Hay días del vino en que las cargas emotivas galopan como caballos desbocados por la llanura. Y eso fue precisamente lo que me ocurrió esta semana.
Todo comenzó con un almuerzo de despedida de fin de año con dos amigos muy cercanos: Rodrigo López y Hernán Valdivieso.
Nos esperaba un menú bastante carnívoro, con cortes bien maduros, en una de las sucursales de La Bifería.
Además de ponernos al día con nuestras noticias, terminamos, obviamente, hablando de vinos.
Hernán aprovechó para contarnos que, durante el fin de semana anterior, se había dedicado a organizar su cava de 90 botellas. Encendió su iPhone, abrió la aplicación de Vivino y empezó a mostrarnos imágenes de las pequeñas joyas de su corona.
Sin duda, figuraban ejemplares bien calificados y archiconocidos, pero había también otros cuyos nombres no eran familiares.
Justo cuando comenzamos a almorzar, nos comentó que uno de sus sitios favoritos para comprar vinos es la tienda del Corte Inglés, en Madrid, sobre la calle Serrano. Allí, el dependiente siempre le recomienda lo mejor de la producción española, unas veces a precios sensatos y otras, no.
Dentro del rango de los 40 euros le habló de un vino que el mismo dependiente despacha regularmente a los almuerzos de trabajo del presidente de la cadena: el CVNE Imperial Gran Reserva, de la Rioja.
“Un momento”, acotó Rodrigo. ¿El CVNE Imperial Gran Reserva? ¿No tendrá usted la cosecha de 2004? Déjeme ver la fotografía”.
En efecto, era el CVNE al que hacía referencia Rodrigo. “Pues alégrese”, le dijo a Hernán. “Tiene usted una botella del vino que acaba de ocupar el primer lugar entre los 100 mejores del mundo, según la revista estadounidense ‘Wine Spectator’”.
Como una sola botella no cambia mucho el patrimonio económico de una cava, le sugerimos que nos la tomáramos al terminar la comida. Y Hernán consintió.
Hicimos como tocaba. Pusimos el vino en temperatura, lo aireamos en un decantador, lo servimos en copas de cristal adecuadas y lo disfrutamos sorbo a sorbo, concluyendo que no era el bisonte que iba a arrasar nuestro paladar, sino muy al contrario: se le sentía casi tímido al comienzo, pero equilibrado y elegante con el paso de los minutos, con sugerencias a ciruela, tabaco y regaliz. Y como reza la conclusión del panel de cata del ‘Wine Spectator’, “le queda una larga vida por delante, hasta 2024”.
Ya no queda mucho por ahí suelto, pues solamente se envasaron 48.000 botellas. ¿Su precio? US$63 ($122 mil). Obviamente que éste aumentará con el paso del tiempo, y lo hará de forma casi exponencial, a medida que merme la disponibilidad.
La experiencia de esa tarde nos mostró varias cosas. Una, que un vino elegido como el mejor de su clase en el mundo no necesita costar millones de pesos; otra, que demasiada complejidad y contundencia no siempre son la clave del éxito, y, finalmente, que Colombia ya ha desarrollado suficiente interés en el vino como para que surjan de nuestras cavas etiquetas que los conocedores del mundo tienen permanentemente a su disposición.
Antes de despedirnos esa tarde, convinimos reunirnos de nuevo y sacar de nuestras estanterías aquellas joyas que sólo están guardando polvo.