En lo que queda de este mes de abril, continuará celebrándose, en más de 75 países, la existencia de la uva Malbec, cepaje que da origen al principal vino tinto argentino.
De ser un nombre desconocido para los consumidores internacionales, se ha convertido en el favorito de cientos de miles de aficionados en los cinco continentes. Y todo esto en menos de 20 años.
Este hecho, más allá de haber sido reconocido como un eficiente ejercicio de mercadeo y comunicaciones, es prueba de la aceptación que han tenido las virtudes aromáticas y gustativas de la variedad.
El experto argentino Carlos Tizio dice que esto se debe a que sus componentes intrínsecos les recuerdan a los consumidores muchos de sus comestibles favoritos. Para empezar, ofrece una sensación de dulzor natural, que hace fácil su entrada en el paladar. Encantan, igualmente, sus elementos frutados, porque lo vuelven fresco y tentador. Y ocurre lo mismo con esa percepción a deliciosas golosinas como el chocolate.
Pero no siempre fue así. Durante decenios, le correspondió interpretar el triángulo en la orquesta donde el Cabernet Sauvignon ha tocado el primer violín. En un reciente documento preparado por el enólogo e investigador mendocino, Roberto de la Mota, han quedado claramente identificados los momentos más sobresalientes de su histórico.
Cita De la Mota los resultados de varias pesquisas en las que la Malbec parece estar entroncada con la Aminées, uva descrita por Lucius Junius Moderatus Columella en su tratado de agronomía Dere Rustica, escrito en siglo I de nuestra era. Y todo indicaría que es la misma a la que le cantaban Horacio y Virgilio en sus obras. Luego llegó a Francia con los ejércitos romanos que conquistaron el sudoeste galo.
La otra tesis es que no fue llevada por nadie, sino que se originó en la zona de Quercy, cerca de la localidad de Cahors, como resultado de un cruce entre la Magdeleine Noir, considerada también la madre de la Merlot, y la Prunelard N, todavía vigente en Francia y que en la medioevo se utilizó como uva de mesa por su agradable dulzor. A la sucesora se le ha conocido con los nombres de Côt, Auxerrois o Malbec, muy difundido en los siglos XVII y XVIII por personas como el doctor Pressac y un hombre de apellido Malbeck.
Llegó a Argentina en las alforjas del ingeniero francés Michel Aimé Pouget, a quien Chile primero y luego Argentina le encomendaron, a mediados del siglo XIX, la labor de mejorar las prácticas agrícolas en ambos países.
Parte de su trabajo consistió en cambiar las ancestrales uvas criollas por los cepajes franceses, y por eso, durante años, los argentinos llamaron a la Malbec, la “Uva Francesa” para distinguirla de las locales.
A diferencia de las condiciones imperantes en Cahors, la Malbec encontró en el clima y suelo argentinos condiciones óptimas para su producción.
De la Mota y todos sus colegas también han conseguido demostrar, con cada botella de vino que elaboran, que estamos ante una uva con muy pocos equivalentes en el mundo de la viticultura.
Se planta y se cosecha en todos los climas y suelos argentinos, a lo largo de un corredor productivo de 2.000 kilómetros, que empieza en Salta, en el norte, y termina en la Patagonia, en el sur. Prospera , igualmente, en todas las alturas y suelos, desde los 3.000 metros, en las cumbres salteñas, hasta los 300 metros, en las planicies patagónicas, pasando por una inmensa variedad de pisos términos en Catamarca, La Rioja, San Juan y Mendoza.
Y su maleabilidad permite elaborar vinos de distintos tipos y estilos, desde blancos (pese a ser una variedad tinta), espumosos y rosados, hasta tinos jóvenes y de gran estructura.
Por todo esto, cada año se festeja, el 17 de abril, el Día Mundial del Malbec, con variadas celebraciones como variado es su perfil y su carácter.