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En polvo (o barro) nos convertiremos…

08 de marzo de 2014 - 10:46 a. m.

La frase bíblica de que “polvo somos y en polvo nos convertiremos” toca lo más profundo de nuestra esencia, porque eso es justamente lo que seremos después de nuestra hora final. Así de simple: volveremos a la tierra y en ella nos dispersaremos como polvo y barro.

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En el pasado, el vino también tuvo mucho polvo a su alrededor (o barro, para ser más exactos). Este material, brotado del suelo, permitió moldear elementales recipientes para fermentar y conservar la bebida en aquellos tiempos. El barro era algo que estaba a la mano y que supimos aprovechar, no sólo para el vino, sino para muchos otros utensilios, incluidas las urnas donde metían nuestros huesos, que luego se transformaban en ceniza.

Egipcios, griegos y romanos encontraron en el barro un aliado natural y durante siglos el vino se elaboró, almacenó y sirvió en ánforas y copas de barro o arcilla. Después, los romanos inventaron los recipientes de roble, llamados toneles o barricas, que hoy valoramos tanto.

Posteriormente, la modernidad nos llevó a explorar otros materiales como el hormigón y últimamente el acero inoxidable. Tanto, que hoy las bodegas de mayores volúmenes de producción se declaran incapaces de operar sin estos implementos. Para muchas de ellas, la industrialización es la clave de su subsistencia.

En su intento por apartarse de los efectos de la estandarización en masa, un grupo de enólogos aventureros han vuelto sus ojos a las vasijas de barro para hacer sus vinos. Son producciones limitadas, pero la fiebre se está extendiendo de Europa a Norteamérica y de Norteamérica al hemisferio austral.

En Chile, el enólogo Marcelo Retamal e, incluso, al periodista Patricio Tapia, se han lanzado a la elaboración de vinos en tinajas, con poca o ninguna intervención humana. Y en Argentina, figuras jóvenes como Matías Michelini están siguiendo el mismo camino.

Lo que parecía ser una serie de casos aislados, se está convirtiendo en una práctica creciente, con un número asegurado de fieles adeptos.

Para empezar, ya no es necesario ponerse a buscar tinajas como aguja en un pajar. Ahora existen, tanto en Europa como en Estados Unidos, talleres artesanales donde las hacen por pedido.

Incluso, las entregan con el interior áspero o vitrificado, dependiendo del efecto que se quiera lograr en el vino. Algunos artesanos ofrecen, además, tapas de barro cocido que se sellan con cera de abeja, como en la antigüedad.

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El comentario de quienes han utilizado las renovadas vasijas es que el material les imparte a los vinos una paleta de aromas y sabores únicos, con una textura muy diferente a la obtenida en recipientes de madera o tanques de acero inoxidable. Eso, de por sí, es un aporte adicional muy importante, porque enaltece la experiencia de quienes buscan vinos que reflejen tanto las propiedades de la cepa como los aportes del suelo y el clima que los ve nacer.

Algunos de los experimentadores han descubierto que si emplean vasijas con el interior poroso consiguen efectos similares a los vinos procedentes de ancestrales denominaciones de origen europeas. Por ejemplo, algunos Syrah californianos hechos en ánforas transmiten, además de sensaciones frutadas, un interesante toque a granito mojado, propio de los vinos de la zona norte del Valle del Ródano (cuna de la cepa), donde es muy notorio el toque mineral.

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Lo que ocurre con las vasijas de barro es que los vinos insinúan impresiones más rústicas y minerales, como ocurre con muchos de los vinos producidos en los remotos suelos del Viejo Mundo. En América, los componentes terrosos son mucho más recientes y pobres y, por lo tanto, menos complejos (arcilla y arena, en la mayoría de los casos), con una baja o nula cantidad de nutrientes minerales.

Debo decir que en Chile y Argentina los vinos de Retamal, Tapia y Michelini también exhiben ese trasfondo rústico y milenario, muy distinto al que se percibe con los vinos producidos por las bodegas industriales.

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El único inconveniente es que cada vasija de barro, hecha por pedido, puede llegar a costar entre 2.000 y 2.500 dólares, es decir, tres veces más que una barrica de madera de calidad suprema. Pero el resultado bien vale el esfuerzo. Bueno: antes de que todo a nuestra alrededor termine siendo polvo y barro nuevamente.
 

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