El ajolote es un anfibio que habita en el sistema lacustre del valle de México. Se ha vuelto importante porque, con extracto de tiroides, los genetistas han logrado una proeza: conseguieron que diera marcha atrás en la evolución. Siempre se ha discutido si la línea histórica es siempre recta, siempre ascendente; o si sube y baja como un electrocardiograma; o si va y vuelve, corsi e ricorsi, como señala Vico. Pero realmente dar marcha atrás en la evolución no sólo es asombroso, sino que permite explicar muchas de las cosas que están pasando. Una vez propuse que mezcláramos valeriana en los acueductos para ver si podíamos superar este tsunami de odio nacional. Alguien se me adelantó, pero al revés. Ahora veo que por la llave del agua nos está llegando el mismo extracto de tiroides utilizado en los ajolotes. Pronto llegaremos al homo erectus, apenas como estación de paso hacia el hombre de Neandertal que parece ser nuestro destino final.
Byung-Chul Han, filósofo coreano pero de formación germana, ha venido trabajando sobre la tragedia humana contemporánea. La libertad venía siendo un faro evolutivo de la especie. Era una lucha con reveses. Cada día acechaban fuerzas destructoras de la libertad. Pero ahora ya nos encontramos en una situación crítica: ahora no corremos el riesgo de ser esclavos de algo o alguien externo. Ahora somos esclavos de nosotros mismos. La sociedad disciplinaria, el temido panóptico de Foucault, ahora está en nuestras entrañas, fabricadas de competencia y productividad. Y todo ello no en función del altruismo o la solidaridad, sino para no perder un sitial que solo brinda el consumismo. Lo dice a diario el papa Francisco. Ser mejor es poseer más. No hay tiempo para el ocio. Ese estado de relajación que nos permitía flotar con los acontecimientos ha desaparecido. Mi amo soy yo. La disciplina no es producto de la aplicación de un código, sino un llamado interno que se basa en esta idea: quien nadando en el río decide descansar, advierte que no se queda quieto, sino que se devuelve. Hay que estar siempre en la lucha y el que no entienda esta ley de hierro de la modernidad, termina siendo un paria. Pero el otro vector es la pérdida de la intimidad. Porque uno podía consolarse en soledad, mimar su propio paria y sobrellevar la tragedia. Y hasta sentir orgullo de ella. Pero las redes sociales rompieron la burbuja. Y aquí también, no por oba de un gran hermano como suele pensarse, sino por decisión propia que solo puede ser efecto de un exhibicionismo narcisista. Quien ingresa a Facebook sabe y desea que el resultado sea someterse a un escrutinio permanente, no ya de una suegra brava, o una esposa despechada, sino de sí propio, una especie de homúnculo que habita en algún lugar de nosotros y nos reprime cada segundo y repite con la pasión frenética de los call centers: tienes que triunfar, compárate con el vecino, no puedes ser inferior. Es como una especie de inflamación del superyó. Y al lado del Facebook, camina el tuit: esa inquisición contemporánea que impide pensar. Basta con odiar. Contra mi voluntad inicial, por fuerza de la maldita política, terminé de tuitero. Espero liberarme de ese yugo en 2019.