Arranca bien Claudia López. Su sola victoria electoral generó un hecho que va a incidir de forma positiva en los desarrollos de la política futura. El laboratorio de Bogotá muestra que no es imposible dejar a un lado los extremismos y configurar una fuerza desde el centro hasta la izquierda no radical que evite que en el 2022 repitamos la historia del 2018. No va a ser fácil. Casi que no había terminado de prestar juramento cuando ya comenzaban los ataques. Lo que se viene, pues, es la batalla de Bogotá.
Claudia ha adoptado un aire fresco pero cada día tiene que buscar el equilibrio sensato que no le haga perder su línea central. Y a cada sensatez le aparecen varias insensateces. Que el Esmad sí o que el Esmad no. Lo sensato es una fuerza antidisturbios controlada, como lo hemos visto. Que Transmilenio por la 68 sí o no, cuando ya los hechos habían tomado un curso imposible de devolver, algo que se repite en el metro. Por eso hay que mantener viva la fuerza que la llevó al Palacio Liévano. Porque va a necesitar una intensa labor de explicación y de organización. Creo que es menos difícil cosechar éxito en la Presidencia de la República que en la Alcaldía de Bogotá, una ciudad que ha acumulado problemas cuya solución es de lenta cocción.
Claudia tiene ya a su haber imborrable el valor simbólico de su triunfo. Su condición de mujer y su inclinación sexual, expresada en su matrimonio, que es de por sí un poderoso mensaje en contra de la discriminación.
Pero mientras esto ocurre en la capital, en una ciudad como Manizales activistas del Centro Democrático emprenden una batalla para remover a Matilda González, mujer transexual que ha sido nombrada secretaria de la Mujer y la Equidad de Género. Los argumentos pasan por coordenadas religiosas y prejuicios milenarios hasta desembocar en dos perlas: una, un tanto risible, que hay un mal uso de los recursos públicos, como si estos tuvieran restricciones derivadas de la genitalidad. Es claro que a partir de este criterio terminará diciéndose que tampoco un homosexual puede acceder a un cargo público. O, al menos, en esta lógica arrevesada, que sí puede pero sin sueldo. El segundo argumento muestra una ignorancia de tamaño catedral. Se dice que Matilda se autopercibe como mujer sin serlo, dando a entender que la condición de la secretaria obedece a una especie de aberración.
La transexualidad corresponde a una disconformidad entre el sexo cromosómico al que pertenece el cuerpo y el que se deriva de su organización cerebral y psicológica. La persona transexual está presa de su configuración genital cuando en verdad su identidad no corresponde a ella. Precisamente no es una desviación viciosa sino una situación muchas veces trágica. Revisen el último manual de la “biblia” de los desórdenes mentales (DSM-5) y verán que hace rato fue excluida de las enfermedades mentales. La posición de estos activistas del Centro Democrático no solo es ignorante sino que está llena de odio. Bueno, en eso no están solos. El odio es la columna vertebral de los sectores radicales de ese partido político.
¿Qué tal si miran la película La chica danesa? Y no metan al verdadero cristianismo en esto, en cuyo mensaje hay compasión y misericordia.
Coda. Sonó bien que el nuevo fiscal Barbosa haya anunciado que se entenderá con la JEP. ¡Por fin!