Tras años de hibernación, los vinos producidos localmente en México y Perú están despertando con renovados bríos.
Es cierto que dentro y fuera de sus fronteras se les asocia con bebidas de alta potencia y recordación como Tequila, mezcal y Pisco. Pero no con sus vinos. Y la verdad es que los hacen desde el siglo XVI, cuando ambos países eran, en ese mismo orden, el primero y segundo productor de las Américas. Luego, por falta de consumidores locales y ausencia de reglas de juego favorables, los sectores entraron en caída libre y estuvieron a punto de desaparecer, de no haber sido por poquísimas familias y empresas que se negaron a arrancar los viñedos y a cerrar sus plantas.
Ahora, gracias a la renovación y consolidación de sus respectivas gastronomías, existe todo un delicioso alboroto alrededor de disfrutar los sabores de México y Perú con sus propios vinos.
De un corto tiempo para acá, las marcas que lograron resistir el paso del tiempo y la indiferencia de los consumidores nacionales están inmersas en un proceso de renovación sin precedentes, al que se han sumando nuevos inversionistas y productores.
La reciente entrega de premios a los 50 mejores restaurantes de Latinoamérica –llevada a cabo en México hace pocos días– se convirtió en un trampolín ideal para mostrarles a los visitantes el arsenal de tipos, estilos y marcas que se abren paso en un mercado todavía dominado por productos importados de España, Chile, Italia, Argentina, Estados Unidos y Francia, en su respectivo orden de importancia. Pero no hay carta de restaurante ni estantería de supermercado que no incluya vinos mexicanos.
Y por si a alguien le queda todavía una sombra de duda, vale la pena señalar que México cuenta con 4.000 hectáreas de viñedos, que se reparten en buena parte del territorio nacional, localizado dentro de la franja productora del hemisferio norte.
La mayor producción se registra en el municipio de Ensenada, en Baja California, donde destacan, por la calidad de sus uvas, los valles de Guadalupe, San Vicente, Ojos Negros y Santo Tomás.
Pero también se registra una notoria actividad en Zacatecas, Aguascalientes, Coahuila, Guanajuato, Puebla, Nuevo León, Querétaro, Sonora y Nuevo León. Y con la reciente incorporación a la actividad vitivinícola de provincias como Guerrero, Tlaxcala, Michoacán, Tamaulipas, Chiapas y Oaxaca se puede concluir que gran parte del territorio mexicano está en condiciones de producir vinos.
Si tenemos en cuenta que el volumen anual ronda los 20 millones de litros, a cargo de 120 bodegas, es fácil darse cuenta de que este fenómeno no es cosa de niños. Y el hecho de que los productores nacionales sumen ya un millar de etiquetas propias es un dato significativo, pues se acercan cada vez más a las etiquetas importadas, que ascienden a tres mil.
El boom también se apoya en un sensible aumento del consumo entre hombres y mujeres de los 25 a los 35 años de edad, es decir, el mismo grupo que ha sacado del ostracismo al mezcal para ponerlo a competir de igual a igual con el Tequila.
En términos de variedades, y aparte de las ya consabidas Cabernet Sauvignon, Merlot, Shiraz y Malbec, me han llamado la atención los vinos tintos hechos con Nebbiolo, un cepaje originario de la región de Piamonte, en Italia. También sorprenden los Cabernet Franc, Grenache, Cariñán y Macabeo. Y entre las blancas, son de destacar los Chenin Blanc, Chardonnay, Semillon y Moscatel.
Desde el punto de vista del acople con la gastronomía local, debe decirse que la complejidad de gran parte de la comida mexicana exige vinos tintos para equipararla. Pero las preparaciones más ligeras siempre dan lugar a blancos y espumosos. O sea, la caja de sorpresas está abierta y hay que ir a descubrirla.