Con tanto trumpfalismo inaugural, ha quedado casi inédita la catástrofe sufrida por Chile en los últimos días, a raíz de los más de 122 incendios forestales que han arrasado más de 238.000 hectáreas de vegetación, incluidos árboles centenarios, nuevos bosques, plantaciones de diverso tipo, asentamientos, y valiosos e históricos viñedos. Según las autoridades chilenas, es “el peor desastre” de su tipo en la historia del país.
La vid ha estado en el ojo del fuego desde tiempos remotos. Uno de los más dramáticos episodios fue la erupción del volcán Vesubio, en el año 79, que sepultó ciudades como Pompeya y Herculano, y sus viñedos circundantes. En 1944, una nueva explosión acabó con la vecina población de San Sebastiano.
La razón de plantar viñedos a los pies de volcanes activos e inactivos es que los suelos de los alrededores son ricos en nutrientes y, por ende, generan vinos de gran estructura aromática y gustativa. Únicos, diría yo.
De su parte, la amenaza de los incendios forestales ha sido frecuente en California, Francia y Sudáfrica, donde valiosos viñedos también han quedado convertidos en cenizas.
Pero lo que acaba de ocurrir en Chile es muy delicado, con secuelas que repercutirán por décadas en la producción de algunas de las más innovadoras viñas chilenas, especialmente las de menor tamaño, que, en los últimos años, han sido objeto de atención internacional. Se habla de más de 100 empresas damnificadas en las regiones y distritos de Maule, Pirque (cerca de Santiago), Colchagua, Paredones, Pumanque, Vichuquén, Cauquenes y Bio Bio. Aunque Pirque y Colchagua han sido las menos devastadas, atesoran algunas de las más reconocidas marcas australes.
Lo peor de todo es que decenas de bodegas afectadas por el fuego estaban superando la crisis generada por el trágico terremoto de 2010, que echó por tierra centenarias construcciones y tumbó plantas de elaboración y depósitos de vino.
Eso sí, algo rescatable que dejó el sismo fue el desarrollo de una nueva visión, enfocada en el redescubrimiento de variedades de uva que, si bien estaban presentes en Chile, habían cedido terreno a las más tradicionales y comerciales Cabernet Sauvignon, Merlot, Carménère y Chardonnay.
Esta ruptura de paradigmas dio como resultado una serie de impresionantes vinos hechos con olvidados cepajes, como la criolla País (de origen español, pero domesticada localmente), así como las francesas Cinsault, Carignan, Petit Verdot y Cabernet Franc, lo mismo que las alemanas y/o alsacianas Muscat, Riesling y Gewürztraminer.
En cuanto a los recientes incendios, el impacto más dramático es la aniquilación de parras centenarias, que habían sido rescatadas por jóvenes viñateros resueltos a elaborar vinos con mayor identidad. Venían cultivando sus parcelas —como lo habían hecho sus antecesores— bajo el sistema de secano —o dry farming—, que permite cultivar y cosechar sin irrigación. Este ejercicio es loable porque adapta la vid al cambio climático.
Sin duda, Chile se levantará de las cenizas y volverá a relucir, pero a un costo insospechado. Mi solidaridad.
Posdata: Un incendio de otro tipo es el que se cierne sobre los importadores de vinos colombianos. La nueva ley de licores —inconsulta, irreflexiva, improvisada e insensible— los tiene arrinconados ante el inmenso costo (en tiempo y dinero) que acarrea su aplicación. Y los enredos burocráticos de la norma tampoco tienen fin (con el DANE a la cabeza). Temen una reducción notoria del consumo y un aumento del contrabando. Como siempre, al estilo de nuestros gobernantes, “ahí les dejo ese problemita para que ustedes lo resuelvan”.