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Fiebre artesanal

19 de diciembre de 2015 - 09:00 p. m.

Como ciudadano del vino confieso que pocas veces he destapado una cerveza en la mesa para acompañar mis comidas.

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La he bebido, eso sí, en pubs o como calmante de la sed en los climas tropicales o en los intensos veranos de ambos hemisferios.

Debo reconocer, sin embargo, que, como bebida derivada de la fermentación, la cerveza abarca compuestos y sabores que hacen agradable el paso de muchos platos y preparaciones. Y así lo ha sido desde la antigüedad.

Surgida hace más de 7.000 años en la zona de Asia Occidental (igual que el vino), donde el hombre errabundo estableció sus primeros asentamientos para domesticar animales e iniciar cultivos renovables, la cerveza brilló con luz propia en Egipto, impulsada a escala masiva por los faraones. Luego brotó en la Europa del norte, donde los cereales se dan con mayor facilidad que la vid. Porque esta última planta sí requiere, para dar lo mejor de sí, de climas cálidos con estaciones claramente definidas. Es el caso de los paralelos 30 al 40 y al 50 en los hemisferios sur y norte, respectivamente.

Belgas, alemanes e ingleses se convirtieron en los mejores maestros cerveceros y fueron quienes transmitieron su know how al resto del orbe. Por obligadas razones de manejo higiénico, la elaboración en volumen terminó en manos de grandes empresas, que podían invertir en procesos y equipos que garantizaran un producto seguro para el consumo humano. La producción artesanal se limitó a algunos pocos aficionados urbanos y a comunidades alejadas del circuito comercial.
Pero de un par de décadas para acá, la producción de cerveza artesanal ha subido como la espuma en la mayoría de los países del globo, incluido el continente americano.

En Latinoamérica, las cerveceras chicas se están tomando hoy bares y restaurantes en Argentina, Brasil, Costa Rica, Chile, México, Panamá, Perú, Uruguay y Venezuela, y ya es normal encontrar, en los menús de los más célebres y costosos restaurantes de la región, recomendaciones de platos con cervezas producidas por pequeñas empresas o por cocineros y propietarios del negocio gastronómico.

En Colombia, es justo reconocer el trabajo hecho hasta hoy por marcas como Bogotá Beer Company, Apóstol y Tres Cordilleras. A estas se les han sumado Moonshine, Chelarte, Sierra del Tigre, 3 Carites y Ragnarok. Y en las últimas semanas han surgido proyectos como Malagüero, del cocinero bogotano Alejandro Cuéllar, y la tan esperada cerveza artesanal del grupo de restaurantes DLK, cuyo nombre se mantiene en secreto.

Y vienen más: pequeños restaurantes de comida contemporánea colombiana como Salvo Patria y el Ciervo y el Oso sacarán sus propias cervezas artesanales, cargadas, como muchas de las anteriores, de toques adicionales a chiles, cáscara de cacao o cortezas de cítricos y otros frutos.

Registrado el fenómeno, dejaré para otro domingo el análisis más técnico y organoléptico de estas interesantes propuestas

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