VEA USTED. AHORA TENEMOS UNA comunidad partida por mitades. Empate en primera y en segunda vuelta.
Aun con ciertos matices por regiones, estratos y edades, la ruptura recorre a la sociedad de arriba abajo. Cuando se esperaba una confrontación de bajo nivel, montada sobre refacciones menores al esquema uribista, sin lucha de clases, con candidatos respetuosos y bastante alejada de ese tipo de guerras del fin del mundo, surgió el tema de la ética. No se sabe si por sabiduría de Mockus, o por un accidente, o por ambas cosas, el eje de la campaña cambió de manera vertiginosa. Sorprendió a todo el mundo. A Santos, el más capacitado, entrenado hasta el cansancio para una campaña fácil, dirigida a mantener vigente la seguridad democrática. Sorprendió al mismo Mockus, a quien a veces se le nota un poco perplejo por lo que está ocurriendo.
No se pueden hacer predicciones, salvo que una segunda vuelta es casi inevitable y que, si todo sigue como va, habrá un final reñido. Salvo algo extraordinario, todo dependerá de una combinación de fina política, voto independiente y miedo en los estratos 5 y 6.
8 de agosto, 3 de la tarde.
Si gana Santos, no le bastará acudir al recetario tradicional. Su discurso de posesión debe crear una nueva ilusión, un sueño. Su gobierno nacerá acompañado de las ventajas del legado de Uribe, pero también de sus quebrantos. Necesita fabricar un horizonte. No tendrá luna de miel. No gozará del estado de gracia de los primeros cien días. Mockus, por su lado, deberá generar confianza. Si el problema de Santos es el futuro, el de Mockus será el presente. Tendrá que borrar la idea del salto al vacío. Tendrá que mostrar pericia y conocimiento. Su discurso tendrá que ir minuciosamente a los programas y a las realidades.
Entre tanto, de aquí a la segunda vuelta, tendremos un largo calvario de exageraciones. El festín del maniqueísmo, acompañado seguramente de un acervo de malas artes y de juego sucio.
La confrontación es la esencia de la democracia. Y cierto grado de polarización es inherente a las campañas electorales. Pero Colombia no termina en junio. Hay que dejar espacio para la vida comunitaria futura. Vendrá la demonización del santismo y la “belisarización” de Mockus. Es inevitable. Pero hay que preservar el futuro.
Porque con todas sus deficiencias, la democracia colombiana ha progresado, aunque todavía muchos peligros la acechan. El mayor, sin duda, el riesgo de una narcodemocracia en manos de organizaciones que son apenas instrumento de intereses criminales.
Pero más allá de sus desmayos, el solo hecho de que no sepamos a estas alturas quién va a ganar, deja atrás ese viejo paradigma de la democracia amarrada.
Aunque no haya sido condenado, la sola acusación contra Pretelt por hechos que en el pasado eran apenas anécdotas en la picaresca nacional, implica un cambio de fondo. Como también lo es el que las irregularidades en el trámite hayan tumbado el referendo. Antaño eran si mucho lunares a los que se les echaba tierra tan pronto se coronaba un ganador. Eso muestra que la fatiga por la politiquería, acumulada por varios años, crónica e impotente, ha alzado su voz.
Estamos divididos. Y está bien. Pero hay que evitar que la división se convierta en fractura.