Hace pocos días, después de una última visita dominical, me quedé pensando en el vino con el que celebraríamos el cumpleaños 83 de Cris, mi madre.
Sería un Sauternes, ese clásico bordelés que reina sobre todos los dulces. Sabía que sus equilibradas sugerencias de frutas, flores, especias, miel y caramelo le encantarían. También sabía que era el mejor complemento para esta etapa de su vida, en la que se la veía reposada y tranquila, y tiernamente olvidadiza. Y como Cris era un capullo de ternura, el Sauternes realzaría el brindis familiar.Pero Cris se marchó esta semana, dejando, a la vez que un hondo vacío, una estela de momentos y recuerdos que gradualmente iré reviviendo en éste y otros vinos. No en vano su primer apellido era Parra.
Para empezar, el Pinot Noir me traerá a la memoria sus difíciles comienzos. Huérfana de padre y madre a los tres años, tuvo que encarar duros retos infantiles y juveniles antes de convertirse en la extraordinaria mujer que fue. Algo similar a lo que ocurre con la Pinot Noir, una vid que nace y crece siempre vulnerable y expuesta a la crudeza de los elementos, pero que al final da vida a un vino grande y complejo.
Sobrellevando la soledad de aquellos años con Fanny, su hermana mayorcita, hubo de recibir consejos e instrucciones de muchas voces: la de su abuela (que también murió a destiempo), las de sus tías y las de sus institutrices, es decir, toda una mezcla de aportaciones que terminaron formando un carácter recto, discreto y fino, pero a la vez alegre y bienhumorado. Pensaré en ella cuando me sirva un tinto bordelés, que justamente repite en sus entrañas esa sinfonía de combinaciones aportadas por distintos cepajes y que, a la postre, se traducen en una nobleza difícil de igualar.
Al ser el hijo mayor, me tocó primero sentirla en carne propia y luego verla contornear la vida de cada uno de mis seis hermanos. En ella predominaba la distribución equitativa de su bondad y cariño, no sin aplicar la necesaria disciplina materna. Un bien logrado Merlot me hará rememorar esa habilidad suya de nunca mostrar más ni menos: de cuidarnos e impulsarnos a todos por igual. Sin roces, sin aristas.
Claro que con siete hijos a bordo, y con un marido enteramente consagrado a su misión de proveer, no siempre la realidad llegó a nuestras puertas sin afanes. Pero Cris supo hacernos florecer en el rocoso camino de la vida. Es, en cierta forma, el mismo sendero que recorren los vinos del Priorato, en Cataluña, cuyas raíces se abren paso entre afiladas y negruzcas lajas para nutrir hojas y frutos. Por eso los vinos del Priorato me harán pensar en Cris: porque las raíces de las parras se imponen a esa maraña de estrechas rendijas para dar paso a ese elixir nunca olvidado.
En las vacaciones nos contagiaba con su alegre manera de disfrutar la música, que, por fortuna, abundaba en la casa de mis abuelos paternos, donde el sonido ambiente lo alimentaban violines, acordeones, guitarras y bandolas, y todo un santoral de percusiones. Tomándonos uno a uno de la mano, nos hacía sentir en los pies todas las notas del pentagrama: desde un vals o una jota española, hasta un mambo caribeño o un corrido llanero. Esos alegres y picarones vinos rosados del Viejo y del Nuevo Mundo me transmitirán, cada vez que los tome, las vivencias espontáneas que Cris nos hizo vivir sobre los listones de madera de nuestra casa. Lo que más brillará entre nosotros será su transparencia y forma de ver la vida. Nada de adornos alambicados ni de posturas indebidas. Uno es tal y como es. Y para celebrar este rasgo de su carácter tendré siempre a la mano un Sauvignon Blanc, pues en cada sorbo se siente la pureza de su perfume y el suspiro de su frescura. Sí, Cris se ha marchado, pero dejándome, por fortuna, un legado suyo en cada copa servida.