A mediados de esta semana hice una prolongada escala en el aeropuerto internacional Arturo Merino Benítez, de Santiago de Chile.
Allí, entre tiendas de ropa, productos electrónicos, lentes de sol, artesanías y un nuevo y gigantesco Duty Free, me distraje y disfruté a mis anchas en un simpático bar de vinos llamado Vinum-The Chilean Wine Experience. La espera terminó haciéndose corta mientras mi elenco de añadas y vinos chilenos no conocidos se alargó. En un cómodo espacio —que incluye barra y mesas confortables— se ofrecen 30 vinos especialmente seleccionados, que muestran los distintos orígenes y estilos del país austral. La lista cambia mensualmente. Es una vitrina ideal donde se ofrecen marcas archiconocidas y otras no tanto, pero que encuentran en este espacio una manera de cautivar a muchos de los 20 millones de pasajeros anuales que desfilan por esta terminal. Qué mejor ejemplo para un caso de mercadeo masivo. En Vinum se pueden probar vinos por copa a precios razonables. Pero también se pueden comprar botellas para llevar. Es un hecho innegable que la mejor manera de atrapar al consumidor es por su paladar. Algo similar ocurre en el Patagonia Wine Experience del aeropuerto internacional de Ezeiza, en Buenos Aires, con la diferencia de que los vinos vendidos allí sólo provienen de la patagónica Neuquén, la más nueva zona vitivinícola argentina. Seguramente no tardará en aparecer algún proyecto para incluir tanto lo nuevo como lo tradicional de importantes zonas productoras como La Rioja, San Juan y Mendoza. Si bien estos desarrollos son nuevos entre nosotros, en Estados Unidos y Europa ya llevan algunos años. Sin duda, un wine bar es más relajado y menos ruidoso que otros puntos de encuentro dentro de las terminales aéreas. Existe, incluso, todo un ranquin elaborado por la reconocida guía gastronómica Fodors, que ha clasificado los mejores bares de vino dentro de los aeropuertos estadounidenses. Los hay en Minneapolis, Palm Springs (California), Chicago, Seattle, Atlanta, Houston y Nueva York. Incluso, ha surgido toda una cadena de bares de vinos llamada Vino Volo Wine Bar, que ha abierto 15 locales en aeropuertos de Boston, Detroit, San Francisco y Salt Lake City, entre otras ciudades. Además de vino, estos locales ofrecen tapas y platos que, en términos de variedad y calidad, están por encima de la media de las plazoletas de comida rápida de los aeropuertos. Es más: algunos célebres cocineros internacionales han instalado agradables espacios para almorzar y cenar decorosamente. Es el caso de Plane Food, un restaurante ubicado en la terminal 5 de Heathrow (Londres). Su propietario es el famoso cocinero escocés Gordon Ramsey. Plane Food es, además, una perspicaz homonimia, pues plane food significa, por un lado, comida sin complicaciones, y por otro, comida de avión. Y así como este tipo wine bar se ha convertido en todo un fenómeno, ocurre igual con los bares de vinos en estaciones de tren o a bordo de los ferrocarriles.La familia Perrin, célebre por sus bodegas en el sudeste francés, montaron una tienda tipo cajón de madera (como las cajas utilizadas para transportar botellas) en la estación de Aviñón. Es un tipo de local que se arma y se desarma en un par de horas. También implantaron un wine bar rodante en el tren que cubre la ruta Londres-Lyon-Marsella-Aviñón. Los Perrin no son ningunos aparecidos en el negocio. Poseen la bodega Château Beaucastel, en la célebre denominación Châteauneuf du Pape, y Château Miraval, que tienen en compañía con Brad Pitt y Angelina Jolie. Igualmente, han comenzado a aparecer los mobile wine bars, muy parecidos a los food trucks (o camiones-restaurantes), que pululan en las grandes metrópolis. Con una ventaja: los precios del vino por copa y de la botella son tanto o más bajos que en un supermercado. Uno de esos bares de vino en movimiento se estaciona habitualmente en Los Arcos, ingenioso centro comercial de outlets en el barrio Palermo de Buenos Aires.Abra, pues, el ojo. Cualquiera de estas nuevas formas de disfrutar el vino puede estar en su camino.