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El triunfo del subdesarrollo

09 de diciembre de 2018 - 12:00 a. m.

Antavia, una niña afro que padecía diabetes juvenil, murió por falta de dinero para comprar suficiente insulina. Como dijo el senador Bernie Sanders, esto ocurre en el país más rico del mundo. Hay algo que no funciona.

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Es más. Hay una expansión de las características de las llamadas repúblicas bananeras. No solo en Estados Unidos, pero el triunfo del subdesarrollo en esa nación tiene un sentido ominoso.

¿Podría alguien predecir hasta hace poco que el gobierno gringo tuviera que prender las alarmas por la presencia de humildes amibas en la lechuga? Amibas: portaestandartes de pobreza y atraso. Simultáneamente, también apareció salmonella en los pavos ya listos para ser consumidos el día de Acción de Gracias. Colas de votantes porque las máquinas no funcionaron. Atraso crónico en el metro de Nueva York. Trump anuncia sin pruebas un fraude electoral que al fin no se presentó. Y este mismo presidente expulsa a un periodista de la Casa Blanca fabricando una falsa versión. Trump tumba por los medios al fiscal, anuncia que a las piedras de los inmigrantes va a responder con bala, saca adelante al candidato Kavanaugh a la Corte sin importar las acusaciones de acoso, anuncia el triunfo de su partido en Georgia antes del pronunciamiento oficial, amenaza con cerrar el gobierno como arma parlamentaria, insulta sin medida a los jefes de Estado. En fin, síntomas de una crisis profunda en la sociedad más próspera.

El pueblo americano ha sido la cuna de la igualdad, de la libertad, del altruismo. Ahora los síntomas no son halagadores. Todos ellos son anuncios de la necesidad de reformular el modelo de desarrollo. Pero esa transformación no puede quedar en manos de esa vena supremacista, racista y fanática que saca las uñas en los cuatro puntos cardinales. Y como en el poema de Brecht, nadie escapa. Aquí, en nuestro suelo, al subdesarrollo inveterado sumamos el imperio de la cortina del odio.

Un punto aparte para confesar que cometí un error por ligereza e ingenuidad. En los albores de la discusión sobre el fiscal Martínez, apoyé la idea de un fiscal ad hoc como antídoto suficiente para recuperar la confianza. Uprimny, Reyes y otros me han convencido de que ese es un camino inviable. Terminará encallando en los meandros de esa exuberante juridicidad que todo lo posterga. Entre tanto, la cuestión ya no es la valoración de la conducta del doctor Martínez. Un manto de desconfianza recorre las entrañas de esta sociedad con consecuencias enormes en términos de la solidez de las instituciones. La discusión ya no es sobre pruebas y conductas. Se ha superpuesto un voluminoso problema político. No le sirve a Colombia que la dirigencia política se haya dividido en torno al juicio sobre el fiscal. Haber creado bandos en pro y en contra ha oscurecido el juicio. Y que un bando logre acallar al otro en el Congreso solo aumenta la enfermedad. No es ya una discusión sobre hechos y responsabilidades. La Fiscalía se ha convertido en un Leviatán alrededor del cual gira toda la política. Y el ciudadano común no alcanza a percibir de qué manera alrededor de este estropicio comienza a jugarse el poder futuro. Para ese ciudadano de a pie, esto que ocurre simplemente significa que, como en las pesadillas, caemos y caemos con la esperanza de tocar fondo. Y el fondo no llega.

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