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La otra Íngrid

28 de febrero de 2009 - 10:00 p. m.

REPUGNANTE EL LIBRO DE LOS tres norteamericanos sobre sus años de secuestro. El tratamiento que le dan a Íngrid Betancourt es indigno, denigrante e inaceptable.

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Es también inverosímil. Dibujar a Íngrid como una especie de capataz que daba órdenes y manipulaba decisiones en el campamento, es sencillamente olvidar que ella estaba allí en condición de secuestrada, no de secuestradora.

El tema de supuestas relaciones sexuales nunca debió ser tratado. No importa si éste sea un hecho cierto o no. Este tipo de publicaciones amarillistas y escandalosas es muy propio de gringos voyeuristas y enfermizos, que usan el sexo como acicate morboso para aumentar las ventas. El coito es un hecho natural y obedece a un instinto bastante generalizado. Los secuestrados, sin distinción, tenían derecho a cumplir con su designio genético y esto, de ser cierto, sería apenas natural. No hay derecho a explotar la curiosidad ajena para montar este espectáculo. La intimidad de las personas merece respeto.

Este libro es una nueva victimización de Íngrid que los colombianos no debemos aceptar. Por cierto, la vida de Íngrid, por desventura, se ha concentrado en los años de cautiverio y en sus secuelas. Su secuestro la proyectó a la cúspide de la popularidad internacional, pero ahora es también un pesado karma enteramente injusto.

Por otro lado, este enfoque hace que la gente olvide la otra Íngrid, la del liderazgo limpio, la atrevida dirigente que se empeñó con valentía en la denuncia de la corrupción y la degradación de la política y también en el perfeccionamiento de ideas y proyectos para corregir esas dolencias.

Las iniciativas que luego confluyeron en la aprobación de la reforma política de 2003, cuyo destino era el de mejorar los partidos y crear un marco más transparente en el ejercicio político, nacieron en buena medida en el movimiento de Íngrid.

Es probable que ella haya cometido errores. Nadie escapa. Pero como colombiano quiero elevar mi voz de indignación por el tratamiento que estos tres gringos miserables vienen a darle a una distinguida compatriota que, aún si no mereciera respeto como líder política, al menos tendría derecho a ser tratada con la dignidad que no se le debería negar a ningún miembro del género humano.

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Que el ministro Valencia Cossio diga que el informe sobre droga suscrito por los ex presidentes Cardoso, Zedillo y Gaviria es un acto de politiquería, es un disparate bochornoso. En lo nacional, aun si dejamos por fuera su condición de antiguo jefe de Estado, Gaviria merecería alguna dosis de consideración. Un hombre que se la jugó en paro contra el crimen, que liquidó el cartel de Medellín y que ha sufrido en carne propia la violencia más brutal, no merece ese tratamiento y menos aún por presentar al mundo un pensamiento razonable en torno a la adicción a los narcóticos como asunto de salud, que cada día gana más adeptos. Y en cuanto a Cardoso y Zedillo, la sola sugerencia de intervención en la politiquería nacional, apenas puede producir una carcajada.

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