Discreto, amable, generoso, docto, enófilo consumado, gran ‘gourmand’ y reservado coleccionista, Fernando España Abadías ha decidido buscar orillas más tranquilas, dejando entre nosotros una copa vacía. Se ha ido en la paz del silencio y la mesura, dos condiciones propias de su nobleza humana.
Desde este espacio en El Espectador —que él conquistó y precedió con maestría y erudición entre finales de los noventa y principios del nuevo milenio— quiero rendirle tributo por haber sido localmente un notable precursor de un difícil género. Porque no es fácil estimular con la pluma lo que captan nuestros sentidos. Y, sin embargo, es a través de esta destreza que terminamos haciéndonos más receptivos a la maravillosa sensación de estar vivos. Y eso no es poca cosa.
En la columna “Vitrina Vinícola”, impulsada y favorecida por el exdirector Carlos Lleras de la Fuente, Fernando siempre nos transportó a los mismos confines de una botella, donde reside el secreto de su magia. Por fortuna, algunos de sus escritos seguirán acompañándonos, gracias a una excelente recopilación de sus artículos realizada por Editorial Norma bajo el título de ‘El vino: conózcalo y disfrútelo’.
Feliz de que hubiera tomado su posta, Fernando me acogió con generosidad y me convidó varias veces a compartir míticos vinos y whiskies de malta, dos cómplices líquidos cercanos a su corazón. Su colección de más de mil botellas no dejaba nada al azar, y tenía, además, la cualidad de incluir etiquetas menos ambiciosas, pero no inferiores a su condición de reflejar inequívocamente la naturaleza de un terruño. O sea: respeto por encima de todo.
Recuerdo, por ejemplo, el día en que me convidó a compartir una botella del ‘premier crus classée’ Château Mouton Rothschild, un favorito suyo, proveniente del Médoc bordelés. Bajamos al sótano de su edificio con una canastilla en la mano y subimos por el ascensor, en silencio, manteniendo el envase en posición horizontal. Asimismo, Fernando descorchó la botella para no agitar los sedimentos, y el vino, transparente y límpido, nos agradeció este trato y nunca dejó de recordarnos la grandeza de su origen.
Además de Mouton, también atesoraba ejemplares de Cheval Blanc, Château Lafite, Petrus, Vega Sicilia, Opus One, Nicolás Catena Zapata y Don Melchor, entre muchísimos más.
En materia de whiskies de malta, su colección no era inferior, aunque tenía especial debilidad por Oban, un rarísimo destilado escocés.
Fernando decía que gracias al vino había logrado llegar a su estado octogenario. “Me ha mantenido bien conservadito”, repetía.
Nacido en Huesca (Aragón), contaba que el vino y la buena cocina fueron dos gustos innatos en su familia. Muy temprano, a los nueve años, tuvo que hacerse bogotano por adopción cuando sus padres abandonaron España tras estallar la Guerra Civil. La familia hizo escala inicial en París y luego don Josep María, su padre, tuvo la visión de ver en América la tierra donde estarían a salvo de los grandes desastres bélicos.
El 30 de agosto de 1939 la familia arribó a Barranquilla y de ahí se trasladó a Bogotá, donde Fernando cursó bachillerato y se graduó como administrador de empresas, no sin muchas salidas académicas al exterior.
Al entrar en edad adulta tomó los controles de los negocios familiares y los hizo prosperar.
Su interés personal en los vericuetos del vino llegó de manera fortuita, un día que viajó a Nueva York y agarró un virus gripal. Mientras se recuperaba, buscó libros para leer y compró cinco ejemplares relacionados con el vino. Y ya no dio marcha atrás.
Viajó por todas las regiones vitivinícolas del mundo, lo mismo que por los enclaves universales de la gastronomía. Y así, con gusto y disciplina, se convirtió en autoridad de ambos temas.
A lo largo de su vida formó parte de las más exclusivas cofradías del buen vivir, como la Chaîne des Rôtisseurs, los Caballeros de la Buena Mesa, el Seven Friends’ Club y la Ordre Mondial des Gourmets Dégustateurs.
Extrañaré de Fernando su maravilloso espíritu de búsqueda y su mente abierta, dos posiciones que pocos enófilos y coleccionistas ostentan. Porque así como abría botellas míticas, también disfrutaba de la deliciosa simpleza de un vino común, como el Enate Chardonnay de su Aragón natal.
Lo suceden su esposa, María Teresa, su hija y ‘sommelier’, Juanita, y su hijo Fernando José, quien ocupará próximamente la presidencia para Colombia de la Chaîne des Rôtisseurs. Para nuestra fortuna, su pasión nos contagió a todos.