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Crecen los sofismas: genuina participación democrática no es Estado de opinión

28 de junio de 2019 - 11:52 p. m.

El columnista Thierry Ways a veces expone ideas provocadoras que son un alivio en este mar de insultos banales. Pero cuando se le zafa la cadena, incurre en errores serios. Y de manera consciente o inconsciente compra varios sofismas provenientes del uribismo.

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En su columna, El espejo indiferente, pretende mostrar inconsistencias en la defensa de la justicia transicional. Pero termina él mismo enredado en un berenjenal irremediable.

Dice: “entre quienes exigen prisión para los corruptos están casi todos los que, hace poco, intentaban convencer a medio país de que la justicia de barrotes era cosa del pasado, que lo nuevo, el progreso, lo último en guarachas, era la justicia transicional acordada con las Farc”.

No. La justicia transicional es justicia y es transicional. No se puede borrar el segundo concepto de un plumazo sin incurrir en un sofisma catedralicio. La justicia transicional es transitoria en lo temporal y es limitada en su campo de aplicación. Se trata de superar una etapa de masiva violación de derechos como producto de antagonismos violentos. La búsqueda de un mayor contenido reparador tiene como objetivo la satisfacción de las víctimas.

Me cuentan que ya Iván Orozco ha refutado con solvencia. Quienes defendemos la justicia transicional jamás hemos pensado que lo extraordinario se vuelva ordinario. Arturo Sarabia ha agregado: la sabiduría de una sociedad es perfilar con cuidado el territorio transicional. Como se hizo cuidadosamente en el Acuerdo del Colón, digo yo.

Un segundo dislate aún más grave es el relacionado con el Estado de opinión. El uso de mecanismos de consulta a la comunidad para convertirlos en normas permanentes mediante procedimientos reglados, limpios, transparentes, no tiene nada que ver con el llamado “Estado de opinión”. Este corresponde a la idea de todo por el pueblo, pero sin el pueblo, bajo el disfraz de la participación ficticia. El caudillo se toma la voz de ese pueblo y gobierna mediante un servomecanismo mentiroso: sociedad homogénea, repudio a la diferencia, construcción de ideales rimbombantes cuyo propósito es, parodiando el título de esa columna, gobernar mediante el espejo permanente. El Estado soy yo. Hay cierta remembranza de la primera mitad del siglo XX.

Dijo Estefanía, en El País de Madrid, que esta idea no reivindica el fascismo clásico, pero no se puede entender sin acudir a su recuerdo. Reconozco que hoy la operación es más sofisticada y por tanto más peligrosa. Debemos seguir afincados con toda fortaleza en el relato liberal. Con sus defectos, esta democracia basada en el pluralismo es la mejor respuesta. Sin devaneos peligrosos que conducen a la llamada democracia iliberal. Cuya genuina fibra es el embrujo autoritario.

Otro error monumental de Ways apareció en la columna Al gratín. Dice que nada es gratis, que todo cuesta. Eso es obvio. ¿Pero quién asume el costo? Esa es la cuestión. Sobre educación gratis dijo: “la educación es otra cosa que todos quieren «gratis». No creo que quienes exigen «educación gratuita para todos» pretendan que los educadores trabajen sin salario”.

¡No somos tan pendejos! En una sociedad inequitativa está bien que los pudientes asuman los costos en beneficio de los pobres a través del Estado. De nuevo parodio el título de la columna: veo que realmente lo que propone es un Estado indiferente.

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