No es como en Europa, donde se establecen estrictas normas que obligan a la utilización exclusiva de ciertas variedades, a la aplicación de prácticas autorizadas o al cumplimiento de niveles específicos de producción. Y la lista sigue.
La semana pasada les contaba sobre el proyecto de la bodega argentina Trapiche, que explora, por primera vez en la historia del país, la plantación de viñedos y la elaboración de vinos cerca en Mar del Plato, o sea, el extremo opuesto a las famosas regiones cordilleranas.
Sus promotores han debido aprender a manejar climas, suelos y variedades muy diferentes de los que han estado acostumbrados desde la llegada de las primeras vides españolas, francesas e italianas, por allá desde 1560.
Ahora acaba de presentarse en Colombia una serie de vinos logrados en las entrañas de la lava volcánica. El lugar de origen es Chile, gran territorio magmático, con más de 2.900 volcanes.
Si bien es cierto que más del 50 por ciento de los suelos agrícolas de Chile son de origen volcánico y que muchos viñedos se plantan sobre ese tipo de superficies, es la primera vez que una bodega emprende un proyecto dedicado exclusivamente a sacar vinos marcados por la lava.
Es así como Volcanes de Chile, emprendimiento creado bajo el ala protectora de Viña Undurraga —compañía manejada por la familia colombiana de Rafael Picciotto—, ha decido brindarle al mundo una selección de vinos bien diferente.
Antes de pasar a describir algunos de sus raros y sorprendentes ejemplares, vale la pena mencionar el nacimiento y evolución de este ambicioso proyecto, cuyos detalles y vinos fueron presentados esta semana en Bogotá por María del Pilar Díaz, enóloga encargada de transformar en líquido lo que sus colegas Gonzalo Henríquez, geólogo, y Roberto Pinto, viticultor, le entregan a ella desde el suelo y el viñedo.
El radio de acción está ubicado en una amplia franja de valles y cerros, ubicados entre la Cordillera de la Costa (al oeste) y la Cordillera de los Andes (al este). La morfología y composición de este terruño, narra María del Pilar, responden a procesos iniciados hace millones de años.
La primera fase se desarrolla entre la Cordillera de la Costa y los valles intermedios, donde los vinos resultantes expresan un carácter mineral notorio.
La segunda etapa gira alrededor de terrenos ubicados entre la Cordillera de la Costa y la precordillera de los Andes. Aquí las parras se levantan sobre depósitos volcánicos muy antiguos.
Y la fase extrema —y la más fascinante de todas— consiste en plantar viñedos a los pies de un imponente volcán. La apuesta de María del Pilar, en este caso, es obtener vinos “con influencia volcánica directa, con sabores, aromas y texturas completamente diferentes, complejos y únicos”.
Los primeros vinos se distribuyen entre blancos, tintos y espumosos, con nombres igualmente auténticos y seductores.
Los espumosos se clasifican bajo el nombre Lava, e incluyen un Brut, un Demi Sec y un Blanc de Blancs. El grupo denominado Cima Reserva está compuesto por tres vinos: un Sauvignon Blanc, un Carménère y un Cabernet Sauvignon, tres uvas que hablan de Chile en voz alta. Después está Tectonia, dúo conformado por un Pinot Noir y un Sauvignon Blanc. Y, por último se levanta el vino icono Parinacota (mezcla de Syrah y Carignan), que debe su nombre al volcán Parinacota, situado muy al norte, en la frontera de Chile y Bolivia, donde la vitivinicultura apenas ha puesto su primera bandera.
Seguramente otras bodegas seguirán el mismo camino. Sólo el tiempo y las aventuras de los enólogos del Nuevo Mundo lo dirán.