Alegría, amor, atracción, placer o emoción, entre otros, son algunos de los efectos que puede causar abrir una botella.
El armonioso acoplamiento entre el vino y la comida es quizás la experiencia más difundida y comentada por expertos y aficionados a la bebida. Así como existen platos capaces de encontrar sus pares perfectos y provocar momentos sublimes, hay otros que nunca descubren su media naranja.
El maridaje con comida, sin embargo, no es el único ofrecido por el vino. También existe una corriente de pensamiento que atribuye tanta o más importancia al estado emocional del bebedor.
Las discusiones iniciales giraron alrededor de los aromas: varios investigadores intentaron buscar afinidades, por ejemplo, entre ésta bebida y el amor, y para ello identificaron, en los vinos tintos, una serie de esencias similares a las feromonas masculinas, entre ellas las terrosas y animales, muy presentes en los vinos de añejamiento prolongado. Igual hicieron con las feromonas femeninas y los vinos blancos, en especial aquellos relacionados con olores a levadura y almizcle. Según la teoría, los vinos identificados con estos perfumes producen una atracción inmediata y pueden considerarse aptos para producir efectos sensuales.
El paso siguiente fue descubrir aquellos vinos que resultan más apropiados para inducir o potenciar estados de ánimo particulares: del que más se ha hablado, dentro de esta categoría, es del espumoso, siempre asociado a momentos de alegría y celebración. Incluso, la sola mención de abrir una botella con burbujas predispone a la persona a sentirse en modo festivo.
Lo interesante aquí, es que primero se piensa en el efecto y luego en el origen o marca del vino. En definitiva, el fin último es vivir un momento de placer.
Bajo este esquema, el concepto de un ‘buen vino’ se refiere no a las botellas prestigiosas o costosas, sino a las que consiguen emocionarnos y producirnos placer en el momento preciso. Puede llegar a suceder, incluso, que personas que han rechazado un tipo de vino en un momento dado, lo disfruten plenamente en otra circunstancia.
Hay autores que van más allá y sugieren que salir a comprar un vino para animar un momento específico puede llegar, incluso, a simplificar el proceso de compra. Expertos como Billy Munnelly y Kato Wake dicen que, en vez de considerar toda la oferta disponible en las góndolas, la gente debe dejarse guiar por sus emociones. “Piensen en su estado de ánimo y en el efecto que buscan tener al momento de abrir una botella. Al identificar su estado de ánimo, sabrá lo que quiere, y si sabe lo que quiere, su proceso de selección será más fácil”. Según ellos, hay situaciones particulares que exigen un vino blanco, y otras que funcionan mejor con un vino tinto. Después, vendrán las asociaciones a distintos tipos de uva y estilos de elaboración.
Munnelly y Wake afirman además que escoger un vino se asemeja a la selección de una pieza musical: “Es claro que si queremos acompañar una lectura densa, seguramente no vamos a poner un vallenato; y si nos encontramos en pareja y queremos conversar y poner atención a lo que decimos, un rock metálico está fuera de discusión”.
Otros autores y expertos, como la argentina Marina Beltrame, destacan que una de las principales destrezas de un sommelier es, precisamente, acertar en la recomendación de un vino según el estado de ánimo de los comensales.
Esta es sólo una pequeña muestra de un mundo de sensaciones que, para muchos, todavía permanece oculto:
Seducción: un tinto voluptuoso y de gran cuerpo. Un Syrah puede ser un buen detonante.
Vitalidad: quizá un toscano italiano, elaborado con la clásica uva Sangiovese. De aristas ligeramente punzante, el Sangiovese agudiza los sentidos.
Gratitud: inclínese por un blanco ligeramente dulce. De alguna forma, lo dulce siempre suaviza.
Gozo: escoja un vino aromático y de marcada expresión en el paladar. El secreto puede estar en un Malbec patagónico.
Contemplación: ¿tiene ante sus ojos un horizonte amplio con siluetas recortadas, y un sol encendido que tiñe las nubes de naranja? Tómese una copa de Pinot Noir de Oregon y déjese llevar.
Celebración: sin duda, un espumoso.
Aventura: un Bonarda mendocino, un Carménère chileno o un Zinfandel californiano.
Optimismo: un Cabernet Sauvignon del Nuevo Mundo.
Exaltación: Un Oporto.
Así, el juego puede continuar.