Durante siglos, los vitivinicultores de zonas con influencia volcánica habían venido elaborando sus caldos sin hacerse demasiadas preguntas sobre cuán tan diferentes son sus creaciones frente, por ejemplo, a quienes las producen en regiones con suelos pedregosos, arenosos, arcillosos o calizos.
Desde finales de los años 60, sin embargo, la necesidad de diferenciarse en un mundo atiborrado de buenos y malos vinos, obligó a aquellos vitivinicultores a indagar sobre las características de sus bebidas en función de lo que extraen las parras del subsuelo.
Este tema me ha interesado desde que me enteré de la existencia de la Denominación de Origen Controlada Etna, en alusión a las vides y vinos que surgen a la sombra del gigantesco volcán siciliano.
El que la mayoría de etiquetas no estén disponibles fácilmente en los mercados internacionales, y que se elaboren a partir de lejanas variedades como Nerello Mascalese y Nerello Cappuccio (tintas), y Carricante y Catarratto (blancas), me había impedido acercarme a los encantos de los vinos de este origen.
Sólo vine a hacerlo en 2010, cuando tuve la oportunidad de probar los Syrah de Montecarrubo, de Peter Vinding Diers, un fascinante enólogo de origen danés quien, después de haber trabajado en célebres casas francesas, terminó alquilando una pequeña parcela cerca de la siciliana Ispica. El instigador de este descubrimiento fue su hijo, Hans Vinding Diers, enólogo de Noemía y Bodega Chacras, ambas localizadas en la patagónica provincia de Río Negro, en el sur de Argentina. Las vueltas que da el mundo del vino.
Más allá de que Sicilia, junto con Puglia, es una de las principales despensas de vinos de volumen en Italia, lo que Vinding Diers se propuso demostrar –aprovechando su fama internacional– fue lo diferentes que podrían ser los vinos de vides cultivadas en suelos de influencia volcánica. En resumen, son aromáticamente expresivos, frescos y luminosos. Es un sello de identidad que aportan componentes como magnesio, calcio, sodio, hierro y potasio, presentes en lavas y cenizas volcánicas.
Finalmente, hace un par de semanas, pude poner pie en viñedos de influencia volcánica, durante mi última visita a Chile, país que contiene un alto porcentaje de estos suelos, habida cuenta de poseer la mayor cantidad de volcanes en el mundo: 2.900, para ser más exactos.
Sin embargo, a nadie se le había ocurrido dedicarse a plantar viñedos en aquellas zonas donde dichos rastros son significativos. Pero esto fue lo que hizo, justamente, un equipo conformado por la enóloga Pilar Díaz, el geólogo Gonzalo Henríquez y el agrónomo Agustín Aguerrea, quienes dieron vida a la bodega Volcanes de Chile, dedicada exclusivamente a producir vinos con este sello.
Después de recorrer los viñedos de Almahue, 150 kilómetros al suroccidente de Santiago, y de Leyda, 90 kilómetros al oeste de la capital, es claro que los vinos volcánicos poseen un carácter diferente, sin importar la variedad de uva utilizada. En el caso de Volcanes de Chile, estas incluyen las tintas Cabernet Sauvignon, Carménère, Pinot Noir, Syrah, Cariñena, Grenache, Petit Syrah, y la blanca, Sauvignon Blanc.
Además, su carácter equilibrado, fresco y expresivo los convierte en ideales acompañantes de platos que van desde carnes rojas y blancas, hasta pescados y mariscos.
La exploración en Sicilia y Chile no se extingue y enólogos como Peter Vinding Diers y Pilar Díaz (quienes curiosamente comparten iniciales en sus nombres y apellidos) seguirán demostrando que los vinos volcánicos merecen ser descubiertos y disfrutados. Los de Volcanes de Chile, al menos, están presentes en restaurantes y lugares afines en nuestro mercado.