Hace tiempo que no me ponía al día sobre todo lo que está pasando con los vinos chilenos. Debo decir que parte de esta deuda ha quedado parcialmente saldada esta semana cuando tuve la oportunidad tanto de visitar bodegas de distinto perfil y tamaño en las principales zonas productoras del país austral, como de probar decenas de vinos que confirman mi argumento de una revolución en marcha.
Sus protagonistas incluyen a tradicionales y centenarias casas y a un sinnúmero de nuevos proyectos, encabezados por jóvenes talentos. Mi pronóstico es que Chile, reconocida despensa de vinos “buenos, bonitos y baratos”, está reubicándose entre los principales productores de calidad del mundo, arrebatándoles cuotas de mercado a bodegas del Viejo y el Nuevo Mundo por igual.
El fenómeno no se aprecia desde países consumidores como el nuestro. Por alguna razón, nuestros mercados prefieren mantener el statu quo antes que embarcarse en una campaña de renovación de marcas, estilos, variedades de uva, zonas de producción y formas de elaboración.
No niego el costo en tiempo y dinero que exige una actualización de inventarios: nuevos y costosos permisos sanitarios, actualización de los ya existentes, introducción de nuevas marcas, aprendizaje detallado del nuevo panorama. Sin embargo, el riesgo está en dejar por fuera del radar a millares de consumidores, quienes hoy, más que nunca, aprecian las novedades y pagan por ellas.
Varios hechos han contribuido a este repunte. Uno, y de gran trascendencia, es el rediseño del mapa tradicional de las regiones productoras, que, en el pasado, obedecía más a razones políticas que a criterios geográficos y climáticos.
Otro asunto, no menos relevante, es la redefinición del Cabernet Sauvignon y la aparición de nuevas formas de apreciarlo, basadas en una verdadera disección de suelos y terruños. No es lo mismo una plantación de Cabernet Sauvignon levantada sobre estratos arcillosos que sobre suelos pedregosos, o sobre una combinación de ambos. Del Cabernet Sauvignon chileno –firme, tánico, algo verdoso y secante– se ha pasado a una serie de interesantes versiones, cuyo común denominador es la sutileza y la elegancia, sin perder esa otra impronta. Lo mismo ocurre con el Carménère y el Syrah, especialmente con aquellos procedentes de climas frescos.
En blancos, la zona costera cercana a Santiago –Casablanca, Leyda y San Antonio– ya no está sola. La nueva geografía se extiende a nuevos y fascinantes enclaves, situados al norte y al sur, o a las cimas y laderas de varios cerros, hasta ahora ajenas a la actividad vitivinícola. Chile superará de lejos regiones productoras de exquisitos blancos como Nueva Zelanda y Oregon o, incluso, zonas tradicionales francesas como Loira y Burdeos. El nuevo escenario aplica a cepajes blancos como Sauvignon Blanc, Chardonnay y Riesling, y a tintos más ligeros, como Pinot Noir y Merlot.
Existe también un revelador rescate de variedades olvidadas como Cariñena, Garnacha, Cinsault y País, al que se suma un contingente de tintos como Cabernet Franc, Petit Verdot, Tempranillo y Malbec.
Ni qué decir lo que está ocurriendo con los vinos naturales, provenientes de lejanas regiones como Bio Bio, en el extremo sur, o el desierto de Atacama, en el extremo norte.
Todos estos proyectos están a cargo de creativos enólogos, que se salen continuamente del molde habitual para lograr vinos más espontáneos y directos, y menos manipulados. Y esto ocurre en todos los niveles de precios.
Lo único cierto es que una semana –con sus días y sus noches– es tiempo insuficiente para ponerse al día. Por eso, desde ya estoy preparando mi regreso.