Para comenzar, no nos metamos mentiras. La vocación democrática de la OEA es un compromiso tardío. Después de su instalación en 1948, la OEA mantuvo en su seno las más horrendas dictaduras tropicales.
Por su lado, la expulsión de Cuba se debió a la abierta violación del principio de no-intervención mediante maniobras agresivas para derribar el régimen de Rómulo Betancur en Venezuela. De modo que en esta materia no se pierde puñalada. La OEA fue el “ministerio de colonias” de los norteamericanos, como la definió de manera fulminante Castro, pero también éste atropelló la democracia y quiso expandir a la fuerza su revolución en territorios vecinos.
Esa página de la historia ha quedado doblada. El poder de los EE. UU. en la OEA, aunque portentoso, no tiene la dimensión bíblica de antaño. El ingreso de Canadá fue saludable. Y los 14 pequeños países caribeños tienen igual poder de voto. Y ese voto camina más por los senderos de Chávez como consecuencia de la democracia del petróleo. O sea que EE. UU. ya no ordena. Negocia. Desde una posición de poder. Pero negocia. Por fin la “cuestión latina” es también una importante materia de política norteamericana. Hay que adular el voto hispano.
Fue en la Cumbre de Quebec donde se convino la “cláusula democrática”. El pasaporte para pertenecer al Sistema Interamericano es la democracia representativa. La existencia de esta talanquera fue clave en la Asamblea de Honduras de 2009. Allí no se decidió el ingreso automático de Cuba, porque ello implicaba derogar el compromiso de Quebec. Pero sí se invitó a Cuba a iniciar un proceso de transición. Fue Cuba en acto desdeñoso la que mostró su remilgo.
Ahora se agita en Cartagena la cuestión de Cuba en las Cumbres. Pero se plantea en medio de una seria confusión. Hay manzanas y peras.
Una cosa es que para pertenecer al Sistema Interamericano Cuba debe encaminarse hacia la democracia. En este estadio el balón ha quedado en el terreno de Cuba.
Pero la confusión proviene de que, por razones logísticas, pero no conceptuales, se puso el esquema de cumbres bajo la curaduría de la OEA. Son cosas distintas. El derecho de Cuba a asistir es obvio. Se deriva no de su forma de gobierno, sino del hecho incontrovertible de que es un gobierno. Uno plenamente constituido y en ejercicio de su soberanía, y eso basta para llegar allí. Lo contrario sería una negación de la realidad y una grosera violación del principio de autodeterminación.
Por lo tanto, el asunto debería ser fácil: basta con separar las cumbres del Sistema Interamericano. Definir que es el BID, por ejemplo, el encargado de su manejo. Con la misma cara que Nixon se sentó con Mao, Obama puede conversar con Raúl. En cambio, por el otro lado, si Cuba no quiere regresar a la OEA, está en su derecho. Y en este terreno lo que tampoco conviene es decir, como señalan algunos, que Cuba debería hacer su reingreso sin consideración a la situación de la democracia. La libertad de expresión, el respeto a los derechos civiles, el pluralismo y, en fin, el Estado de Derecho, no son banalidades pasadas de moda, ni vale la pena sacrificarlas en beneficio de un acto de falsa cortesía coyuntural con la noble Cuba.