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Carta a Samper Ospina

12 de septiembre de 2009 - 12:44 a. m.

ESTIMADO DANIEL:

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Lo que conturba mi ánimo y me produce intensa congoja republicana, es que al lado de tres inmarcesibles figuras del Partido Conservador, no aparece tu candidatura aunque tú, con generosidad extraña en las nuevas generaciones, habías manifestado tu disposición para sacrificarte por la patria. Se necesita ser un egregio varón, alguien de tus ejecutorias políticas,  un prócer del sacrificio y la abnegación, para someter tu nombre al sempiterno Partido Conservador que, en creciente acumulación de gloria y patriotismo, pasó de ser el partido de Caro y Ospina al de Ciro y Carlina. Aunque esto último es una cota muy alta, sólo tu arrojo podría intentar superarla.

 Veo tu frente amplia y brillante, aunque juvenil todavía, y algo me hace pensar que has sido retirado contra tu voluntad utilizando la patraña y la perfidia. Tantas batallas que has dado en la vida, todas ellas memorables, acompañadas del ardor comparable apenas al del héroe de San Mateo quien voló en átomos antes de aceptar una derrota,  me impiden imaginar siquiera, por ejemplo, que trepidaste ante la prosa galana e inspirada de José Galat. Sabemos que él aceró su lengua en medio de las tempestuosas jornadas oratorias y filosóficas de la Revolución Francesa y que de los enciclopedistas deriva la reciedumbre de su pensamiento. Pero esto lo hubieras podido superar con creces dada la vehemencia y la inspiración de tus postulados jus naturalistas, que abrevan en el pozo de sabiduría de Santo Tomás. Tampoco me cabe en la cabeza que la enjundia de Fernando Araújo te haya hecho flaquear. Él ha sido Canciller, claro está. Pero tus emocionadas y grandilocuentes intervenciones en todos los foros mundiales, en los que ha brillado tu facundia primorosa, tu ademán de león desmelenado y, sobre todo, la notable unción de tu filosofía, trasunto fiel de hondas levitaciones a la manera de Teresa de Ávila, hubiese sido, y tú lo sabes, escudo protector contra sus arremetidas. Por fin, Leyva apenas ha llegado de nuevo a las escuadras triunfales del gran partido, luego de transitar por otras sendas. Tiene tradición, claro está. Pero tu raigambre íntima, tu aferrado sentimiento del deber, la inmisericorde lucha que has librado contra los males de la patria, te hubieran colocado en la primera línea de la falange que ahora necesitamos más que nunca. Por fortuna, eso sí, Andrés Felipe se trasteó al referendo, lo cual te quita un rival peligroso. Él debería ir a odontología. Debe tener una muela podrida porque se le ve demasiado bravo para su edad.

¿Qué pasó, Daniel? ¿Has desfallecido?

No, por favor. No me contestes. Nosotros, las nuevas generaciones, sólo en ti confiamos. Creo que debemos interpretar tu silencio como la indicación preclara, aunque tácita, de que podremos remover cualquier obstáculo, por descomunal que sea, para que tomes las riendas del partido y desde el solio de Bolívar conduzcas la nación por la senda conservadora, sobre todo para atacar el mar de lujuria en el que naufraga la pureza de nuestros infantes. Si así fuera, los jóvenes de Colombia emprenderemos una demanda en la Corte de la Haya, recusaremos a tus detractores, llamaremos en nuestro auxilio a Navas Talero, romperemos cinchas y abriremos nuestro enardecido pecho por tu candidatura.

¡Con Dios, con la bandera patria, con el escudo y el himno, con Daniel, al poder!

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