de su artífice, y por eso ahora ha resuelto poner el ‘Coppola’ en un segundo plano, especialmente en sus vinos más reconocidos.

El recorrido de Coppola por el mundo del vino tiene varios capítulos. Quizás el más decisivo es el de haber comenzado a beber de la copa de su padre un modesto vino tinto que éste último hacía en casa. Y desde esa temprana edad, la bebida lo marcó.

Aunque Coppola inició su carrera del cine siendo muy joven –fracasando en muchos proyectos de corte artístico y experimental–, su nombre comenzó a hacer historia en 1972, con el lanzamiento de la película El Padrino, que ni él mismo quería hacer. En su momento, dijo: “yo prefiero el arte cinematográfico y no este tipo de basura”. Pero con un arsenal de deudas sobre sus espaldas, Coppola, de 31 años, optó por recrear una historia épica (basada en la novela del escritor ítalo-estadounidense Mario Puzo), dentro de un formato de “vil” entretenimiento. La obra obtuvo tres estatuillas del Óscar de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas: mejor película, mejor actor (Marlon Brando) y mejor adaptación. La trama es una exploración psicológica de la violencia, el poder, el honor, la corrupción, la justicia y la delincuencia en Estados Unidos.

Dos años más tarde, en 1974, Coppola lanzó una segunda parte de El Padrino, aún más impactante. No pocos críticos dicen que superó en impacto y calidad a la primera. Esta versión se alzó con seis estatuillas del Óscar, entre ellas –por segunda vez consecutiva– la de mejor película y mejor actor de reparto (Robert De Niro). Estas dos interpretaciones de El Padrino figuran entre las mejores obras cinematográficas de todos los tiempos.

Gracias a su éxito profesional y económico como director, Coppola decidió salir a buscar una casita de campo en las afueras de San Francisco para descansar, leer, escribir y hacer un vino casero (como el de su padre). Pero muy pronto, el pequeño proyecto se creció, abriendo un nuevo capítulo en su vida. En lugar de comprar una cabaña, Coppola adquirió, en el vecino Valle de Napa, una de las casas más emblemáticas de la vitivinicultura californiana. Se trataba de un antiguo viñedo de 631 hectáreas, en el distrito de Rutherford, que  perteneció a la legendaria propiedad de Inglenook. Dentro del precio –alrededor de dos millones de dólares, según Coppola– estaba incluida una casa del siglo XIX, propiedad de Gustave Niebaum, dueño original del terreno.

Su tentación de pasar a la historia en el pequeño cuadrado de una etiqueta de vino, Coppola rebautizó la propiedad con el nombre de Niebaum-Coppola, bajo la sombrilla de Rubicon Estate. Además, muchos de sus vinos comenzaron a llevar su apellido. En su mayoría son vinos ligeros, fáciles de tomar.

Pero a lo largo de las últimas tres décadas, algunos de sus mejores ejemplares (como el Niebaum-Coppola Rubicon Rutherford) han obtenido hasta 94 puntos en el escalafón de la revista Wine Spectator.

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Consciente de la calidad de la uva procedente de Inglenook, y del impacto creado por las históricas añadas de ese viñedo, Coppola se convenció de que, para ser respetado entre los más exigentes viñateros de Napa, era imprescindible moderar su orgullo y volver a las raíces.

El pasado 13 de abril, el director cinematográfico hizo dos anuncios trascendentales: primero, que, después de muchos intentos, adquirió finalmente el nombre original de Inglenook, que era controlado por la compañía The Wine Group; y segundo, que su nuevo winemaker (el primero, Scott Macleod, se jubiló) será Philippe Bascaules, hasta hace poco enólogo jefe de Château Margaux, uno de los templos vitivinícolas más importantes de Burdeos.

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Es la movida más agresiva de Coppola en su experiencia como viñatero californiano. Confesó que ha esperado pacientemente para reconstruir la imagen de Inglenook: “mi meta es restaurar el prestigio y la grandeza de esta bodega, que ha sido uno de los tesoros vitivinícolas más importantes de Estados Unidos. Quiero hacer, en ella, el mejor vino mi país”.

Nota: Los vinos de Francis Ford Coppola está en proceso de registro en Colombia. Su importador sería JE Rueda y Compañía.

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La aventura argentina

Argentina ha ejercido sobre el director de cine estadounidense Francis Ford Coppola un profundo hechizo intelectual y sensorial. Vivió en Buenos Aires por espacio de un año, durante el rodaje de la película Tetro, que ha recibido una mezcla de tomates y aplausos por parte del periodismo especializado. Tetro es la historia de un reencuentro familiar entre los miembros de un clan de origen italiano. La trama se desarrolla en el popular barrio La Boca, sede, a su vez, del famoso equipo porteño. La película fue rodada en blanco y negro, con algunos toques de color. Durante su estancia en la capital argentina, Coppola conoció la gastronomía y los vinos del país austral. En la medida en que los fue descubriendo, se interesó en sus orígenes y viajó a Mendoza. En los últimos años algunos de sus asesores enológicos han estado inspeccionando terrenos en la zona del Valle de Uco, considerada hoy una de las áreas más destacadas para producir vinos de calidad suprema. Su intención es montar una bodega en la zona.

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