Al regresar a su cátedra en la Universidad de Salamanca, después de largos y penosos años, fray Luis de León comenzó expresando: “decíamos ayer”, para significar que retomaba su mensaje con el mismo vigor del pasado.
Guardadas las insuperables distancias, hoy quiero agradecer a la Dirección de este periódico por su generosidad al permitirme regresar. Tras la ausencia obligada por el diálogo de La Habana y por la alocada montaña rusa de la campaña electoral, retomo este ejercicio guiado por los mismos principios indeclinables: respeto a las ideas ajenas, convencimiento de que la democracia genuina no es sólo una herramienta para gobernar con la mayoría, sino un escenario de garantía para las minorías, destierro del fanatismo, defensa de la Constitución y el Estado de social de derecho, pero en serio, atacando la inequidad estructural, que el reconocimiento de elementos positivos de nuestro sistema político no conduzcan a olvidar sus enormes vicios, lejos de los extremos en la búsqueda de un camino de transformaciones audaces pero progresivas y, en todo caso, pacíficas.
Ese horizonte exige también trabajar sobre la coyuntura.
Duque ganó y eso es inobjetable. Tiene el derecho y el deber de gobernar. Y, al frente, esperamos una oposición leal. Hasta ahora los anuncios de Duque, aunque muy generales, corresponden a los postulados de su campaña. No hay engaño. Pero espero que pase muy pronto del slogan a la gobernanza. Las campañas políticas frecuentemente están contaminadas por las urgencias de la propaganda y el imperio de los acontecimientos. Esperemos que Duque convierta sus slogans en decisiones para poder hacer valoraciones a fondo. Los anuncios ya hechos me parecen riesgosos. Desguasar la JEP para que los militares que lo deseen queden parqueados a la espera de una decisión ignota tras 18 meses revienta la base central del acuerdo. Aquí hubo un conflicto armado interno. Aquí hay responsabilidades de muchos. Es necesaria una solución transicional sincrónica. Y no propiamente en beneficio de las Farc, como suele decirse, sino en beneficio de los mismos militares que estarán más protegidos de acciones internacionales bajo la sombrilla de una solución integral que puso fin a un conflicto. Hay algo de miopía en esto. Por otro lado, los 18 meses rompen la unidad de la obligación de brindar verdad a las víctimas. ¿Qué dirá una madre de Soacha cuando le digan que su caso quedó a la espera de decisiones aún no conocidas que se tomarán año y medio? ¿No discrimina esto frente a las presuntas víctimas de aquellos como el general Montoya, que decidieron acudir ya por fortuna a la JEP? ¿Y no es una injusticia que brilla al ojo someter a parte de las víctimas a esperar un largo plazo para lograr la reparación individual a cargo de sus victimarios?
En las elecciones los miedos vencieron a la esperanza. Quedar atrapado en el pasado con la idea de que el miedo triunfante es la plataforma para gobernar es un error. El riesgo para Duque es que termine gastándose sus cuatro años reparando los daños que puede hacer en los dos primeros meses. La mejor guerra es la que no hay que librar.