Un poquito de ficción: supongamos que el centro-derecha vaya dividido a las elecciones del 2014. Juan Manuel Santos por un lado y Óscar Iván Zuluaga por el otro.
No es inverosímil que la izquierda arregle sus problemas internos, como quien dice una alianza Petro-Clara López con una candidatura de esta última. O de Navarro. Tampoco es imposible que a esta coalición acudan el Partido Verde, Mockus, Piedad Córdoba, las Farc, los LGBT, la farándula, intelectuales varios, las madres solteras, el movimiento estudiantil, los profesores universitarios y toda clase de insumos de la más variada pelambre. Es decir, una verdadera Patota. Una ola fugaz. Algo como el chiripero que precedió a la caída del sistema político venezolano. Hay que recordar que pocas semanas antes de las últimas elecciones, Mockus ganaba. No es que las encuestas se hayan equivocado sino que el candidato se desbarató y esto permitió el triunfo de Santos. Esa masa de votantes que se mueve alrededor de un deseo de ruptura no violenta, la Patota, puede ganar. No estoy hablando de una izquierda organizada que tendría derecho a gobernar. Es más: son las Farc las que han impedido un triunfo de la izquierda. Me refiero a una Patota desordenada que llega a la Casa de Nariño con las fauces hambrientas de populismo e improvisación.
Es ficción pero no por eso imposible.
Ahora lo serio: las diferencias entre Santos y Uribe son válidas. Es la democracia. No obedecen a razones mecánicas, como ocurría en el pasado, sino a motivos ideológicos, y esto implica madurez. No es la primera vez que disputan líderes de un mismo partido. Pero lo que preocupa es que no parece existir nadie trabajando en la forma de resolver el conflicto. En el liberalismo hubo consenso de San Carlos, consulta popular u otros mecanismos. La segunda vuelta podría no ser suficiente para evitar el triunfo de la Patota.
Los colombianos tenemos derecho a escoger el rumbo. El presidente ha abrazado una ruta clara de reivindicación campesina que consideramos un eje central para lograr superar un conflicto de cincuenta años. Por su parte, Uribe mantiene la línea de las postrimerías de su gobierno y lo hace con la acerbidad que le es característica. Está en su derecho. Como también lo tiene cuando acude a revivir los éxitos de su primera administración, la cual es digna de reconocimiento.
Pero lo que no puede suceder es que por el deseo de ambos de prevalecer en el centro-derecha, olviden lo que les va pierna arriba. Hay un conjunto de errores cruzados: ni el uribismo acierta cuando cree que el camino de la defensa a ultranza de los errores del gobierno anterior es la vía adecuada, ni el santismo puede creer que las diatribas por Twitter del expresidente corresponden a una simple voz aislada y desdeñable.
Estas dos facciones comparten la seria responsabilidad de buscar salidas razonables, democráticas y constructivas.
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Es difícil seguir sosteniendo la teoría del complot de la justicia contra el uribismo. La orden de captura contra Restrepo se basó en un hecho incontrovertible: su manifiesta decisión de huir. No en la valoración de las pruebas sobre su supuesta responsabilidad. ¿Es imaginable un complot compuesto por magistrados diversos, jueces de múltiples procedencias y funcionarios de una Fiscalía comandada por alguien que nunca ha sido propiamente enemiga de Uribe?