¡EUREKA! PARECE QUE LOS NORteamericanos acaban de descubrir que ciertas jóvenes compatriotas suyas le jalan al gustico antes de la época indicada por Uribe. Y que algún espermatozoide testarudo decide, ocasionalmente, acometer la tarea de perseguir un óvulo distraído para cumplir el designio genético que marca su destino. El hallazgo no parece demasiado novedoso. Alguna sospecha milenaria existía sobre el particular.
Pero lo que sí es nuevo, es que gran parte de la sociedad norteamericana haya convertido el embarazo de la hija de la candidata Palin en una orgía morbosa, una razzia medieval, una lapidación sarracena. A Bristol, la hija dadivosa de Sarah Palin, la han sometido a un escrutinio asqueroso equiparable a la tarea de un basuriego hambriento o un voyerista patológico. Ni siquiera su minoría de edad detuvo este espectáculo vergonzoso.
Peor aún: el Partido Demócrata, ¡ay!, nuestro Partido Demócrata, epicentro de la tolerancia y la libertad de pensamiento, convirtió este accidente obstétrico en el eje de la campaña presidencial en Estados Unidos, al menos por estos días.
El hecho genético, en sí mismo, no debería haber tenido cabida un solo momento en la discusión política. Difícilmente daba para superar las páginas de alcantarilla de la prensa amarilla. Estirando de manera estrambótica el asunto, ante la debilidad del cuestionamiento, se ha pretendido demostrar que no son los devaneos extramurales de la niña lo que se alega, sino la supuesta contradicción política que padece Sarah, la candidata a vicepresidente, porque, se afirma, no puede coexistir un panorama ético como el que ella pregona, centrado en los valores de la familia, con la caída de Bristol ante el llamado del instinto.
No he visto una discusión más farisaica. Cuestionar los modelos pregonados por los padres porque los hijos se desvían de ellos, no es más que un acto de salvajismo espiritual equivalente a la práctica tribal de lapidar a la adúltera para salvar el honor de la familia.
El elemento sombrío es que la primera potencia del mundo persista en empequeñecer la política hasta límites abismales. Si a la madre se le pudiera acusar de haber obrado como alcahueta de su hija, promoviendo o disfrazando su retozo erótico, ahí sí que habría un argumento. O si hubiere recomendado el aborto, los gringos tendrían derecho a descalificarla, no tanto por el aborto como por la mentira. Pero no ha sido así. Buena parte de la sociedad norteamericana, encabezada por sus medios de comunicación, debería tener la madurez de separar este incidente de la vida privada de una menor de edad, de la discusión seria sobre los puntos esenciales.
Esto es, discutir si la apelación al cambio hecho por la Palin es apenas un cañazo hipócrita, dada la vinculación de la fórmula presidencial a la actual administración. O si es creíble el autorretrato que le ha permitido dibujarse a sí misma como ajena al tejemaneje de la capital federal. O si, por fin, si el supuesto pasado independentista como líder en Alaska genera más peligro para la unión americana que las alegadas, y aún no probadas, debilidades musulmanas del señor Obama. Y, por fin, desde una perspectiva mundial, si conviene al orbe continuar con la política de Bush en materia de relaciones internacionales.
Ése es el punto; y no el punto G de la pobre adolescente, forzada quizás a emprender un matrimonio por fuerza de las indeseables circunstancias políticas.