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La impudicia de la victoria

29 de noviembre de 2008 - 10:00 p. m.

A ESTAS ALTURAS, A OBAMA NO LE cabe un tinto más. Prescindamos, pues, de análisis inspirados y lambonería. Escribí que durante la campaña nos trató mal y aunque me tilden de aguafiestas, insisto en mi punto de vista. Amarrar al comercio como rehén de intenciones políticas, por nobles que sean, es un acto burdo de imperialismo.

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Más bien quiero exaltar el carácter sublime de la derrota. Nunca se hace la biografía de los derrotados. Nada tiene más éxito que el éxito. Ríos de tinta y miel, millares de imágenes, han convertido la victoria de Obama en un verdadero carnaval mediático. Es cierto que su triunfo tiene un profundo simbolismo y que la democracia americana ha logrado casi compensar con él la ignominia de las elecciones antepasadas en la Florida, el Watergate, las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y las aberraciones de Guantánamo.

Pero todo este festín tiene su lado débil: la impudicia de la victoria es inversamente proporcional a la hondura de la derrota. En el plano de las grandes epopeyas humanas, la derrota tiene lugar privilegiado. La victoria posee la levedad del arequipe, mientras la derrota provoca las grandes meditaciones imborrables sobre la naturaleza humana. A la victoria se suma una frivolidad universal. De las ideas políticas del triunfador se pasa en un santiamén a la cursilería: el vestido de la primera dama, el color magenta de los proyectados adornos para el día de la posesión, la raza de la mascota imperial y la carrera angustiosa de los lagartos para lograr clasificar en la lista de invitados.

En tanto, el derrotado se sume en su soledad, lejos de las candilejas, a inquirir sobre un pasado de fracaso y un futuro que se extingue. El viejito McCain había logrado contener el paso de los años. Los setenta y pico almanaques estaban allí arrinconados por la vitalidad de este héroe de guerra. Ahora, supongo, todos esos años contenidos saldrán a hacer su agosto y cobrarán el peaje vital que el candidato había logrado suspender en la columna del debe. Patética su frase sobre su situación actual: “Duermo dos horas, despierto y lloro”.

¿Cómo fueron los días finales de Gabriel Turbay Abinader en su hospedería de París? Con seguridad hubo mucha más fibra humana allí, más solitaria elocuencia shakespeareana, que en los jolgorios que rodearon el triunfo conservador y el futuro gaitanista que ya se avizoraba.

El derrotado tiene dos caminos: creer que fue él quien se equivocó o que, por el contrario, fue el mundo el que falló al no escogerlo. El drama es que ambos caminos conducen al mismo punto: a la pregunta cósmica sobre el papel vital del derrotado.

¿Ha sido la Gobernación de Santander linimento suficiente para el alma de Serpa? ¿O cura definitiva para Peñalosa su singladura trasatlántica de conferencia en conferencia?

Por fin, digamos que Bush es otro derrotado y bien derrotado. Ha logrado la categoría nada envidiable de collateral damage. Pero aún así, como colombiano, aunque me lluevan denuestos, debo registrar al despedirlo que casi nadie de los grandes capataces del mundo había mostrado mayor lealtad con Colombia.

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