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La otra cara del voltiarepismo

27 de junio de 2009 - 12:36 a. m.

VOLTIAREPISMO, VERSIÓN CRIOLLA del transfuguismo, ese drenaje de políticos que por motivos impresentables cambian de partido como la lora cambia de estaca.

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Todos contra el voltiarepismo, es la consigna. Y, como desafortunadamente, en esta Colombia de hoy, no hay espacio para discusiones reposadas, últimamente se ha calificado la norma que ablanda el castigo al voltiarepismo como una maniobra de Uribe para sonsacar congresistas en su favor.

Pero la arepa tiene dos caras. No se puede confundir el voltiarepismo oportunista (igual sería criticable el político cuando se queda en su partido por ofertas venales) con el respeto a la libertad de opinión y de acción política. Porque la idea convencional de que todo el mundo tiene que morir bajo una determinada bandería, es una manifestación tribal y absolutamente totalitaria de la política.

En un singular discurso pronunciado por Alberto Lleras ante un grupo de mujeres que se preparaba para estrenar su derecho al sufragio, en vez de pedirles adhesión ciega al Partido Liberal, las invitó a meditar su decisión electoral en cada caso. La obligación del partido es seducir a diario, no comprar conciencias de por vida. “Si ustedes inocente y apasionadamente se contratan vitaliciamente a su servicio indiscriminado y cruel (del partido), jamás habrá en Colombia una opinión independiente que moviéndose de un partido a otro, ejerza la función de censurar” la mala política.

Revisada la legislación que conozco sobre transfuguismo, que no es poca, la prohibición no se dirige tanto a impedir el cambio de partido renunciando al actual, sino a castigar al que sin hacer dejación de su afiliación, juega en cancha ajena, seguramente por prebendas licenciosas. De ahí el símil que usé al principio. Lo reprobable es la maniobra de la lora que toma con su pico la estaca nueva, dejando todavía las garras en la rama anterior.

Lo contrario, es instaurar la partidocracia más aberrante. El partido-iglesia, el partido-tribu, el partido dueño de conciencias.

Hay que institucionalizar los partidos, pero no hasta el punto de matar la libertad. De lo contrario, la política se estanca y muere. Sin cierta laxitud que permita que la política fluya, no hubiéramos tenido a Gaitán, a Galán, a López Michelsen, a Gómez Hurtado, a Noemí, a Uribe.

La discusión de fondo no es el traslado de partido, sino quién es el dueño de la silla parlamentaria. ¿El elegido? ¿El partido? No hay unanimidad. Mientras el Tribunal Supremo Español y la justicia argentina en cuanto a los diputados decidieron que el parlamentario puede cambiar de partido sin dejar su curul, en otros países la legislación es inexistente o marcadamente incipiente. En Bolivia, se castiga al tránsfuga si obra “a cambio de prebendas”, en Ecuador se pierde la calidad de congresista y en Panamá se prevé la revocatoria del mandato, de modo que es a los electores a quienes compete juzgar la conducta del elegido.

Entre nosotros, además, con un sistema que en la práctica sólo es de voto preferente, parece difícil establecer que la curul es propiedad del partido. Seguramente, la mejor sanción seguirá siendo la sanción política: que decidan los electores y no tanto oscuros órganos disciplinarios de los partidos. La sabiduría consistirá en encontrar la difícil línea que separa la libertad de la disciplina.

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