TODOS SE OCUPAN DE LA TEORÍA pero nadie de la cronología. Y en política, ésta última es definitiva.
El primer eslabón se refiere al motín a bordo de Cambio Radical que recuerda una escena del cine de nuestra adolescencia. En el Cañonero del Yang Tsé, cuando estallan los desórdenes dentro y fuera del San Pablo, el capitán del barco, pese a las críticas, se refugia solitario en su camarote. Cuando pasa el amotinamiento, recobra su papel y señala: “La única forma de preservar mi autoridad fue no haberla ejercido”. Lo mismo le ocurrió a Vargas Lleras.
A partir de allí, es probable que tengamos aprobada la ley del referendo para la reelección, incluso con un texto renovado. Pero esto sólo ocurrirá hacia mayo o junio. Obligatoriamente, la Corte Constitucional tiene que pronunciarse primero. Es casi imposible que esto suceda, digamos, antes de septiembre u octubre. Vienen luego los preparativos de la Registraduría. Por ende, yéndole bien, sólo hacia noviembre —si no febrero— se sabrá si la iniciativa supera el premio de montaña de los 7 millones de votos. Mientras tanto, la política en las toldas uribistas estará congelada. Todos los precandidatos gobiernistas, sin excepción, ostentarán hasta ese momento el secundario papel de teloneros de la gran estrella. Si gana la reelección, se tendrán que conformar con muñequear por la Vicepresidencia. En caso contrario, ya es tarde para una consulta uribista, salvo que se haga con las elecciones de marzo. Y, en tal evento, gravitará con peso enorme sobre el panorama político el Consenso de San Carlos que, como se recuerda, fue una especie de consulta vicariante: el que sacaba más parlamentarios, era el candidato oficial. Eso, de contera, es lo que les conviene a los congresistas, quienes convertirían a cada precandidato en motor de sus propias campañas.
Para esas calendas, la consulta de este año, la de septiembre, habría concentrado sólo el interés del liberalismo y el Polo. Quizás el conservatismo acuda a su tradicional convención ampliada pero, detrás de la bandera azul, estará sonriente y expectante la sombra de Álvaro Uribe.
Entre tanto, candidatos independientes como Fajardo seguirán su camino, con orejeras, sin dejarse desviar por cantos de sirena, a la espera quizás de que, al final, en la carta astral de Fajardo esté un posible pacto con el Polo, salvo que Piedad gane la consulta liberal.
Es en un panorama como este, donde se cocina y se justifica la estrategia de César Gaviria: abrir la puerta para ver si, en función de las circunstancias, los desertores de otras toldas van entrando a la red del Partido Liberal. Difícil. Vargas Lleras parece haber jugado ya. Santos engavetado mientras se sabe qué ocurre con el referendo, pero no se ve que quiera o pueda reingresar al viejo partido. Y los demás, seguramente pensando más en una buena embajada.
Salvo Rodrigo Rivera, con un discurso bien armado, pero todavía sin definir en qué tablado va a dar el do de pecho.