A través de las bebidas que toma la gente se evidencian rasgos de la personalidad y del estado de ánimo.
Constantemente estamos enviando señales sobre cómo queremos que otros nos perciban. Aquellos elementos que nos definen —corte de pelo, indumentaria, tipo de bolígrafo, reloj, gargantilla, anillo o pulsera— revelan algo categórico de nuestro fuero interno, que otros descifran como si fuéramos un libro abierto.
En su reciente y entretenido manual El hombre en el espejo, la experta y crítica Pilar Castaño dice que, a través de sus prendas, las personas muestran “su estado de ánimo, su oficio, sus preferencias”. La informalidad unisex, por ejemplo, se manifiesta a través de blue jeans, camisas arrugadas, zapatos desamarrados, mochilas y pelos alborotados; la elegancia masculina, en cambio, encuentra su mejor expresión en la ropa de paño, lino o pana, con complementos tales como corbatas, abrigos, suéteres de cashmere o chaquetas tweed.
Cuando salimos a almorzar o a cenar, nos aseguramos (siempre) de ir, por lo menos, limpios y presentables. No concebimos (ni nos conviene) estar fuera de tono, y menos en presencia de alguien que nos importa. Lo mismo sucede con las bebidas que elegimos. ¿Qué dice de nosotros un vino, un whisky, un vodka o una cerveza? Imaginemos, por un momento, una cita de negocios con un buen cliente en potencia. A través de la mesura y el buen juicio ganamos respeto y confianza. Por el contrario, la pérdida de los estribos envía una señal de descontrol y extravagancia, que nos haría más mal que bien.
Justo en este momento recuerdo haber leído un excelente artículo escrito por McKenzie Weiby, un original escritor especializado en temas poco comunes, quien, apoyado en reveladores testimonios, estableció una serie de curiosos parámetros que, por un lado, reflejan ángulos reveladores de nuestro estado mental y fuero social y cultural y, por otro, envían señales de advertencia en torno a aquellas cosas que debemos evitar.
Entre las selecciones vedadas están aquellos bebedizos que imitan una ensalada de frutas, con helado incluido. Estos brebajes favorecen el perfil de un universitario, pero aniquilan la imagen de un hombre hecho y derecho. Éste, por lo general, aprecia las bebidas de gran calado y tradición y pocas veces se sale de esos límites.
Hay excepciones, por supuesto. Un connotado ejecutivo no ordena un margarita en su club social o frente a sus compañeros de golf. Pero sí puede elegirlo (y no se le vería fuera de contexto) en un restaurante mexicano, al son de unas fajitas o unos chiles con carne. Ahora bien: sí quisiera mantener su estilo, podría elegir un tequila reposado, 100% de agave azul.
El whisky, por otro lado, suele identificar a bebedores más experimentados, que disfrutan de la bebida escocesa en cualquier momento y lugar. Son personas de temperamento conservador y reservado. Quizás al contrario de lo señalado por Weiby, en el sentido de que el bebedor consuetudinario de whisky sufre de sobrepeso, conozco buenos entusiastas del elixir escocés que presentan una contextura fina y reposada.
Entre los bebedores serios y seguros de sí mismos figuran los idólatras del dry Martini. Debido a su altísima potencial alcohólico, el dry Martini exige gran control y experiencia. Es la bebida predilecta de quienes le huyen al dulzor hostigante de algunos cocteles rebuscados. Prefieren las sensaciones intensas y secantes de aquellos dos ingredientes básicos del buen Martini: vodka o ginebra.
Y hablando de componentes dulzones, ¿cuál es el perfil del amante del Cuba Libre? Para Weiby, el ron con cola suele asociarse a personas poco aventureras, que se sienten seguras con un brebaje azucarado e insustancial. Sin embargo, un Cuba Libre bien preparado calma la sed física y hasta espiritual. Claro está que los buenos bebedores de ron (puro, sin duda) se ubican en el rango de los sibaritas y bohemios, para quienes el son cubano y el bolero son otros dos ingredientes esenciales.
En el campo de la cerveza, el espectro se mueve desde las insípidas versiones light (de moda entre muchos seres desconfiados y prevenidos), hasta las artesanales. Igual que en los vinos, las cervezas ligeras reflejan un carácter suave y poco definido, mientras que los seguidores de las cervezas de mayor complejidad tienden a ser más exigentes y aventureros. En cuanto a ocasiones de consumo, la experiencia ha permitido establecer que un Bloody Mary se pide al mediodía y jamás en la noche, cuando es deseable un destilado blanco, ojalá con pocos mezcladores.
Así es que si quiere preservar su imagen (igual que lo hace con su ropa), manténgase atento a lo que bebe. Otros pueden estar mirando. Pero tampoco olvide que la sociedad tiende cada vez más a despojarse de ataduras. En el entorno actual, las reglas prevalecientes están perdiendo su vigencia. Tal vez lo único perenne es guardar la mesura para asegurar un mayor disfrute.