Repasaba hace algunos días la vida del ex presidente estadounidense Thomas Jefferson, quien hubiera gozado más si hubiera nacido en el Renacimiento que en los años de la Guerra de la Independencia.
Para empezar, dedicó igual cantidad de tiempo al estudio del vino que a sus quehaceres como estadista y mandatario.
Sin lugar a equivocaciones, fue uno de los presidentes mejor formados y más refinados de todos cuantos han habitado en la Casa Blanca. Su especial sensibilidad lo llevó a incursionar, con profundidad, en campos como arquitectura, música, filosofía y filantropía, siendo la fuerza inicial y motriz de la Universidad de Virginia.
Muchos han sido los textos publicados sobre su afición al vino. Hijo de un ranchero de recio carácter y de una dama de sociedad, recibió una educación formal y, desde temprana edad, gozó de los placeres de la buena mesa y las buenas bebidas.
Cuando desempeñó el cargo de embajador en Francia, recorrió ese país en sus horas libres y con su propio dinero, familiarizándose con las etiquetas que han hecho de la Galia un estandarte de la vitivinicultura global.
Jefferson probó vinos de todas las regiones y de todos los países productores, y armó una valiosa cava, que lo acompañó de regreso a casa. Fueron tan bien seleccionadas las etiquetas, que muchas de ellas han sido rematadas por altos precios en las casas de subastas más famosas de ambos lados del Océano. Lo tocaban profundamente el Chateau Lafite Rothschild y el Château D’Yqueme, dos de los vinos franceses más caros y valorados.
Al regresar a Estados Unidos se propuso investigar los climas y suelos de su natal Virginia porque estaba convencido que esa parte del territorio norteamericano resultaba ideal para plantar viñedos y elaborar vinos de calidad. Él mismo plantó vides alrededor de Monticello, su residencia campestre, y consiguió entusiasmar al experto italiano Philip Mazzei para desarrollar un proyecto llamado Virginia Wine Company, del cual él también fue socio, junto con el ex presidente George Washington. Hoy, los viñateros de Virginia, Nueva York, Long Island, California, Oregon y Washington, entre otras zonas, admiten que sin la visión de Jefferson difícilmente la vitivinicultura norteamericana habría echado raíces.
Jimmy Carter fue otro presidente relacionado con el vino. Su abuelo, su padre y su tío manejaron viñedos de alta producción en Georgia y elaboraron vinos durante sus vidas. Al heredar la cava y la tradición, Carter decidió elaborar su propio vino para repartirlo entre sus amigos y donarlo a la fundación que lleva su nombre. Es una pasión que mantiene viva.
Otros gobernantes estadounidenses han sido consumidores declarados y han incorporado el vino en las grandes cenas y actividades sociales de la mansión ejecutiva.
John Kennedy y Richard Nixon eran devotos de los más reconocidos vinos franceses. Kennedy, por ejemplo, tenía una especial predilección por Chateau Haut-Brion Blanc, de Burdeos, y por los champán Moet & Chandon y Dom Perignon, mientras que Nixon tenía entre sus favoritos a Château Margaux. Era tal su debilidad, que en el Club 21, de Manhattan, siempre le tenían reservada una botella. Sin embargo, los mozos del lugar servían otra marca de menor valía a sus invitados y tapaban la botella con una servilleta.
Pero desde Lyndon B. Johnson la Casa Blanca incorporó vinos estadounidenses en su carta, especialmente aquellos procedentes de California. Esa tradición la continuaron Gerald Ford, Ronald Reagan, George W. Bush, Bill Clinton y Barak Obama. Entre los vinos preferidos por ellos están los siguientes: Beaulieu Vineyard Cabernet Sauvignon (Gerald Ford); los vinos de Firestone Vineyard (Ronald Reagan); Sonoma-Cutrer Les Pierres Chardonnay (George W. Bush); Monticello Cellars Chardonnay, Schramsberg Cremant Demi-Sec y Flowers Pinot Noir (Bill Clinton); Duckhorn Sauvignon Blanc, Paul Hobbs Ulises Valdez Chardonnay y y Goldeneye Pinot Noir (Barack Obama).
¿Y cómo es la cosa por estas latitudes? Es un tema abierto y secreto aún por descubrir.