FASCINANTE VER CÓMO LOS REGLAmentos del fútbol contienen en todo su dramatismo los desafíos, los anhelos, las dificultades y las frustraciones de la ciencia jurídica.
Con la norma de ventaja se hacen explícitos unos valores: la ofensa no puede favorecer en ningún caso al agresor. Prevalecen los derechos de la víctima. En vez de suspender el juego para cobrar la falta, se permite que la víctima continúe jugando. La ley de ventaja tiene profundas raíces morales.
Esta regla tiene dos destinatarios: el agresor, a quien la norma envía un mensaje importante: si cometes una falta no te beneficias, estás equivocado. La agresión no remunera.
El otro destinatario es el árbitro, es decir, la representación de la institucionalidad. Usted, Estado, no puede permitir que la agresión sea ventajosa para el culpable. La aplicación de la justicia no puede favorecer los propósitos del infractor. El mejor castigo es impedir que la justicia termine beneficiado al delincuente. Una derivación de esta idea es el principio de oportunidad tan en boga hoy en nuestro sistema acusatorio.
El problema de la responsabilidad es asumido por el reglamento del fútbol en sus varias facetas. Hay casos de responsabilidad objetiva, como el fuera de lugar: no importa la intención del transgresor. En otros, como la mano, se atiende primordialmente a ella. Una mano involuntaria no se castiga. Y, por fin, la vieja tesis del peligrosismo, que parecía desterrada del derecho punitivo, mantiene su vigencia. Una jugada peligrosa, aunque no cause daño, es sancionada.
El derecho se manifiesta en su doble condición, punitiva y preventiva. Una expulsión es manifestación de la primera, mientras que una tarjeta amarilla busca simplemente evitar nuevos hechos. Y en el terreno de la aplicación de las tarjetas amarillas hay un principio básico en el constitucionalismo contemporáneo: la proporcionalidad.
En términos de ética pública, la regla suprema es la del fuera de lugar.
Lejos está la idea del fútbol como aventura personal. El fútbol es un deporte asociado, o no es. Es una gran enseñanza para la vida de los pueblos. No hay espacio para el que piensa que la vida sólo se abre para la ventaja personal.
Viene luego una norma consuetudinaria. El juego limpio. Si hay un jugador lesionado del equipo contrario, se saca la bola del campo para permitir que sea atendido. De allí se deriva el principio capital del derecho internacional: la reciprocidad. Al recomenzar el partido, el equipo favorecido lanza a su vez la bola fuera del juego, para retribuir la gallardía del contrario. Todo el derecho internacional se basa en esto.
Pero todo este andamiaje reposa en el juez. A pesar de la elaboración detallada de los reglamentos, hay un espacio enorme para la apreciación del árbitro. Y como ello es así, son inevitables las distintas percepciones, los fallos contradictorios, las injusticias y las protestas. Dramáticas en el fútbol, donde no existe la doble instancia. La lección que esto nos deja es que por encima de las discusiones sobre una reforma judicial, si no tenemos jueces probos, es poco lo que puede hacer la ley.
Y la FIFA niega la ayuda tecnológica, como la Iglesia negó a Galileo. Se arrepentirá.