Las historias de personajes como Sócrates, Hernán Cortés o Thomas Jefferson con la bebida de uva.
A medida que el entusiasmo por el vino nos envuelve de manera creciente, los nombres de enólogos, viticultores, catadores, propietarios, creadores, críticos y escritores se nos están haciendo ya tan familiares como las cepas de los vinos que bebemos. Personajes como Michel Rolland, Alejandro Fernández, Raúl de la Mota, Aurelio Montes, François Lurton, Robert Parker Jr., Jancis Robinson y Hugh Johnson han conseguido instalarse en nuestra memoria de manera permanente.
En el pasado, cuando el trabajo de la enología se hacía casi en solitario o cuando los medios de divulgación eran limitados, resultaba improbable que los aficionados supieran quiénes estaban detrás de la alquimia del vino. Por eso, hoy me propongo rescatar algunas históricas figuras para que salgan de su inmerecido anonimato.
Sócrates aportó las primeras reflexiones sobre el vino y el hombre. Escribió: “El vino hidrata y suaviza el espíritu, y adormece las preocupaciones de la mente, a la que da un respiro. Revive nuestras alegrías y es como aceite para la llama moribunda de la vida. Si bebemos con moderación, a pequeños sorbos, el vino se destila en nuestros pulmones como el más dulce de los rocíos de la mañana. El vino no nubla nuestra razón, sino que nos invita a un regocijo agradable”.
Tras la caída del Imperio Romano y de sus devastadoras consecuencias para el mundo del vino, el imperio de Carlomagno rescató la tradición y propició su elaboración con técnicas más higiénicas. Entre las innovaciones del emperador figuraron la prohibición de pisar los uvas con los pies y la orden de no almacenar la bebida en cueros de animales.
Entre los españoles que forjaron el inicio de la vitivinicultura en América sobresale Hernán Cortés. Aunque la corte española no veía con buenos ojos el surgimiento de competencia para los vinos ibéricos en el Nuevo Mundo, este conquistador ordenó a sus hombres y a los religiosos que lo acompañaban explorar el territorio mexicano para encontrar zonas aptas para plantar viñedos y producir vinos. Y lo logró. México fue el primer productor de vinos en tierra americana, aunque, en su fase inicial, la producción se destinó para los colonizadores ibéricos y la Eucaristía.
Entre los chilenos los grandes desconocidos del vino en Chile está Silvestre Ochagavía, abogado, diplomático y político, quien fue considerado, hacia mediados del siglo XIX, el hombre público más destacado de su época. Propietario de tierra a las afueras de Santiago, encabezó el movimiento para mejorar la calidad de los vinos de su país, importando las mejores cepas francesas. Hasta ese momento, los productores del Cono Sur elaboraban vinos con las llamadas uvas País o Criolla.
En Argentina, una figura de gran influencia para la industria fue Tiburcio Benegas, gobernador de Mendoza, quien, además, diseñó un plan de apoyo a la inmigración de campesinos italianos para ocuparse de los viñedos. Benegas, fundador de la bodega Trapiche, había heredado de su padre, Eusebio, el amor por el vino. Además, Eusebio fue el autor del primer libro escrito por un argentino, en el siglo XIX, sobre la producción de vinos. Lo tituló Las viñas y los vinos de Mendoza.
En Estados Unidos, el presidente Thomas Jefferson, quien recorrió ampliamente Francia en su juventud, encabezó numerosos intentos para introducir y expandir el cultivo de parras en Estados Unidos. Sus propiedades, en Virginia, se convirtieron en los primeros viñedos de ese país. Gracias a sus contactos europeos, importó los mejores vinos del Viejo Continente para distribuirlos entre sus colegas políticos. También ayudó a varios viñateros europeos a establecerse en Norteamérica.
Frank Schoonmaker y Alexis Lichine, hombres de mundo, políglotas y enófilos consumados, montaron en Estados Unidos los primeros negocios masivos de venta de vinos. Sin embargo, su mayor contribución fue haber impuesto el sistema de identificación por variedad de uva y no por lugar de origen. Hasta los años 30 y 40, los compradores elegían entre vinos “tipo Borgoña” o “tipo Burdeos”, sin saber qué había dentro de cada botella. El impacto de su idea ha sido tan grande que hasta los tradicionales y conservadores productores europeos han comenzado a adoptarlo.
Pero éstos no son los únicos actores desconocidos del vino. Hay más. Y, sin duda, habrá oportunidad de traerlos nuevamente a la vida.